Somos ancestros del futuro, le escuchamos decir en Tucumán a Marcos Pastrana desde su sabiduría de anciano diaguita. Despierta Humanidad, ya no hay tiempo, nos advirtió Berta Cáceres desde su hermosa vida de guardiana de los ríos. Con estas sencillas convicciones he decidido dar mi opinión sobre la creación del Ministerio de la Mujer, el Género y la Diversidad, que ocupa desde esta semana la Dra. Elizabeth Gómez Alcorta. Como digo más abajo, me asumo y al mismo tiempo me cuestiono como un machirulo más, felizmente interpelado por este tiempo de transformaciones que parió el movimiento de mujeres y disidencias. A todes les propongo debatir, pues, como ancestras y ancestros de las generaciones venideras. Porque, posta, ya no hay tiempo que perder.

 

Consensos que matan

En la Argentina de 2003, el plan colonial de asalto a la Naturaleza supo construir consenso social sobre la base de los Derechos Humanos. Con el foco en el Terrorismo de Estado de los ’70 y las leyes de impunidad, el gobierno de Néstor Kirchner tomó correctas decisiones políticas que trajeron justicia tardía pero necesaria para las víctimas del genocidio. De esta manera, con el apoyo de amplias capas de la sociedad, el campo de experimentación de prácticas eco-genocidas que se abrió en la década menemista (bajo la comandancia política de Felipe Solá, hoy flamante canciller) multiplicó su actividad letal con un festín de arsénico y glifosato. Fortalecido por este consenso de los Derechos Humanos y mediante políticas económicas redistributivas que beneficiaron a las capas medias y bajas de la población y reforzaron la cultura consumista heredada de los 90, el por entonces naciente kirchnerismo basó la relativa prosperidad de sus tres períodos de gobierno sobre una inédita extranjerización de la economía, un avance arrollador de la frontera del agronegocio (la llamada sojización, entre otras colonizaciones), un auge de la minería a cielo abierto con proyectos de enclave violadores de toda soberanía… Y pudo hacer todo eso gracias al mencionado consenso social, invisibilizando, deslegitimando, cooptando y eventualmente reprimiendo a las resistencias.

Cabe anotar que estas resistencias nunca fueron reconocidas como tales por el Estado y sus narrativas. En las Universidades públicas hoy no se estudia, en tanto sujetos de los conflictos sociales contemporáneos, más que a aquellos surgidos cerca de las fogatas de 2001, como si se hubiera decretado para entonces un nuevo fin de la historia, o más bien: un fin de las resistencias populares. Los emblemáticos piqueteros serían algo así como los últimos eslabones de una cadena evolutiva trucha de la sociología hegemónica. Mientras, el movimiento socioambiental argentino, que hunde sus raíces en la histórica gesta de Gastre en 1996, no existe en los programas de estudio ni en el imaginario académico, salvo excepciones. Ni siquiera existe en cierta añeja y positivista cultura de izquierdas enclaustrada en los claustros universitarios. La historia oficial inaugurada con el kirchnerismo no reconoce a las asambleas ciudadanas ni a las comunidades que libraron y ganaron varias batallas políticas contra el ejército minero de ocupación del territorio. Es más: para algunos de sus capitanes, como Gioja, Beder Herrera y otros obscenos lobbistas de la minería tóxica a cielo abierto, los llamados “ambientalistas” serían apenas unos cuantos “terroristas” (sic). Y como tales lxs trataron desde el poder: la Ley Antiterrorista de Cristina Fernández tuvo su fatídico estreno en Catamarca, donde la lobbista Lucía Corpacci se destacó como la gobernadora más represora de la protesta social durante el llamado “gobierno de los derechos humanos”.

 

Callar las atrocidades

Hoy, pese al infausto período de macrismo explícito recién concluido, el poderoso y revulsivo avance de los feminismos ha ganado espacio, por mérito propio, en el mismísimo Estado argentino, A la luz de los anuncios y acciones concretas, con el nuevo gobierno de les Fernández este Estado estaría dispuesto a reconocer el derecho a decidir sobre su cuerpo para las mujeres y personas con capacidad gestante, pero por otra parte, conservará e intensificará sus politicas coloniales y ecocidas de la mano de leyes de patentamiento de semillas, promoción del fracking, criminalización de las resistencias socioambientales, avances en la legislación pro-minera y desmantelamiento de las leyes protectoras del agua (dos casos piloto son Chubut y Mendoza, precisamente en estos días).

En 2003 un presidente pidió perdón “en nombre del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia las atrocidades” de la dictadura. Así generó el consenso social y la construcción de poder desde donde gobernó dinamitando la cordillera, regando de veneno los campos y consolidando el modelo trasnacional, tóxico y transgénico que ya es política de Estado: lo corroboraron las sucesivas gestiones de Cristina y Macri, a quienes como se sabe no lxs une el amor sino Monsanto.

En 2019 otro presidente incorpora a su gabinete el Ministerio de la Mujer, el Género y la Diversidad, con la inteligente decisión política de construir consenso social con los feminismos y el movimiento de mujeres y disidencias. Por otro lado dice que quiere “hacer que nunca más falte un plato de comida en la mesa de los argentinos”, justamente él que se niega a prohibir las fumigaciones y que promueve el “modelo Barrick” de minería envenenadora. ¿Será ésta la plataforma para lanzar, “con apoyo popular”, el ataque final sobre los “recursos naturales” que ya se anticipó en estos días, leyes de zonificación mediante?

 

Bienvenida, señora Ministra

Celebro la llegada de la doctora Elizabeth Gómez Alcorta a este gabinete donde operan lobbistas indisimulados de las corporaciones (empezando por los ministros Salvarezza y Basterra, en la tradición mercenaria de Barañao, y siguiendo por el secretario de Minería Alberto Hensel, hombre de Barrick Gold). Al lado de estos gerentes corporativos camuflados como funcionarios públicos, el perfil de la doctora Elizabeth, o simplemente Eli, abogada comprometida con las luchas de género y de mujeres originarias, aparece contrastante, luminoso y esperanzador.

Y al mismo tiempo me pregunto: ¿las políticas de género del nuevo gobierno tendrán en cuenta a las mujeres que son criminalizadas y hasta abusadas en calabozos por defender sus territorios señalados por las trasnacionales como “zonas de sacrificio”? ¿Se interesará la flamante cartera ministerial en la situación de las mujeres a las que una patota policial de Rawson detuvo y violentó física y psicológicamente en la madrugada del 6 de diciembre, después de protestar frente a la Legislatura por la votación de una ley que reintroduce la megaminería que estaba prohibida en la provincia?

¿Hasta dónde llegará la defensa de los derechos de las mujeres cuando se trate de la digna e inevitable confrontación con los poderosos, los impunes sistémicos, como los que se cobraron la vida de Cristina Lincopán y de Ana Zabaloy? ¿Seremos capaces de denunciar juntes: feministas, luchadorxs de las disidencias y activistas socioambientales el peligro inminente para la vida que este modelo productivo entraña, ya sea en el área de la minería tóxica, de la explotación ecocida de Vaca Muerta, del crimen organizado llamado fracking, de la antigua impunidad terrateniente o de la moderna guerra química lanzada contra las poblaciones urbanas y rurales por el agronegocio con su bombardeo de agrotóxicos, sus nuevos vuelos de la muerte, sus niñas y niños “fumigados”, sus femicidios de Estado y su sistemática expulsión de comunidades originarias y campesinas?

 

¿Al frente de todxs… o detrás de ellas?

Confieso que a pesar de tantas preguntas, también tengo esperanzas, no en una persona en particular (no cultivo esa vocación de ser “representado” ni “defendido” por ningún gobierno), sino en las muchas mujeres que han parido, nutrido y sostenido las asambleas y espacios de lucha socioambientales: hablo de esas nuevas Madres de la Vida que se enfrentan y nos enseñan a enfrentarnos a los nuevos crímenes de Lesa Humanidad y Lesa Naturaleza. Pero al mismo tiempo sospecho -cosas de viejo, supongo- que la apuesta estratégica del gobierno peronista es a cooptar la lucha del movimiento de mujeres, dividiéndola, partidizándola y, en fin, estatizándola como lo hizo en su momento con el movimiento de Derechos Humanos. La jugada anunciada es: “ponerse al frente de sus demandas”, en las machirulas palabras de Alberto a quien ni se le pasa por la cabeza ponerse detrás de esas demandas. Un objetivo estratégico para el plan de asalto a la Naturaleza -sigo sospechando- sería asegurarse de que tales demandas se mantengan aisladas y distantes de las luchas socioambientales, que son sin embargo, desde su origen, la más clara expresión de la feminización de las resistencias.

Las corporaciones trasnacionales, que les marcan la cancha y el libreto a nuestros presidentes y gobernadores, así como a los cuerpos colegiados de la ficticia “democracia”, están resueltas a aplastar las resistencias. La violencia institucional que se exacerba en Chubut, donde gobierna Mariano Arcioni, un lobbista minero aliado de Fernández, es otra dolorosa muestra que, por cierto, todavía les duele en el cuerpo a Noelia, a Fabiana, a Roberta… patoteadas por la policía junto con sus compañeros varones a quienes castigaron brutalmente. Y les duele, aun más, en el espíritu a estas guardianas y guardianes de la Meseta, quienes velan por el río Chubut y por las infancias que un día podrían preguntarles (preguntarnos) por qué dejamos que contaminaran y se robaran el agua.

¿Hallarán nuestras mujeres “ambientalistas”, gracias al nuevo Ministerio, una oportunidad de plantar bandera en las barbas del Estado golpeador? Porque hablando de barbas y de golpeadores -y permítanme decirlo desde mi propio machirulismo en progresivo desmantelamiento- el extractivismo es machirulo. Ni siquiera es de “derecha” ni de “izquierda”, ni es exclusivamente “neoliberal” ni “progresista”: es o puede ser todo eso, es transversal a siglas, lemas y franquicias partidarias; es un modelo machirulo, básicamente opresor y esencialmente violento. Pero… ¿de dónde salió este monstruo al que todavía se nombra poco?

 

El Estado golpeador es un macho extractivista

Viene de Potosí, viene de siglos. Es una rapiña sistemática elevada a actividad económica y productiva que se dio en llamar “industrias extractivas” y que alcanzó hace mucho la escala de la depredación irremediable. Con o sin el prefijo neo, caro a analistas y sociólogxs, el extractivismo en su versión actual, recargada por la revolución tecnológica, es además una matriz productiva intrínsecamente prostituyente, metafórica y literalmente: en cada “paraíso” extractivista (ciudades petroleras, campamentos mineros, etc.) se multiplica la trata de personas y de mujeres en particular. Sin embargo, el negocio megaminero parece ser la forma de trata que lxs mismxs militantes anti-trata no estarían dispuestes a enfrentar y, menos aún, a prohibir.

Además, el extractivismo tiene la lógica interna del heteropatriarcado, desde que presupone que la tierra, como las cuerpas, es territorio de conquista y colonización. Y se basa en desconocer, como el patriarcado y su cultura, el rechazo o la resistencia de la que considera su presa. Es más, el neoextractivismo reemplaza la licencia social (que difícilmente alcanza en las comunidades a las que “visita”) por la cooptación y la represión. No acepta que NO ES NO. De última, no hay extractivismo sin represión. Todo extractivismo implica el desarrollo de una auténtica máquina de guerra contra la Naturaleza y las poblaciones que la habitan, y todes sabemos cómo se trata a las mujeres en las guerras de ocupación. En síntesis, este neoextractivismo es el capitalismo actual en su rol potenciado de macho y facho, operando desde un Estado Golpeador (doblemente golpeador: porque da golpes a lxs cuerpxs y también da golpes de Estado). Quienes defendemos “el ambiente” vamos contra ese modelo, porque él viene contra nosotres. Y de tanto ir contra él, hemos aprendido a ir más allá de él.

Extractivismo el macho fachoEn el reciente encuentro de la Unión de Asambleas de Comunidades (UAC) en Tucumán, volvimos a comprobar que son mujeres muchas de nuestras referentes y maestras en este ir en contra y más allá, en estas luchas de resistencia al modelo extractivista que ya son más que resistencias, dado que están (estamos) en plena construcción de alternativas posibles y urgentes: la soberanía alimentaria, la vuelta a la tierra, la agroecología, las redes de consumo conciente son, entre otras búsquedas actuales y transformadoras, verdaderas “revoluciones en marcha” que tienen invariablemente a mujeres como protagonistas, fundadoras y promotoras.

Y aunque observo (desde afuera, respetuosamente) una gran parte de feministas y feminismos que no cuestionan el extractivismo o, sencillamente, desconocen la larga lucha que han sostenido muchas mujeres (feministas o no) en sus comunidades y territorios contra la colonización extractivista y contra el Estado Minero Golpeador, hoy me pregunto si a pesar de ello, o por ello mismo, el flamante Ministerio de la Mujer, el Género y la Diversidad podría ser un espacio de interpelación al Estado para nuestras defensoras y cuidadoras del agua, el aire y la tierra.

Gracias por leer, criticar y compartir estas líneas que tiré al río para que, como diría Marcos Pastrana, “viajen las ideas”.

 

Jallalla hermanas y compañeras guardianas de la Casa común!

Jallalla Guerreras del Arco Iris del Sur!

Marici weu!

Cristina Lincopán y Ana Zabaloy, presentes!

Diciembre de 2019

Daniel Aráoz Tapia

Integrante del espacio de permacultura Amarantes (Raco, Tucumán), sede de la reciente 33ª UAC, de la Escuela de Educación Popular Berta Cáceres y de la Asamblea de la Plaza (San Miguel de Tucumán). Texto enviado por Marcos Diseminado.