No busquemos al siguiente caudillo, al siguiente reemplazo. Que esta digna rabia que crece y toma las calles, nos mueva a establecer asambleas permanentes en cada territorio, donde discutamos una solución que nos involucre y nos pertenezca, donde no reine la queja y la petición sino la exaltación de nuestra fortaleza, la certeza de que es posible gobernarnos a nosotros mismos, decidir sobre nuestras vidas. Allí están nuestros niños y niñas, a quienes pertenece la tierra y les entregaremos, sí o sí, el mundo que podamos construir hoy.

 

Con disparos a la cabeza, ¡más de 20 muertos!, el último gobierno nacional de este sistema probadamente cruel y ladrón, pretende acallar las diversas acciones de protesta que empezaron el 7 de diciembre.

A cientos están deteniendo, golpeando y criminalizando con denuncias que durarán años. Han atacado centros de reunión y casas familiares; han volteado ollas comunes e infiltrado policías para crear caos y justificar los asesinatos. Todas estrategias institucionalizadas por la dictadura Fujimontesinista y que hoy sigue al servicio del poder económico en el país.

Y es que sobre la gran diversidad de acciones autoconvocadas en cada pueblo o ciudad hay una unidad muy clara: la movilización social en el Perú es contra el poder económico que tiene tomado el Estado. Por eso exigimos el cierre del congreso y el inicio de un Gobierno Provisional de las organizaciones populares hoy en lucha de resistencia contra el neofascismo, un gobierno que inicie un cambio profundo y real en el Perú.

En Perú, el Estado peruano no existe para el ambulante perseguido en la avenida, ni para el pescador artesanal que no puede pescar, ni para el maestro obligado a enseñar una currícula alienada y fuera de contexto. El Estado peruano es un esquilmador para el comerciante. Para una niña embarazada, para una mujer golpeada, el Estado es una pesadilla siempre cruel.

Al obrero, al profesional el gobierno como empleador no le garantiza nada, más bien le explota y lo somete para ser sobre explotado por las corporaciones capitalistas. A menos, claro, que sea luego de muchas humillaciones, incorporado a planilla, calle y obedezca. El Estado de los capitalistas, ha criado a miles en la ineficiencia gracias al nepotismo, deporte nacional. Bajo la misma consigna de “sueldo seguro”, desde la policía, la institución creada para someter al pueblo, al éste se le humilla hasta hacerlo obediente y si resiste, los uniformados armados, entrenados para asesinar, se les ordena desangrarlo.

El Perú tampoco existe para el ganadero que lamenta en aymara la muerte de sus ovejas cada época de friaje, ni para el campesino que suplica en quechua apoyo junto al maizal, al papal reseco.

Para los kukama en el Cuninico, para los achuar y los wampis, para la gente en Espinar o en el valle de Tambo, el Estado peruano es un estafador con maletín que cuando se enoja saca la pistola para matar. La petrolera, la maderera, la minera son el mafioso de gafas que no se ensucia las manos pues cada gobierno se instala a cumplir su rol de Chacal.

Recordemos que estos asesinatos a sangre fría, los estados de emergencia, la pérdida de derechos, los infiltrados, los allanamientos ocurren sin pausa, desde hace décadas en los territorios ocupados por las mineras, petroleras, agroindustrias, madereras, etc.

Pero los acontecimientos están despertando al pueblo. Hay un “por fin, carajo”, lleno de esperanza que debe estar abarcando el aire entre las montañas y las selvas y llenando los pulmones de los que luchan para vencer. Para encontrar justicia hay que recurrir a las cortes internacionales, para defender el bosque hay que ir a organismos internacionales, para tratar con la empresa hay que hablar con la sede en Europa o Canadá, para operarse hay que esperar a la ONG de médicos extranjeros, para educarse en diversidad hay que esperar el proyecto de fuera. La constitución actual no nos garantiza el respeto a ningún derecho fundamental, el código civil no otorga títulos sobre nuestros territorios y el código penal nos condena, siempre sólo al pueblo, nunca a los poderosos.

Frente a cualquier conflicto los pueblos indígenas recurren al convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo. La ley nacional no nos protege, el Estado es un problema más, en realidad, es el problema.

Ahora que se ha tirado por los suelos la esperanza que trajo este “gobierno del pueblo” – otra vez, amiga, date cuenta – que fiscales, congresistas y gran prensa, qué duda cabe, son unos mercenarios y sicarios al servicio del poder económico. Nos corresponde preguntarnos a dónde deben llevarnos las manifestaciones, a dónde la rabia que no se aguanta más. A dónde el dolor por los muertos.

Tenemos un ejemplo: Chile. La indignación juntada por décadas se convirtió en una protesta de más de 3 meses que terminó con una asamblea constituyente y una constitución apenas progresista, pero llena de más de lo mismo, especialmente contra los Mapuche, que fue rechazada finalmente en las urnas. Los medios y el poder económico se encargaron de demostrar la influencia de la prensa y las redes sociales. Asustaron a la gente, sacaron su lado más conservador y ganó el no. Habría que añadir, que el gobierno del pueblo en Chile nunca dejó de enviar militares a territorios indígenas, las detenciones y masacres continuaron.

Indígena significa lo que es de aquí, lo que tiene su origen aquí, en este lugar. Ser indígena entonces tiene que ver sobre todo con un compromiso con el espacio y la convivencia compartida. Se es indígena en la medida que participamos con la realidad material y social que habitamos.

En ese sentido Lucha Indígena llama a participar territorialmente, a organizarse con quienes compartes el agua, el alimento, el aire, la convivencia. No importa si este territorio es un barrio, una comunidad, un valle, una fábrica.

No busquemos al siguiente caudillo, al siguiente reemplazo. Que esta digna rabia que crece y toma las calles, nos mueva a establecer asambleas permanentes en cada territorio, donde discutamos una solución que nos involucre y nos pertenezca, donde no reine la queja y la petición sino la exaltación de nuestra fortaleza, la certeza de que es posible gobernarnos a nosotros mismos, decidir sobre nuestras vidas. Allí están nuestros niños y niñas, a quienes pertenece la tierra y les entregaremos, sí o sí, el mundo que podamos construir hoy.

Lucha indígena, diciembre de 2022

 

Perú: "Por fin, carajo"

 

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