Un día uno va, o viene, o llega y lo espera y le dice, o le escribe, apenas lo encuentra: tenés que leer a Grossman, y como es un imperativo el hombre va, o viene o llega y se compra la novela casi el mismo día en que los changarines del puerto la están desembalando en los contenedores que la traen desde el Stalkerotro lado del océano. Más aún: el hombre lee la novela. En retribución o en venganza o a causa de su devoción por la palabra el hombre se aparece un día cabalgando sobre otra novela, cabalgándola a través de cien kilómetros, una novela de más de mil páginas, como la otra, y le asegura a uno, imperativo, que prefiere que no se la devuelva nunca, que se la robe si es preciso o necesario, lo que sea, pero que le meta diente, y ojo, y garra a ese Pynchon al que uno no puede dejar de leer, al que él no puede dejar de leer. Otro día, en otro tiempo, el hombre anda recorriendo los lomos de los libros de la biblioteca de uno, ojos y dedos entre lomos multicolores ordenados, desordenadamente, exclusivamente, obstinadamente, por tamaño, por altura de tapa, por bruta economía de espacio; recorre lomos y se detiene frente a los Ulysses, se queda un rato, ahí, acurrucado junto a las tres traducciones al castellano de la novela que rodean a la edición en inglés de Joyce, se queda ahí y escoge la traducción de José María Valverde, abre, transita, lee: roca de piña, limón escarchado, caramelos blandos; uno no lo oye porque el hombre lee para sí mismo pero de alguna manera lo escucha, entonces uno busca, lee: roca de ananá, limón confitado, mantecado escocés; y como ya está embalado uno va y agarra la más joven de las traducciones: crocante de piña, lorza de limón, caramelo; al final hay que recurrir, a dúo, a la edición de Vintage: pineapple rock, lemon platt, butter scotch. Después el hombre sale a fumar a la terraza, porque uno Stalkerno fuma, porque uno ha dejado de fumar hace diez años y el hombre es respetuoso de las decisiones de uno, pero él fuma y no va a dejar de fumar por las decisiones de uno, aunque es respetuoso y se va a la terraza del mismo modo que cruza la puerta de los bares porteños, hurgando por el viento y por el humo. Otro día, otros días, en algún tiempo, el hombre y otro hombre y una mujer y también uno, juegan a los intercambios alrededor de una mesa, y a uno le toca en suerte o en desgracia la lectura de esa novela de Philip Roth que tendrá que leer aunque uno esté lleno de prejuicios hacia Roth, justificados o no, y si se descuida a uno le puede tocar en suerte o en desgracia incluso alguna novela de un tal Cohen, al que uno esquiva prejuiciosamente pero los otros no esquivan y el hombre por supuesto tampoco esquiva sino lo contrario; en ese juego de los intercambios a uno le cae toda, completa, la discografía de Radiohead, y al hombre le cae un nombre, el nombre que mejor le cae, uno piensa, porque él, el hombre, es un stalker en la zona, no sólo en su zona sino en todas las zonas, inclusive en la Stalkerzona de la Europa de Thomas Pynchon y en la zona soviética de Vasili Grossman, y en la zona tomada de Julio Cortázar, y le cae bien el nombre porque el hombre es un especialista en arrojar tuercas, como bien dice el otro hombre, el que deduce antes que uno que el hombre se llama Stalker, que ha de llamarse Stalker además de Hernán y de los otros cuatro o cinco nombres con los que ha querido cargar palabra en ese otro juego, el de escribirse. Ahí uno comprende que Tarkowsky no está lejos de Kafka ni tampoco de Shakespeare o de Pynchon, ni siquiera de Tom Yorke, que al hombre le seduce tanto y a uno le seduce menos, hasta que escucha, una vez tras otra, hasta diez o cuarenta, o cien, la versión de I Will que el hombre ha dejado flotando para uno y para los demás, flotando para todos. Llegado a este punto uno piensa si debe escribir estas cosas, si debiera callarlas; si se compromete a seguir escribiendo, si es mejor escribir y encerrar las frases para uno mismo, si no tiene más remedio que arrojarlas en cierta esquina de la palabra porque de algún modo es preciso conjugar la ausencia.

Ahora esto no puede seguir sino de este modo:

Afuera hay sol. Temprano, por la mañana, unos pájaros revolotearon junto a la ventana del dormitorio, protestando a gritos o gritando en alabanza por la primavera, no es posible saberlo. Afuera hay sol. Un día, otro día, tres años antes, el hombre cuenta que se ha despertado de madrugada por un fuerte dolor en el pecho, un dolor de causa absurda, dice, un dolor que lo ha despertado y no lo deja volver a dormir; entonces el hombre agarra una novela que ha comprado recientemente, otra novela de ésas con más de mil páginas y se pone a leer, a las ocho de la mañana decide no ir a trabajar, se queda todo el día leyendo 2666 de Bolaño, el dolor en el pecho, dice, menguando de a poco, la vida, dice, cambiando abismalmente. Así el hombre, Hernán. Uno le ha escrito, uno le ha escrito todo el tiempo cuando ha escrito, cuando uno no conocía al hombre y también después, cuando era inevitable. Afuera hay sol. Virginia dice que en tanto la ciudad aclara Puck llega por ráfagas a su pensamiento, leo. No sé que estará haciendo Pynchon a estas horas. Estará viejo, envejeciendo. Miro el ancho lomo de un libro desde lejos, sin tocarlo. Escucho, no pájaros, elefantes blancos. Sólo quería verte la cara, Luis, dijo el hombre, Hernán, Puck, Stalker. Miro mi cara, la veo, aún sin espejos puedo ver mi cara. Estoy más viejo, envejeciendo. En todas las ciudades del mundo parece haber sol.

 

I will (No man’s land)

I will lay me down
In a bunker underground
I won’t let this happen to my children
Meet the real world coming out of your shell
With white elephants sitting ducks
I will rise up

Little babies’ eyes

 

 

 

(L. M. Bardamu, en memoria de Hernán, Puck, el Stalker, muerto el 13 de octubre de 2009)

 

Categorías: Imágenes