Luis Bardamu
Gava Şitil Mezin Dibin (“When the seedlings grow” en su versión en inglés o “Cuando crecen las plántulas”, en nuestra traducción al castellano) es una película de origen kurdo estrenada en 2022. La película fue producida por la Comuna de Cine de Rojava (Komîna Film a Rojava) y es el primer largometraje dirigido por Rêger Azad Kaya, joven director originario de la ciudad de Ağrı, en el Kurdistán septentrional, nacido en 1992.
La película, realizada con estrictas restricciones presupuestarias, en colaboración con cineastas de Rojava en el norte de Siria, cuenta la historia de los sucesos de un día en la vida de un vendedor de yogures artesanales y su hija pequeña Zelal, desde su partida hacia la ciudad de Kobane, cercana a la aldea en la que viven, hasta el regreso nocturno a su hogar. En el trayecto del largo día, el padre y su hija, a quienes pronto se suma Hemûd -un niño que al parecer está extraviado en las calles de la ciudad- recorren en moto los barrios de Kobane tratando de vender el yogur antes de que se ponga agrio y se eche a perder.
Reseñada de este modo, la historia parece sencilla y de estética rigurosamente neorrealista. Sin embargo ese relato es apenas el fundamento elemental para la exploración profunda de la existencia en la ciudad de Kobane, de las vicisitudes y los anhelos de sus habitantes, de sus tensiones y contradicciones en la vida cotidiana, de la complejidad reinante en medio de una región atravesada por años de guerra, destrucción, reconstrucción y el despliegue de un modo de convivencia cooperativo y comunal. Es una película que nos hace conocer la realidad socioeconómica y vital de la Rojava contemporánea y sus habitantes.
El recorrido de los personajes principales por la carretera que une su casa con Kobane, por los senderos de tierra que llevan a una aldea a la que transportan a un anciano que encuentran en el camino, y luego por las avenidas, pero sobre todo por las calles de los suburbios de la ciudad, recuerda, por un lado, la atmósfera de las películas del director iraní Abbas Kiarostami y, por otro lado, el ambiente urbano de algunos documentales de exploración donde los cineastas utilizan la cámara para capturar la arquitectura, las personas, sus voces, y las situaciones de la vida diaria que definen el ambiente citadino.
A lo largo de sus ochenta y tres minutos la narración se abre a múltiples crónicas y relatos que entran y salen de la historia principal a medida que el vendedor y los dos niños llaman a las puertas de las casas para ofrecer sus cuencos metálicos con yogur. La Comuna de Cine de Rojava lo describe como la captura de “una instantánea de la vida revolucionaria, que refleja el cambio social en el crecimiento orgánico de un árbol, anclado en la resiliencia de sus pioneros más jóvenes”.
Pero ese cambio está lleno de tensiones y oposiciones, que en la película quedan bien expresados no sólo por la narración, sino también por la naturalidad interpretativa de los miembros del reparto, todos sin experiencia previa en la actuación. Está Yusuf, un hombre mayor que ha participado de la resistencia contra el Estados Islámico (ISIS) y la liberación de Kobane en 2015. A la figura de Yusuf se contrapone la de su hijo, un veinteañero sin expectativas, que pasa sus días con un grupo de lúmpenes ociosos cuya actividad más destacada es hacer “willys” (wheelies) levantando la rueda delantera de sus motos por el centro de las avenidas. El yogur que reparten el padre y su hija es elaborado en casa, por su esposa y él mismo, de manera artesanal, con la leche de unas ovejas que le prestan los vecinos, pero cuando hacen una parada para descansar y tomar un refresco en un puesto callejero de Kobane, ellos beben Pepsi-Cola. En uno de los pasajes, una mujer está atendiendo a las tareas de su casa, lavando y colgando la ropa de su familia y mientras compra el yogur es convocada para cumplir con su guardia de milicia: se coloca una chaqueta, toma con total naturalidad un fusil ametrallador que está detrás del recipiente con agua donde lava y se apresta a su tarea comunitaria. Y, al mismo tiempo, también están los policías profesionales que cuidan el tránsito y mantienen el orden callejero, como en cualquier otra ciudad del mundo. Hay jóvenes que convocan a asambleas comunales para discutir y tomar decisiones sobre la utilización de los mejores recursos energéticos del barrio y otros jóvenes que pasean en automóviles costosos bebiendo y escuchando música comercial a todo volumen. Se nos muestran túneles que se construyen por debajo de las avenidas sin que se nos explique para qué pueden ser utilizados y a poco de pensar deducimos que Kobane, una ciudad siempre bajo amenaza de guerra (por el ejército Sirio, por el estado turco, por el fundamentalismo islámico) es una población colmada de túneles que sirven no sólo para refugio y traslado para las milicias populares, sino también que pueden ser utilizados para la realización de asambleas y otras actividades fuera del alcance de los drones y amenazas del enemigo. Se muestran las nuevas construcciones edilicias, como en toda ciudad pujante, y de repente el recorrido entra en el “Museo de la guerra”, un lugar donde los edificios destruidos, los autos abandonados, la desolación y la ruina conservan el recuerdo de los acontecimientos sucedidos poco más de una década atrás.
Sin embargo, la película (y las plántulas del título que aparecen en ella bien lo simbolizan) mantiene la esperanza de un futuro de paz.
Desde que declaró su autonomía, Rojava (la región kurda autónoma en el noreste de Siria) ha trabajado por construir una sociedad democrática en medio del conflicto. “A pesar de los desafíos del régimen sirio, la persistencia del ISIS y la agresión turca, Rojava ha impulsado su movimiento revolucionario a través de la política, la gobernanza local, la comunicación y el arte, con el objetivo de establecer un modelo social exitoso”, expresa la portada de la página de Komîna Film a Rojava.
Escribo esta crónica el 10 de febrero de 2026. Apenas he terminado de ver la película, que está disponible sin restricciones en internet. En todo momento que estuve frente a la pantalla, al mismo tiempo que como cinéfilo me he dejado llevar por el desarrollo de la película y que, por hábito crítico, he tratado de valorar sus virtudes y comprender sus (pocas) deficiencias, no dejé de pensar en la atroz actualidad de Kobane. La ciudad que vi en la pantalla, poco tendrá que ver con la que perciben hoy sus habitantes. Han pasado cuatro años del estreno de Gava Şitil Mezin Dibin y Kobane, la ciudad que es el protagonista principal de la película lleva veintidós días de asedio criminal por parte del gobierno de transición de Siria, respaldado, entre otros, por Estados Unidos, Turquía, Qatar e Israel. El asedio ha deteriorado las condiciones humanitarias y de vida dentro de Kobane, donde los residentes sufren una escasez casi total de medicamentos y una grave falta de alimentos, combustibles y necesidades básicas. Los ataques a instalaciones y plantas de suministro eléctrico dejaron la ciudad a oscuras y sin internet, aunque el Cuerpo de Electricidad de Kobane logró reparar los cables dañados permitiendo la restauración parcial de la energía. Hay más de doscientas mil personas desplazadas de las zonas aledañas a Kobane que se han refugiado en la ciudad y que están distribuidas en unos setenta centros de acogida.
Como ha expresado Azize Aslan, “el peligro es extremo, el pueblo kurdo, las mujeres y las minorías -yezidíes, cristianos, asirios y armenios- que construyeron juntos la autonomía democrática de Rojava enfrentan un genocidio inminente. Por eso, informarse e informar sobre la situación de los kurdos en Siria no es un acto pasivo: es parte de la autodefensa de Rojava, es defender la vida misma. Hace once años las YPG (Unidades de Autodefensa del Pueblo) y las YPJ (Unidades de Autodefensa de las Mujeres) declararon la liberación de Kobane tras 136 días de resistencia heroica, proclamando: Kobane ya no es un lugar de duelo. La convirtieron en faro de libertad para el mundo.”
Esa es la Kobane que apreciamos a lo largo de la película. Con sus idas y venidas. Con el despliegue de lo nuevo, su autonomía y sus esperanzas, con la rebeldía de sus mujeres, también a veces con sus retrocesos y sus contradicciones. Esa es la Kobane que permite a las personas decidir por sí mismas, en el autogobierno democrático, y desarrollar sus sueños y sus voluntades.
Mirar una película y escribir sobre ella no es un gran aporte frente a la magnitud del asedio y el ataque que sufre el pueblo kurdo de Rojava. Pero el silencio siempre será lo más insoportable.
