Wu Ming

Desde la explosión de la pandemia de Covid-19 a principios de 2020, se ha producido un aumento exponencial de avistamientos de ovnis por todo Occidente. El colectivo de escritores italiano Wu Ming, que ha publicado recientemente la novela UFO 78 (en la que se entremezclan el secuestro de Aldo Moro y la gigantesca oleada de avistamientos que se produjo aquel año), interpreta este tipo de fenómeno social y cultural como la manifestación de una «pulsión utópica», como una expresión del malestar generado por un sistema que nos obliga a identificarnos continuamente y que intenta asfixiar cualquier perspectiva futura de cambio radical.

 

 

 

Cuando empezamos a escribir UFO 78, de ovnis se hablaba muy poco, por lo menos en el mainstream. Fuera de ciertos ambientes, el tema estaba pasado de moda desde hacía muchos años.

De vez en cuando, alguien nos preguntaba: —¿De que hablará vuestra próxima novela?
Y nosotros: —De la obsesión por los ovnis que se apoderó de Italia en el 78.
Tras lo cual, el interlocutor, perplejo, decía: —No entiendo… ¡¿Pero por qué ovnis?!
Y nosotros intentábamos explicárselo, sin anticipar demasiadas cosas.
A menudo podía leerse un gran «¡Buah!» en la cara de quien escuchaba.

Más tarde la historia quiso que, durante la escritura del libro, los avistamientos de ovnis volviesen a irrumpir con fuerza en el imaginario colectivo.

Ha ocurrido en todo Occidente, a partir de los grandes confinamientos pandémicos del 2020. Los testimonios se multiplicaron rápidamente, hubo numerosos flaps (avistamientos) y desde entonces se podría decir que estamos en plena oleada.

Lo dicen incluso en Washington. En enero de 2023, la Oficina del Director de Inteligencia Nacional publicó su informe anual sobre «unidentified aerial phenomena» —actual denominación oficial, de la que deriva el acrónimo UAP [FANI en castellano]—, el cual incluye las cifras relativas a Estados Unidos. Mientras que de 2002 a 2017 la inteligencia clasificó 263 avistamientos, en el periodo 2020-2022 el número fue prácticamente el mismo: 247. Un salto de escala, de varias decenas a varias centenas al año.

Cierto, hasta ahora no es nada comparable a la oleada italiana de 1978: dos mil avistamientos solo en aquel año, y en un país mucho más pequeño que EEUU. Aun así, resulta evidente que los ovnis han vuelto. O mejor dicho, que la gente ha vuelto a ver ovnis. ¿Por qué?

Nosotros tenemos una teoría, y la estamos exponiendo en casi todas las fechas del tour de presentación del libro.

1. Mirar al cielo es el inicio de toda liberación

Cuando los seres humanos se sienten arrinconados, forzados, oprimidos, angustiados, vuelven su mirada hacia el cielo, al firmamento. Es así desde la idiomática «noche de los tiempos».

El acto de mirar al cielo estrellado es el preludio de cualquier liberación, de cualquier revolución. ¿Es acaso una coincidencia que este último término proceda de la observación de los astros? La «revolución de Copérnico», desde Immanuel Kant en adelante, es metáfora de cambios históricos, de vuelcos totales de las perspectivas, de entrada en un nuevo paradigma del saber.

No existe fundación de civilización alguna o entrada en una nueva fase de la historia que no haya empezado así, levantando la mirada, porque mirar al cielo ensancha la percepción del espacio y, por tanto, de lo posible; aligera la cabeza de los lastres del presente, permite pensar de una forma más libre —el verbo «considerar» deriva del estar cum sidera, en compañía de los astros—, y así de aspirar a algo distinto y mejor. «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva» (Apocalipsis, 21,1).

 

 

Pensemos en la ultracitada frase de Hamlet: «Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que todas las que pueda soñar tu filosofía» (Acto 1, escena 5).

Hamlet la pronuncia tras haber hablado con el fantasma de su padre. Puesto que su amigo Horacio —antiguo compañero de estudios en Wittenberg— encuentra la circunstancia «wondrous strange», Hamlet le responde que el espacio infinito implica la infinitud de las posibilidades y las hipótesis, de forma que la realidad excede en cualquier momento a cualquier doctrina presente, a cualquier filosofía y ciencia en boga en un determinado momento. Es una advertencia contra el cientifismo.

Durante los grandes confinamientos, se miraba hacia el cielo más a menudo. Lo hicimos todas y todos. Había menos contaminación lumínica y el cielo estaba más vacío de lo normal.

2. Más objetos voladores de los que podamos imaginar

En aquellos días, se creía que el cielo estaba totalmente desierto. Los medios decían que los aviones no volaban, de vez en cuando la televisión enseñaba los aeropuertos vacíos. Por ese motivo, la aparición de una luz inesperada podía sorprender. El salto de ahí a pensar en un ovni, en un objeto no identificado, era muy sencillo.

Pero el cielo no estaba totalmente desierto. El cielo del Capitaloceno nunca está desierto.

En la primavera de 2020, y de nuevo en el otoño de la llamada «segunda oleada» (oleada de contagios, en este caso), el tráfico aéreo civil se redujo al mínimo, pero seguía activo, algunos aviones despegaban y aterrizaban para garantizar los traslados esenciales. Luego estaban los vuelos militares, excluidos de cualquier tipo de lockdown.

Más que cualquier otra cosa, en órbita había satélites. La mayor parte de personas ignora cuántos son, bah, ¿alguna que otra decena? Qué va. En 2020 eran más de tres mil, mientras que en los dos años siguientes se convirtieron en alrededor de ocho mil —de los que tres mil pertenecen a SpaceX, es decir, a Elon Musk— y su número sigue aumentando. Al parecer, con el 5G se convertirán en decenas de miles.

Aún más numerosos son los detritus en órbita: chatarra de satélites que se han chocado contra otros satélites o que han sido alcanzados por meteoritos, así como basura arrojada desde la Estación Espacial Internacional (ISS). Según la ESA, la Agencia Espacial Europea, existen cerca de 36.000 detritus en órbita de diámetro superior a los diez centímetros.

Que la medida en centímetros no confunda: existen detritus muy grandes. En marzo de 2021, la ISS desenganchó un palé de baterías de níquel-hidrógeno gastadas que pesaban dos toneladas y media (el artículo enlazado indica 2,9 tons, utilizando el sistema de medidas de EEUU)*.

 

 

Luego estaban los globos sonda, de los que hablaremos en breve. En algún momento habrá volado también alguna linterna china, y es posible que haya sido visible un meteorito entrando en nuestra atmósfera… En resumen: incluso en 2020 en el cielo volaban, brillando con luz propia o reflejándola, gran cantidad de objetos.

3. Un deseo de no-identificado (1978-2020)

Descubrir de qué objeto se trataba no habría sido difícil, aún más en una época en la que se vivía ansiosamente aferrados a Internet. Existen webs y aplicaciones específicas para seguir el vuelo de la ISS, otras para ver cuántos son los satélites en órbita y dónde están… En muchos casos, una mínima parte del tiempo transcurrido online habría bastado para explicar una u otra luz avistada en el cielo, evitando llegar a conclusiones precipitadas.

¿Por qué esto no ocurría? ¿Por qué en la mayor parte de los casos no ocurre? ¿Por pereza mental? ¿Por ignorancia?

En nuestra opinión, ocurre, tanto en el mundo actual como en la Italia de 1978, porque existe un extenso deseo de no-identificado. El no-identificado es liberador. Nos vemos empujados a pensar que una luz en el cielo pertenece a un ovni, es decir, a un objeto no identificado, como reacción a un mundo que nos pide constantemente, agresivamente, que nos identifiquemos, que declaremos continuamente quiénes somos, de dónde venimos, de qué lado estamos.

 

 

El 1978 es un año de profunda militarización de los espacios físicos y del debate público. Italia esta atravesada por decenas de miles de controles de carretera, millones de personas son retenidas mientras andan por la calle y se les exige enseñar su carnet de identidad. Por encima de todo, existe una obsesiva demanda de posicionamiento, un interrogatorio continuo de las conciencias: ¿Con quién estás? ¿Con el Estado o con el terrorismo? ¿Con la democracia o con los subversivos? ¿Eres un buen ciudadano o eres un «simpatizante»? Tertium non datur. Es el comienzo de la temporada de la Emergencia. De ahí en adelante, para quien se siente tertius —o, más aún, incomputabilis— los espacios serán cada vez más angostos: nichos y lugares de marginalidad, el callejón donde compras heroína, en la mejor de las hipótesis la esfera en la que nadie se mete en tus putos asuntos. En cualquier caso, quedas fuera del discurso público.

En 2020, de nuevo controles de policía por doquier, vigilando fronteras tan tangibles e insuperables como efímeras, porque eran redefinidas en cada nueva ordenanza o decreto, quedando así sujetas al capricho de las autoridades. Una frontera entre tu municipio y el municipio limítrofe, otra entre la vía pública y el parque o la playa a los que las autoridades han prohibido entrar, otra más entre el resto del parque y los columpios rodeados por cinta blanca y roja, y así todo, de forma prácticamente fractal. En cada una de esas fronteras puedes ser retenido e identificado.

Puedes salir de casa solo si tu certificado—que habrás de presentar a la policía junto con tu carnet de identidad «dice la verdad», esto es, si salir era necesario. Ya no, cambio de orden: desde hoy puedes salir también para realizar «actividad física», pero en esta región no puedes superar los doscientos metros de casa, en esta otra son quinientos metros, etc. Más tarde, con el toque de queda, una nueva frontera: la que separa las 21:59 de las 22:00, que más adelante se convierten en 22:59 y 23:00.

Todo esto acompañado por la enésima —típica de la Emergencia, pero más imperiosa que nunca en 2020— demanda de posicionamiento: ¿Estás con el Estado o con los «negacionistas del virus»? ¿Con las autoridades o con los contagiadores? Los márgenes para quienes rechazan la lógica binaria son aún más estrechos que durante la emergencia-terrorismo. A quienes critican la gestión de la emergencia-pandemia se los empuja a espacios discursivos minúsculos, en los que además se les bombardea con injurias, amenazas y calumnias.

En 2021, tras la llegada de las vacunas, la introducción del «pasaporte Covid» crea una frondosa red de fronteras en continuo y enervante desplazamiento. Tanto es así que sin ese certificado —cuya caducidad las autoridades modifican varias veces, en función de incuestionables criterios— te quedas fuera de la vida social. Se lleva la lógica binaria al paroxismo: ¿Estás de acuerdo con el pasaporte Covid o eres un «antivacunas»? No hay más posibilidades. La mayor parte de las personas lo único que puede hacer es adaptarse y seguir la corriente más o menos a desgana.

 

 

La emergencia genera una realidad que se permite describir y explicar únicamente siguiendo la línea oficial, la del poder estatal-mediático. Durante la pandemia, ese poder es sostenido y legitimado por un (poco científico) culto mediático a la Ciencia, cuyos telepredicadores vigilan las fronteras —no solo epistemológicas, sino también políticas— del discurso.

En contextos de este tipo, el no-identificado responde al deseo de salir de la jaula para vivir de otra manera. Se trata de una manifestación de la pulsión utópica de la que hablaba Ernst Bloch, pulsión que puede manifestarse en cualquier ámbito, «desde los mitos hasta el entretenimiento de masas, desde la iconografía hasta la tecnología, desde la arquitectura hasta el erotismo, desde el turismo hasta el humorismo y el inconsciente» (Fredric Jameson, Archaeologies of the Future: The Desire Called Utopia and Other Science Fiction, Ed. Verso, Londres-Nueva York, 2005).

Veo una luz en el cielo, me resulta fácil y accesible encontrar una explicación racional, pero es más bonito, más inspirador me alivia más pensar en un objeto no identificado. Todo lo demás está identificado certificado, ¡dejadme por lo menos este momento!

Más aún cuando no existe una explicación convincente y el objeto en cuestión es de verdad un objeto no-identificado. Según el citado informe del pasado enero, en los últimos veinte años se han acumulado hasta 171 avistamientos sin explicar, y el dato es relativo solo a EEUU.

En The Guardian, hace pocos días, la ufóloga inglesa Heather Dixon escribía:

«A menudo me preguntan qué creo respecto a la vida extraterrestre, y si esta entrará alguna vez en contacto con nosotros. Después de todo, alrededor del 2% de los ovnis de los que oímos hablar no han sido identificados, por ahora […] Existen aún misterios, y yo creo que siempre existirán. Me pregunto qué narraciones inventarán los humanos para explicar los avistamientos del mañana, y qué ideará la ciencia ficción futura. ¿Conseguirán, en algún momento, la ciencia y los análisis de los expertos explicar todas estas cosas? Sospecho que no. Espero que no.»

Habría podido decirlo el ufófilo Jimmy Fruzzetti [carismático personaje de la novela UFO 78, N. del T.].

El misterio es una dimensión fundamental del ser humano. Explicarlo todo, absolutamente todo, es posible solo como proyección distópica. Un mundo en el que todo hubiese sido clasificado, catalogado, cuantificado, certificado de forma definitiva sería un mundo donde habría muerto la imaginación, donde, por tanto, habría muerto lo humano.

4. Chinos o alienígenas, la amenaza desde el cielo

En febrero de 2023, tres meses después de la publicación de UFO 78, en todos los medios del mundo explota el debate sobre los ovnis, e incluso directamente sobre presencias extraterrestres.

El 4 de febrero, en los cielos de Carolina del Norte, un caza F-22 derriba un objeto misterioso. Según la Casa Blanca se trata de un globo espía chino.

Antes aún de que se tomara la decisión, la noticia del avistamiento da la vuelta al mundo, generando todo tipo de especulaciones. Los medios sacan improvisadamente a los «analistas» y «expertos en geopolítica» de siempre. Una disciplina, esta última, que tiene el mismo valor epistemológico que los chistes sobre un francés, un alemán y un italiano, pero con la ventaja de ser very telegénica.

Por otros lares, sobre todo en las redes sociales, se activan los amantes de las fantasías de la conspiración** sobre alienígenas, Roswell, la «cortina de humo» planetaria, los hombres de negro, los reptilianos, los Elohim, lo ha dicho incluso Corrado Malanga en una entrevista con Red Ronnie [respectivamente, profesor universitario estudioso de ovnis y alienígenas, y gurú mediático del mundo magufo italiano, N. del T.], etcétera.

Por su parte, los chinos, como es lógico, protestan, explicando que el artefacto derribado es efectivamente un globo suyo, pero un globo sonda, lanzado con fines científicos y que ha acabado perdiéndose. Y añaden: EEUU nos acusa de lo que hacen ellos: diversos globos espía estadounidenses han violado en varias ocasiones nuestro espacio aéreo, volando sobre el Tíbet y la región de Xinjiang.

Fuera lo que fuera el artefacto, se abren las compuertas. La paranoia geopolítica sobre los «enemigos de Occidente», esa misma que desde hace un año obstaculiza cualquier debate sobre la guerra en Ucrania, contribuyendo a alargarla indefinidamente, genera un alarmismo exagerado, fuera de lugar, diversivo. Entre las pocas personas que lo dicen alto y claro está Michael Tomasky, director de The New Republic:

«¿Por qué darle tanta importancia a un globo? Vale, si estuviésemos hablando de alienígenas espaciales, incluso yo admitiría que se trata de algo grande. Pero si no son aliens, ¿a quién le importa? Quiero que intentéis responder a esta pregunta: ¿Cuántos satélites espía están girando alrededor de la Tierra en este momento? […] Entiendo por qué esta historia genera interés. Es algo en lo que la persona media no piensa nunca, y puesto que China —o mejor aún: CHINA!!!— da tanto miedo, se ha convertido en una historia enorme […] La respuesta a mi pregunta de antes es que hay cerca de 5.465 satélites espía girando alrededor de nuestro pequeño globo, vigilándonos cada centímetro, cada segundo de cada día. Si un tipo le roba el aparcamiento a una señora en Chester Street en Maysville, Kentucky, y China quiere saberlo, lo sabrá. La gente tiene que tomar conciencia de la realidad.»

Pero a estas alturas el establishment ve globos espía por todas partes.

 

 

El viernes 10 de febrero, otro F-22, esta vez en los cielos de Alaska, derriba un segundo objeto, descrito de forma vaga. Lo único que se sabe es que tiene «más o menos el tamaño de un coche pequeño». El chiste sale solo y varias personas nos escriben: Biden ha ordenado derribar el Renault 4 de UFO 78 [vehículo en el que se encontró el cadáver de Aldo Moro y que aparece volando hacia el horizonte en la portada del libro, N. del T.].

El sábado 11 de febrero se ordena otro derribo, esta vez en el espacio aéreo canadiense, sobre el Yukón, tras un acuerdo con el primer ministro Justin Trudeau. El objeto es descrito, en un primer momento, como «un pequeño cilindro» y, más tarde, como «un pequeño globo metálico».

El domingo 12 de febrero, un F-16 derriba un cuarto objeto —«de estructura octagonal y con cables»— sobre el lago Hurón, en la frontera entre Michigan y Canadá. Más tarde se sabrá que el primer misil ha fallado el tiro, debido a las reducidas dimensiones del globo.

Durante una conferencia de prensa ese mismo día, a la pregunta de si podía descartarse el origen extraterrestre de alguno de los artefactos, el general Glen Van Herck, responsable de la defensa del espacio aéreo norteamericano, responde: «Dejo que se ocupen de ese asunto los servicios de inteligencia y contraespionaje. Yo no he descartado nada».

Leyéndolo bien, parece querer decir «dejadme en paz con estas gilipolleces», pero que un general pueda no descartar a priori la idea de que el espacio aéreo de EEUU está siendo violado por extraterrestres es una especie de primicia, y en todo el globo se desencadena un torbellino de titulares sensacionalistas.

El día después, una fuente del Departamento de Defensa declara al periodista de Reuters Phil Stewart que no existe «ningún tipo de indicio sobre actividad alienígena o extraterrestre en relación con los recientes derribos».

5. El juego del globito, cuatrocientos mil dólares el tiro

El 15 de febrero, el presidente Biden declara que los últimos tres objetos derribados no eran satélites espía, sino «muy probablemente, globos de empresas privadas, lanzados con fines recreativos, o de organismos de investigación, lanzados para tomar medidas meteorológicas o con otras finalidades científicas».

Según el Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos, cada día se lanzan 1.800 globos meteorológicos, 92 de los cuales solo desde EEUU. Su función es transmitir datos sobre la temperatura, la humedad o la presión atmosférica de una cierta zona.

 

 

De todos esos globos, solo se recupera el 20%. El restante 80% se convierte en sky trash, basura celeste, prima hermana de los residuos espaciales de los que hablábamos antes.

Además, existen otros globos sonda que se utilizan en el ámbito de las telecomunicaciones, y que lanzan empresas como Google.

Luego están los denominados picoballons, de tamaño reducido —apenas un metro de diámetro— y fabricados en PET luminiscente, lo cual los hace muy visibles. Cuestan poquísimo y están al alcance de cualquiera. Los utiliza la comunidad de radioaficionados para poner en vuelo estaciones de radio empaquetadas y poder recibir así datos sobre su navegación. Los picoballons funcionan con energía solar, por lo que tienen un gran autonomía de vuelo. Según algunas estimaciones, cada día se lanzan dos mil globos de este tipo.

Es muy probable que el objeto derribado en Canadá fuese un picoballon denominado K9YO-15, lanzado en Illinois el pasado 10 de octubre.

Mientras que para ensamblar y lanzar un picoballoon bastan treinta dólares, cada misil AIM-9X Sidewinder —los que se utilizaron en los derribos— cuesta 400.000 dólares. Admitiendo que el primer objeto fuese un auténtico globo espía, y considerando que por lo menos uno de los tiros no dio en la diana, Estados Unidos se ha gastado un millón y medio de dólares para derribar, muy probablemente, el globo de un nerd y dos chatarras voladoras.

Si EEUU decidiese declararle la guerra a toda la basura celeste, seguramente la industria bélica se frotaría las manos: «Venga, ¿sabes cuántos misiles vendemos?». Pero sería de idiotas frotarse las manos en ese caso, porque en pocos días el gobierno federal se arruinaría.

La realidad es que la guerra en Ucrania ha vuelto a Occidente aún más estúpido.
Sabemos menos de «Oriente», pero probablemente no le está yendo mucho mejor.
Las clases dominantes derrochan recursos, tiempo y energías en su Risk mientras, por decir solo una cosa (¡pero es la mayor!), el desastre climático acelera sus dinámicas.

Incluidas las dinámicas culturales. En las que quizás encuentra sitio la actual «ansia por los ovnis».

6. Los ovnis de día: ¿qué representan?

Una particularidad de los últimos episodios es que son diurnos. Los episodios recapitulados han tenido lugar en el cielo de día. Y existen diferencias respecto a los avistamientos nocturnos. De noche —cuando la contaminación lumínica lo permite— se está cum sidera, de noche es posible pensar a lo grande.

El cielo diurno no es más que la atmósfera vista desde abajo. Y la atmósfera hoy nos inquieta como no nos ha inquietado nunca, a pesar de que la mayor parte de la gente, para no pensar en las implicaciones, nos abandonemos a la rutina y finjamos que no pasa nada.

 

El Tagliamento, uno de los principales ríos del noreste italiano.

 

No llueve desde hace semanas, pasas por el puente y ves que el río está seco. El Po, el Rin, el Tagliamento, el Arno, cualquier río. Lo ves, pero apartas el pensamiento. El pensamiento de que, si esta es la situación ya en invierno, en verano habrá una catastrófica escasez de agua. ¿Y a largo —pero tampoco tan largo— plazo? ¿Un día todo esto será desierto?

Para no abrumarnos demasiado, pensamos en otra cosa, y seguimos así, rehuyendo procesos cuya enormidad podría aterrorizarnos, como el hecho de que ciertas áreas de la selva amazónica hayan empezado a emitir más dióxido de carbono del que capturan.

Pero el pensamiento desterrado regresa. La ansiedad climática se manifiesta bajo otras formas.

Si desde el cielo, durante largos meses, no llega lo que debería llegar, es decir, la lluvia, acaba llegando otra cosa: el globo espía, los chinos que observan, la amenaza alienígena… Son metáforas inconscientes, manifestaciones de nuestra angustia climática. Escenifican la amenaza del futuro, el futuro que obviamos, o bien —como ocurre en las fantasías de la conspiración sobre «chemtrails» y «guerra climática»— lo interpretamos en base a prejuicios cognitivos, obligando al futuro a adecuarse a esquemas a los que estamos más acostumbrados, que nos resultan más “gestionables”.

7. El realismo capitalista imagina alienígenas capitalistas

En función del momento, se puede mirar al cielo temiendo un peligro inminente, o bien soñando la salvación, un nuevo inicio, una vida fuera de la trituradora cotidiana, un futuro digno.

Como demuestra desde hace décadas la mejor ciencia ficción, existe una pulsión utópica incluso en el hecho de preguntarse si existe vida inteligente en otros planetas. La curiosidad sobre la posibilidad de vida extraterrestre, la esperanza de que exista alguien más «ahí fuera», todo ello está íntimamente ligado a un deseo de otro lugar, otro lugar respecto a la vida en este Capitaloceno que devora el futuro.

Claramente esa pulsión no la puede reconocer The Economist, incansable defensor del realismo capitalista aun dedicándoles un largo artículo a las nuevas y cada vez más sofisticadas técnicas de búsqueda de vida extraterrestre en el universo.

Tanto el artículo como algunas de las hipótesis que presenta demuestran que la imaginación capitalista está prisionera de una paranoia circular: no consigue imaginar nada más allá de sí misma, esto es: vampirismo, depredación de recursos, explotación, parasitismo, guerra. Tras haber expuesto la hipótesis de que existen «civilizaciones estrellívoras», es decir, capaces de usar y consumir la energía de estrellas enteras, el autor de la pieza concluye poniéndonos en guardia: entrar en contacto con civilizaciones alienígenas poseedoras de tecnologías tan avanzadas, inmensamente más avanzadas que las nuestras, podría ser excitante, «pero también muy peligroso».

Parece casi una respuesta a lo que escribía el controvertido gurú troskista J. Posadas en junio de 1968. Asumiendo que cualquier civilización capaz de realizar viajes intergalácticos sería necesariamente superior a la capitalista, Posadas explicaba:

«El capitalismo siente que un sistema que considera superior le deja en mal lugar. [Frente a los ovnis] la gente saca la conclusión de que el capitalismo es inútil. Dicen: “¡Anda, mira! ¿Y entonces vosotros para qué servís?”. La clase dominante se siente empequeñecida […] el capitalismo intenta dar la impresión de que se trata de fantasías, de manera que la gente no piense en la existencia de formas de relación superiores y en la incapacidad del capitalismo para alcanzar ese nivel.»

A décadas de distancia, el realismo capitalista responde diciendo: «No os hagáis ilusiones, si existen otras civilizaciones, razonan exactamente igual que nosotros, los capitalistas. Si tuviéramos el poder de consumir estrellas al completo para sacar energía, lo haríamos, ¿no?».

Al menos admiten que, si en algún otro lugar del universo existiese gente como la que gobierna y explota aquí en la Tierra, bueno, sería gente de la que convendría estar lejos.

Por último (por ahora)

Aquel viejo texto de Posadas —el más conocido de sus escritos— contiene multitud de afirmaciones ridículas, debidas no solo a la excentricidad del personaje (al que nos hemos inspirado para el Romulo Casella de UFO 78), sino también por deshechos ideológicos que su corriente compartía con buena parte del movimiento comunista del siglo XX: una concepción burdamente lineal del devenir histórico, la técnica y el desarrollo de las fuerzas productivas como artículos de fe, etcétera.

No obstante, deberíamos saber identificar el núcleo de verdad de esas elucubraciones.

Solo una imaginación que sepa ir más allá del capitalismo nos permitirá reunir las más variadas expresiones de la pulsión utópica, empezando por el deseo de no-identificado, y dirigirlas hacia un cambio.

Un cambio de época, que se prepara, entre otras cosas, mirando al cielo.

 


Notas

*Quien tenga curiosidad por saber cuántos detritus de menos de diez centímetros hay en la atmósfera, que sepa que son millones. Ninguno de ellos es visible desde la Tierra, ni a simple vista, ni usando un telescopio común, por lo que no pintan nada en un discurso sobre ovnis. En cualquier caso, todos esos objetos reflejan luz y contribuyen de forma consistente a la contaminación lumínica. Sobre este tema, recomendamos una vez más el panfleto de Wolf Bukowski Perché non si vedono più le stelle [Por qué ya no se ven las estrellas] (Eris, Turín, 2022).

Notas de traducción

**En el libro de Wu Ming 1, inédito en castellano, La Q di Qomplotto – Come le fantasie del complotto difendono il sistema (La Q de Qomplot – Cómo las fantasías de la conspiración defienden el sistema), el autor rechaza la expresión «teorías de la conspiración», explicando que resulta confusa, ya que se refiere a dos conceptos muy distintos. Partiendo de la premisa de que «las conspiraciones existen», Wu Ming 1 denomina, por un lado, «hipótesis de conspiración» a las sospechas de conspiraciones o complots auténticos, como el Watergate en Estados Unidos o las diversas tramas de la «estrategia de la tensión» en los años 70 en Italia. En contraposición, define «fantasías de la conspiración» a las conspiraciones imaginarias, en las que algún tipo de poder casi omnímodo controla la humanidad al completo desde hace siglos. En mayo de 2020, un año antes de la publicación de La Q di Qomplotto, Wu Ming 1 anticipaba en parte estas tesis en un artículo traducido en el blog A este lado del Mediterráneo.

En octubre de 2022 vio la luz el último libro del colectivo de escritores italiano Wu Ming, UFO 78, una novela cuya trama principal está ambientada entre marzo y mayo de 1978, periodo en el que las Brigadas Rojas mantuvieron en cautividad y ejecutaron a Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana y símbolo del conocido como «compromiso histórico» [N. del T.].

 


Publicado en italiano en Giap el 24/02/2023
Traducción inédita, A este lado del Mediterráneo


 

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