Mujeres mapuche en la primera linea de la resistencia

María Isabel Huala e Ivana Huenelaf luchan por su territorio en un país que les arrebata todo. Entrevistadas en Buenos Aires, a donde acudieron provenientes del sur para participar en una serie de encuentros sobre la lucha de su pueblo, hablan sobre su historia, la recuperación del territorio, la represión y encarcelamiento, la vida en persecución y la resistencia. Ellas y su comunidad han enfrentado a la empresa italiana Benneton, que posee más de un millón de hectáreas en territorio mapuche.

LAS QUE ENFRENTAN A BENNETON

Mi nombre es Ivana Huenelaf, soy tehuelche ma­puche del sur cordillerano de la mal llamada Ar­gentina. Vivo en esa región de bosques, de aguas y montañas. El despojo que vivimos en nuestro territorios es ancestral. He sido desarraigada de mi territorio, de la familia, y de nuestros abuelos que tenían tierras, territorios, animales, nuestras casas y nuestras siembras. Mis abuelos terminaron siendo cocineros y peones de los terratenientes que se adue­ñaron de nuestro territorio y siguen siendo dueños, como los Benetton, que son de los más grandes terratenientes en la Patagonia.

El proceso de decisión para recuperar el territorio mapu­che se da en empezar a vernos, empezar a entender nuestra cultura, porque no sólo nos desarraigaron de nuestro territo­rio, sino que también nos quisieron quitar la lengua y nues­tras ceremonias ancestrales.

Tengo 46 años y hace 26 empecé a entender como ma­dre de seis hijos, que no nos sentíamos bien en el lugar en el que estábamos, que rezongábamos mucho de la ciudad por esto que nos corre por las venas, que es el campo. Ahí enten­dí que nos habían privado de nuestros territorios y me enteré que había recuperaciones. Empecé a recuperar y me sumé al Consejo Asesor Indígena (CAI), y con ellos empezamos a organizarnos y a acompañar el proceso.

Tomamos esta decisión, sobre todo las mujeres, para or­ganizarnos, porque somos muy oprimidas en la ciudad, en el campo y en el interior de la comunidad. Hoy entendemos que esa presión que teníamos era la que nuestros hombres tenían por este capitalismo y estos terratenientes.

Entre las empresas que se apoderaron de nuestros te­rritorios están las petroleras, las mineras y el terrateniente Lewis, un inglés que está invadiendo un lago en el que no­sotros pescábamos, pero se apoderó de ese lago y de mon­tañas y tierras porque quieren hacer una hidroeléctrica. Por eso el 14 de febrero del 2018 se volvió a recuperar territorio y se sigue haciendo.

Yo empiezo a acompañar la recuperación hace más o me­nos once años, cuando se recuperó el espacio territorial Lele­que, unas 500 hectáreas. Después vino el acompañamiento del Pu Lof en Resistencia, en donde está el Lonko Facundo Jones Huala. El nombre es Pu Lof en Resistencia Cushamen. Pu Lof son muchas comunidades en resistencia y Cushamen es el lugar territorial.

Benetton tiene en posesión alrededor de un millón de hectáreas para sus ovejas y para pinares. Alambra el territorio y hace ojos de agua para la empresa. La comunidad de mi familia se queda sin agua desde las tres, porque han cambia­do los cauces y hay sequías, y ponen alambrados y puentes nuevos que nos impiden nuestro desarrollo. Pero seguimos resistiendo.

El Pu Lof empieza a recuperar territorio en 2015 y hoy sabemos que teníamos servicios de inteligencia persi­guiéndonos a todos, inclusive a los que no eran del Pu Lof pero sí acompañaban y ponían el cuerpo. Desde el 2017 em­pezaron los procesos de allanamientos y detenciones. El 10 de enero se hizo una de los operativos más grandes, quema­ron las casas y reprimieron a las compañeras.

Teníamos tres pasos de rutas y los tres estaban bloquea­dos por las fuerzas represivas. Decido ir y sabiendo que era peligroso dejo a mis hijos y emprendo la marcha al campo con alimentos. Llegamos y teníamos un vallado de gendar­mería y me ofrezco ser mediadora, pero que me dejaran en­trar al campo para ver a mis compañeras y llevarles la leche a los niños y lo que se necesitara. No nos dejaron pasar. Esto fue a la una de la tarde, y para las tres de la tarde levantaron los retenes y nos dejan pasar porque ya habían roto todo. Era un caos.

Llegamos a la comunidad y fue tristísimo ver a los niños llorando, los muñecos rotos, las casas quemadas, las mujeres golpeadas con garrotazos. Habían desaparecido los anima­les e iba a salir una camioneta para buscarlos y yo salí con ellos. En el camino los paisanos nos dijeron que se los habían llevado a los campos de Benetton. Fuimos ahí y encontra­mos al mayordomo cruzando con su camioneta. Seguimos en marcha y fuimos emboscados por un camión, que en ese momento no sabíamos que era de unas fuerzas del campo, y nos empezaron a disparar con balas de nueve milímetros. Emprendimos rumbo a un pueblito que se llama Maitén, donde la propia policía de la provincia nos emboscó y nos dispararon a matar.

Nos fuimos hasta el hospital, pues pensábamos que te­níamos heridos porque éramos cinco los que veníamos en la cabina de la camioneta y creíamos que atrás estaban todos muertos porque nos habían disparado. Yo decía que tenía­mos heridos pero seguían disparándonos. Después fuimos reducidos y nos dimos cuenta de que no había accidentados, sólo golpeados.

Empezó una fuerte represión, Nos agarraron los policías y nos pegaron muchísimo. Me encapucharon y llevaron al cala­bozo. Ahí me desnudaron y me pidieron información. Obvio que nosotros no íbamos a hablar, entonces me llevaron a un último calabozo y me volvieron a encapuchar y a pegar, me quebraron el pulgar izquierdo, nos mojaron y nos dejaron ahí. Nos dijeron que éramos unos indios de mierda.

Llevábamos un montón de horas detenidos, y yo escu­chaba una comisaría muy chiquita de pueblos a la que el fiscal le decía que Ivana Huenelaf no estaba ahí, que había sido trasladada. Me sacaron del calabozo porque ven que mi mano ya estaba muy inflamada, me llevaron al hospital y me pusieron una férula y me vendan.

Me regresaron al calabozo, me encapuchan y me quie­ren hacer firmar papeles, pero yo me negué y entonces me volvieron a pegar. Seguía escuchando que negaban mi pre­sencia ahí y me dio mucho miedo. La férula que me pusie­ron tenía unas cosas de metal, me saqué todo y con el metal pude desenroscar los vidrios de a poquito. Pude acercarme a la ventana y pedir auxilio, porque escuchaba a mi gente, y ahí se dan cuenta de que yo estaba ahí adentro.

Nos trasladaron a 170 kilómetros, por los campos de Be­netton, y preguntaban en el traslado que a quién le tocaba morir. Eso fue lo peor. Después nos llevaron a otra comisaría y ahí fuimos mejor tratados, llegaron los abogados. Nos acusa­ron tres días después y Benetton denunció que robamos 360 animales, que teníamos armas, bombas molotov, y que hubo desacato de autoridad porque yo me resistí. El pasado 9 de noviembre fui sobreseída, y dos de mis compañeros queda­ron libres sobreseídos de la causa, éramos siete. Volvieron a enjuiciarme este febrero por el mismo caso, pero ahora fede­ral. Esto no termina.

Trabajo de manera autónoma, hago artesanías, panes ca­seros, alfajores y estoy aprendiendo la joyería mapuche. Crío seis hijos, cuatro de ellos ya terminaron sus estudios y tengo dos chiquititos que los crío con esta autonomía y con esta lucha territorial, espiritual y cultural.

SER MUJER MAPUCHE ES UNA RESPONSABILIDAD GRANDE

Mi nombre es María Isabel Huala y vengo de San Car­los de Bariloche. Mi fuerza es el lago Nahuel Huapi. El pueblo mapuche resiste a las dos Repúblicas que son Chi­le y Argentina. Donde yo vivo no tiene más de 130 años la conquista del desierto, pero hay otros lugares que tiene más tiempo que fueron conquistados. Argentina y Chile son dos países que nos dividieron, pero nosotros nos seguimos sin­tiendo parte de la tierra tanto acá como allá. Ser mapuche es ser parte de la Tierra.

Ser mujer mapuche es una responsabilidad muy grande porque nos toca dar la vida a los que van a seguir luchando. A mí me tocó más difícil porque tengo un Lonko que es un preso político mapuche en Chile. Tengo más hijos que siguen en la lucha y que están siendo criminalizados y perseguidos por el Estado argentino. Con todo eso es pesado, pero no di­fícil. Se me ha abierto la mente para luchar por los derechos no sólo de mis hijos, sino también del pueblo mapuche. La mujer se ocupa no sólo de la casa, de los hijos y la familia, sino también de la lucha política que es parte de su respon­sabilidad.

Personalmente estoy en la recuperación del territorio que fue de mis antepasados. Lo que pude recopilar desde mi familia es que mi tatarabuelo por parte de mi papá nació en Wallmapu como decimos nosotros, hoy conocido como Chile. Por parte de mi mamá mi familia viene de la isla de Chiloé, también Wallmapu. Mis tatarabuelos fueron corridos en aquellas épocas y en 1884, 85, mi bisabuelo empezó a hacer carrera hacia Bariloche por varios años. Después a mi bisabuela le dieron 625 hectáreas y se asentaron en lo que hoy es Bariloche.

Es ahí, cerca de Colonia Suiza y de Casa de Piedra, donde estoy recuperando el territorio que le correspondía a mi bis­abuela. El ejército le quitó las tierras y fuimos dispersados en distintos lugares. Recopilando la historia es donde yo vuelvo.

Tengo seis hijos, cuatro varones y dos niñas. Estamos to­dos y todas en la lucha.

¿Cómo recuperamos nuestras tierras? Para recuperarlas hay que concientizarse, juntar el valor y hacerlo. Se hace yén­dose a vivir al territorio, esperando que llegue la policía, la justicia. En el momento en que una decide recuperar su terri­torio sabe que va a ser denunciada, que va a llegar la policía con todo su aparato represor, que va a llegar el fiscal, el juez, las fuerzas especiales. En mi caso llegó el ejército, dialoga­mos y me hicieron un acta por la que quedé imputada desde hace más de dos años. Hace un mes, en enero de 2019, me lla­maron a declarar por usurpación. Ellos me dicen que yo usur­pé, yo les digo que estoy recuperando lo que le usurparon a mi familia. Ahora será una pelea de papeles, pero yo sigo estando en el territorio y no me van a sacar porque es parte de mi vida y de la vida de mis antepasados, de mi bisabuela que le arrebataron la vida para quitarle las tierras, con un tiro, a puñaladas y con violación.

Yo estuve casada con Ramón Jones Huala, cuya familia hizo la recuperación territorial en Cushamen, que es donde nacieron mi suegro y mi suegra, y por ese lado recuperaron el Pu Lof en Resistencia de Cushamen y le pelean a Benetton.

Tuvieron que ir recopilando la historia para poder vol­ver y seguir luchando por el territorio, porque la abuela está viva y porque ella sabía que iba a pasar eso. Dentro de la cosmovisión mapuche muchas veces por sueños se sabe que lo que va a suceder y la familia lo sabía. Mi hijo Facundo fue elegido lonko de ese territorio porque los espíritus hablaron y eligieron.

Sobre mis otros hijos, la última sentencia salió favorable para Fernando porque fue sobreseído, junto con mi nuera y otros más. Pero no sabemos en realidad que viene atrás, porque la justicia nunca ha sido para nosotros. Mi hijo Fausto también se entregó en Bariloche porque él estaba dentro de la causa de bajar el cuerpo de Rafael Nahuel, un weichafe ma­puche, para que no pasara lo mismo que con Santiago Mal­donando, que lo desaparecieron. Quedó imputado, pero el impusieron una ley de hace 70 años de que si no se presenta­ba, esa causa no se movía. Evaluando la situación se entregó, para que la causa tome curso y se esclarezca la muerte de Rafael Nahuel.

Nosotros resistimos estando en el lugar, sobreviviendo en el lugar, viviendo de lo poco que podemos, de la siem­bra de lechuga, papa, trigo, todo lo que sirva para comer. Benetton tiene más de un millón de hectáreas. Yo no sé si los Benetton conocen todo el territorio que tienen, sus empleados siguen como puesteros y como peones de es­tancia, si tienen animales son despedidos y se los queda Benetton. Hay mucha gente encerrada dentro del campo de Benetton, pues para poder salir o hacer su compra o trá­mites tienen que pedir permiso como esclavos en campo de concentración.

Haberse enfrentado a este gigante es lo que le cuesta la persecución política a mi hijo Facundo, lo que le cuesta la vida a Santiago Maldonado, que en ese momento esta­ba apoyando y pidiendo la libertad de mi hijo. Eso no me lo voy a olvidar nunca, se lo voy a agradecer siempre y voy a pedir justicia para él, porque estaba pidiendo la libertad de mi hijo.

La cotidianidad en mi comunidad es seguir recibien­do tiros en la noche, vehículos que llegan disparando, la policía que pasa hostigando y gritando barbaridades, in­sultando. Vemos a los niños esperando que lleguen los mili­cos para tirarles piedras. Es muy triste, es un lugar muy solo y muy lejano.

Para ningún pueblo ha cambiado nada desde que se crearon los Estados. El espionaje empezó en el noventa y tantos y durante el kirchnerismo apresaron a Facundo. Desde entonces hemos recibido muchísimas amenazas en la casa, tuve que quitar el teléfono fijo porque llamaban diciendo que a los indios los iban a encontrar en las cunetas, que los dejáramos de joder.

En este momento Facundo está en la cárcel de Temuco, está siendo defendido por Karina Riquelme Viveros y Pablo Ortega, que son los abogados reconocidos con la ley indí­gena. De este lado lo defiende Sonia Ivanoff, que es otra abogada reconocida. La justicia se mueve a su manera, como un juego de ajedrez. En estos tiempos no hay nada positivo hacia Facundo porque el juicio que se hizo a los demás in­tegrantes del Pu Lof no se lo hicieron a él, entonces tocará que decidan extraditarlo o que le den la libertad en Chile y tener su juicio acá también. Él allá (en Chile) está acusado de un incendio a un lugar no habitado y por tenencia de armas, y acá en Argentina parece que por usurpación, tenencia de armas y abigeato.

La lucha de Facundo es una lucha de pueblo, más que individual, es una lucha para visibilizar las muertes de los antepasados y el robo de tierras. Por eso estamos contra el capitalismo, porque viene a destruir, a contaminar, a matar y degradar todo. Llamamos a que apoyen, a que vuelvan a sus territorios y los recuperen, porque es la única manera de poder sobrevivir y pensar en un futuro.

Fuente: Gloria Muñoz Martínez, Ojarasca

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