Karla Sánchez Félix
Porque hay quien dice “NO”.
Hay quien no quiere cambiar de patrón, sino no tener patrón.
Hay quien resiste, se rebela… y se revela
El Capitán, junio del 2025
En marzo de 1871, las calles de París retumbaron con el clamor de: “vive la Commune!”. Artesanos, comunistas, obreros, anarquistas franceses tomaron la ciudad sitiada por el ejército prusiano en busca de organizar su vida a través de asambleas y acuerdos colectivos. La lucha se dirigía contra la subsunción del trabajo en el capital, a favor de la emancipación política y económica a través del resquebrajamiento del Estado. Transcurrieron 72 días y esta forma de organización fue masacrada por el ejército francés. Tiempo después los historiadores republicanos franceses la dieron por muerta. A tal punto que, en algunos sectores se habló de ella como un movimiento fracasado. Sin embargo, ¿qué tanto la Comuna, como otros movimientos anticapitalistas, tras una dura masacre o coacción han quedado realmente aplastados -tal como a la historia oficial le gusta subrayar? ¿Cuántas veces no se ha hablado también de la falta de actualidad del pensamiento de Marx o, incluso, que el derrumbe del socialismo soviético significó el desplome de todos los proyectos socialistas o del fin de la historia, transportando erróneamente lo particular a lo universal?
Estas preguntas sugieren, por un lado, la exigencia de repensar la actividad del historiador, la cual, no puede ser sólo el traer al presente los acontecimientos pasados; por otro lado, se trata de cuestionar la interpretación de los hechos. Especialmente, el sentido de derrota de los movimientos anticapitalistas. Predominante en la historia oficial y que acompaña la secuencia de imágenes distópicas. Aparecidas hoy en las redes sociales, con el fin de desesperarnos y hacernos sentir mónadas frágiles o, simplemente, Puppen, muñecos sin posibilidad de moverse autónomamente.
En oposición a ello y, tras haber escuchado las historias de diversos grupos cuyos familiares fueron fuertemente oprimidos, como los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa o las mujeres sobrevivientes a la matanza de Acteal del 22 de diciembre de 1997, me interesa regresar al trayecto que estos han seguido. Sobre todo, a la continuidad de su lucha, a pesar de la coacción, preguntar: ¿cómo se han organizado?, ¿por qué lo hicieron de ese modo?, ¿contaban con un proyecto claro de organización o fue un movimiento más espontáneo?, ¿cuál es el motor que mueve sus resistencias? ¿Por qué ha sido tan problemático agruparse en un imaginario identitario, como el de nación? ¿de qué manera la lucha por la nación obnubila la lucha de clase?
En realidad, a pesar de las pérdidas, las luchas anticapitalistas no suelen apagarse tan fácilmente, como a algunos les gustaría barruntar. Más bien, éstas nos abren caminos de enseñanza, nos generan muchas preguntas, reflexiones, críticas, alternativas y estrategias que no pueden apelmazarse en el concepto de fracaso.
Marx, Engels y Lenin admiraron la Comuna de París, al mismo tiempo que cuestionaron ciertos aspectos de ella. Sabemos por Raya Dunayevskaya que después de la Comuna, Marx reelaboró su idea sobre el final del fetichismo de la mercancía, el cual, sólo podía diluirse con el rompimiento de la lógica de la valorización del valor. La búsqueda de la Comuna por una emancipación política y económica, la llevó a organizarse en contra y más allá del Estado, ya que éste concentraba su poder en los órganos de la burocracia, la policía, el ejército, la magistratura, cuyos fines eran la división de trabajo, la acumulación del capital, el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo. Pero, de igual manera, a la Comuna se le cuestionó que asumiera una lucha de clase en paralelo a una lucha nacional, ya que esta última terminó por subsumir a la primera. Sin embargo, me parece que la memoria de la Comuna contiene un significado profundo para las actuales posiciones anticapitalistas: que el capitalismo se construye desde la inestabilidad y que esta misma hace posible que los individuos, en seguimiento a su coyuntura, se organicen y tomen las riendas de la historia.
La observación sobre la inestabilidad del capitalismo ha sido también una de las enseñanzas del zapatismo. Con esto, no quiero decir que el zapatismo haya sido influenciado por la Comuna de Paris o algo por el estilo porque esto sería omitir la manera en que éste fue formando su propia lucha en una coyuntura muy otra, quizá más compleja. No sólo por el papel geopolítico en el que hoy se encuentra México ante el desarrollo y la crisis del capitalismo, que lo ha llevado a ser por un lado el espacio de toma de recursos naturales de las empresas trasnacionales y desagüe de contaminantes de mineras e industrias agrícolas; a ser, por otro lado, el lugar donde los grandes capitalistas de la droga negocian con el crimen autorizado y el gobierno; sino también por la manera en que desde hace más de 30 años empezó la lucha zapatista como una lucha indígena. No fue casual que su epicentro haya sido Chiapas, uno de los estados que, después de la revolución mexicana, era de los más racistas y seguía siendo controlado por los finqueros y hacendados, quienes no cedieron sus ejidos, sino que despojaron a grupos indígenas, enviándolos a los montes y explotándolos más, fortaleciendo incluso elementos discriminatorios y racistas, en el que ser indígena resultaba una vergüenza o una amenaza.
Las primeras manifestaciones del EZLN buscaron desde la experiencia de las luchas indígenas, reivindicar la dignidad. Posteriormente, distintos grupos anticapitalistas retomaron esta lucha y comenzaron a resignificarla desde sus propias experiencias, dándole nuevas formas. La coyuntura hizo que los grupos indígenas -a diferencia del proletariado europeo- rechazara desde el inicio de su lucha, la toma del poder estatal o la necesidad de integrarse a los partidos políticos. Pues, era clara la alianza existente entre empresas trasnacionales, el gobierno, aparatos del estado, partidos y el narcotráfico.
En los años recientes, el zapatismo está redireccionando su lucha hacia El común. En los comunicados zapatistas, especialmente en: “Vigésima y Última Parte: El Común y la No Propiedad” (diciembre, 2023) nos mencionan que éste no tiene como fin reunir a las personas para hacer artesanías, sembrar, cosechar, ni crear una comunidad específica. En este sentido, me parece interesante que El común se oponga a la formación de un “nosotros” con carácter inclusivo y exclusivo, al imaginario identitario, a cualquier símbolo que busque vincular a las personas mediante valores, parentesco o modos de vida.
Más bien, alude a las luchas antagónicas al capital, aquellas que se encuentran en rebeldía y resistencia. Como tal, éstas no son homogéneas, puesto que su trayectoria difiere según sus experiencias, con altas y bajas, en un proceso constante de reconstruirse y mejorar su organización. Pero, entonces, si El común es una forma de lucha o actividad que conglomera a grupos heterogéneos en resistencia que luchan por la vida ¿puede tener una fuerza política antagónica al capital? O, ¿será que en esa posibilidad constante de irse construyendo está su potencialidad política? Pues, la lucha por El común parece una lucha que no busca ser definida para no ceder a la cristalización o al molde, no es la proclamación de una identidad artificial, la creación de una personificación para conglomerar en una sola creencia una postura anticapitalista. Hay una coincidencia en las preguntas, aunque no en las respuestas.
Otro aspecto de llamar la atención de El Común es el rechazo a la propiedad privada, lo que me parece, rebasa la particularidad de ésta y adquiere una concreción especial desde la forma en que actualmente se vive el capitalismo en México. El rechazo a la propiedad privada sugiere entender la tierra como un ser vivo, como tal, la incitación de relacionarse con ella con respeto. Pues, la tierra es de todos y, al mismo tiempo, de nadie. En este sentido, rechazar la propiedad privada se convierte en una lucha por la tierra, en la exigencia de poder habitarla y permitir que otras generaciones habiten en ella. Sobre todo, cuando las relaciones de poder en la geopolítica internacional son completamente desiguales. Un ejemplo de ello está expresado incluso en la forma de organizar la basura.
Los países con mayor control en la política exterior, como Estados Unidos, Alemania, China, generan altos índices de basura plástica que exportan a países como México, bajo el argumento de que ahí pueden reciclarla. Lo que resulta falso, en tanto, la mayoría de los residuos importados a México no tienen la posibilidad de un reciclaje limpio, entonces muchos de estos terminan quemándose, generando un mayor impacto ambiental en sus regiones. Este colonialismo de plástico, así como, el impulso del gobierno mexicano a firmar tratados con empresas extranjeras para asentar mineras, termoeléctricas, trenes, monocultivos, industrias porcinas y avícolas tienen que tener un límite a su expansión. Pues, estas industrias generan más contaminación en el aire, en los ríos, provocan escasez de agua, aumentan la deforestación, cambian el uso de suelo, modificando con ello los ecosistemas, incidiendo en la pérdida de biodiversidad y en el aceleramiento del calentamiento global.
Cuando vemos estos dos movimientos a distancia, nos surge la pregunta: ¿podría existir alguna relación entre El Común y la Comuna de París, más que influencia? Quizá podríamos encontrar un vínculo referente a su rol de lucha antagónica al capital, surgida desde abajo y a la izquierda, no homogénea, como tal, en constante proceso, cuyo fin es la emancipación desde los sujetos políticos, no desde partidos ni desde el Estado moderno. Aunque, la notoria diferencia radique en su forma de lucha, en sus estrategias, en su conformación de experiencias y peticiones.
El zapatismo es una lucha de más de 30 años que constantemente se resignifica. Pero permanece combativa, siendo un proyecto desde abajo y a la izquierda, distinto a los proyectos de los partidos políticos mexicanos, que han aceptado la necesidad de seguir viviendo en y para el capitalismo. El zapatismo nos sigue desafiando, recordando que tenemos que estar teóricamente a la altura de nuestra coyuntura o, quizá de nuestra praxis, convocando a la organización y a no claudicar en la búsqueda de alternativas anticapitalistas.
En este sentido, quiero dejar de escribir estas reflexiones con una idea que fue mencionada en la primera conferencia mundial sobre el medio ambiente del 5 al 16 de junio de 1972 en Estocolmo, cuando se habló sobre desarrollo sustentable. Término que, en lo personal, no me gusta mucho porque contiene en sí mismo una contradicción que no puede ser superada: el desarrollo industrial y la conservación ambiental desde la forma capitalista. Sin embargo, me parece interesante que políticamente haya tenido la función de tratar de conciliar a dos segmentos ideológicos contrapuestos: los antropocentristas que buscaban el desarrollo económico a toda costa, sin importar las repercusiones en la naturaleza y, quienes querían la protección del medio ambiente. Pero, más aún, desde la creación de este término se han tratado de establecer políticas ambientales. Por ejemplo, en 1987 las Naciones Unidas redactaron el informe Burndtland, donde se sostiene la tesis que se deben atender a las necesidades de las actuales generaciones sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras. Esto, que no se ha llevado a la práctica, adquiere una mayor concreción cuando el capitán Marcos, ajeno a repetir imágenes distópicas o de un mundo feliz, nos invita a mirar el día después e indirectamente nos pregunta: ¿y tú qué harás para que sea posible que una niña de 7 años, de la séptima generación de Dení, pueda caminar libre y sin miedo dentro de 120 años?
¿Por qué no volver a pensar en la importancia de trazar fines que intenten frenar este desarrollo de la modernidad desde la misma inestabilidad del capitalismo, oponiéndonos a la moda del presentismo -estetizado incluso en los corridos tumbados- y hagamos realizable la exigencia de las generaciones pasadas y futuras cuya solicitud es habitar un mundo sin miedo y con autonomía?
Referencias:
Capitán, “Vigésima y Última Parte: El Común y la No Propiedad” en Comunicados zapatistas, diciembre, 2023. https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2023/12/20/vigesima-y-ultima-parte-el-comun-y-la-no-propiedad/
Contartese Daniel, Merani Alejandro (comp.), La comuna vive. Compilación de textos a 150 años de la Comuna de París, Buenos Aires, Colección Libros del Don, 2022.
Dunayevskaya Raya, “La Comuna de París ilumina y profundiza el contenido de El Capital” en Marxismo y libertad. Desde 1776 hasta nuestros días, México, pp. 137-149.
Marx/Engels/Lenin, La comuna de París, Madrid, Akal, 2010.
Romero Lankao, Patricia, “La política ambiental ante los diversos retos de la sustentabilidad” en Gestión y Política Pública, vol. VIII, núm.2, segundo semestre de 1999, pp. 301-321.

Imagen: Griss Romero 2021. TZAM – trece semillas