Aline Zárate Santiago

A modo de introducción

“La historia del capital tiene un signo milenarista; en tanto capital en abstracto y sus expresiones espaciales materializadas poseen un carácter históricamente triunfalista” (Gómez Carpinteiro, 2016, p. 101). Esta narrativa histórica se desvanece con varios ejemplos de rebeliones y revueltas sociales en la geografía global, como la de 2006 en Oaxaca, y en la histórica lucha por la defensa de la tierra-territorio que ha aglutinado a sectores sociales diversos como el campesinado, el magisterio, el sector estudiantil y los pueblos originarios. En estas luchas es convergente un memorial de agravios de pendientes de una historia de injusticias acumuladas. La esperanza colectiva producida a través de las alianzas populares del 2006 oaxaqueño fue nombrada por algunos pensadores (Löwy, 2016) como la Comuna de Oaxaca.
La conformación de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) se remonta a las fuerzas disidentes encabezadas por el magisterio de la Sección XXII del Sindicato Nacional de trabajadores de la Educación (SNTE), con demandas de mejoramiento de sus condiciones de trabajo, así como otras de beneficio para los estudiantes y sus familias: desayunos escolares, becas, dotación de uniformes y útiles escolares entre otras (Garza, 2016, p- 49). Con la comuna de Oaxaca se prefigura un acontecimiento del que se despliegan relaciones asamblearias entretejidas rizomáticamente en territorios diversos de la entidad. La asamblea simboliza lenguajes colectivos en rechazo de las representaciones y figuras caudillistas inscritas en el vanguardismo del sujeto revolucionario. Entonces, con la experiencia de la APPO se develan expresiones de reconocimiento mutuo, implícitas en las tradiciones recreadas entre los pueblos originarios en un sentido del hacer guelaguetza y guendaliza ´a[1]. Esta connotación de responsabilidad y reconocimiento mutuo en torno a la APPO se describe en el hecho en el que “nadie va a decirle al otro lo que todos deben saber” (Gómez Carpinteiro, 2016, p.114). Con el reconocimiento mutuo de la asamblea se expandieron posibilidades de experiencia como participación colectiva resignificando la esperanza como deseo de cambio del estado de cosas.
En este sentido, en otras regiones del estado, como el Istmo de Tehuantepec, localizada al oriente de la entidad, es destacable también la profunda historia de levantamientos populares por la defensa de la tierra-territorio y de los bienes comunes, cuya experiencia organizativa se aborda en el presente artículo, de donde se enfatiza la trascendencia de la asamblea y, conceptualmente se reflexiona más allá de representaciones liberales dicotómicas sobre las relaciones de triunfo vs derrota, asociada a identidades consumadas entre vencidos y vencedores.
En el siguiente artículo se pone en reflexión el despliegue de la asamblea como un movimiento popular oaxaqueño entretejido rizomáticamente por un memorial de agravios colectivos que interpela a la estructura política liberal gobernante. La asamblea apertura miradas anti ortodoxas en una dialéctica identitaria y anti identitaria en el caudal de lucha; en ella, es subyacente la participación y la organización cultural de tradiciones de los pueblos originarios de Oaxaca, enarbolando relaciones colectivas que ponen en cuestión una identidad cultural que está subsumida en la estructura de la economía política. La asamblea expone un camino a contrapelo del concepto liberal de lucha y revolución en el que representaciones historicistas: vencidos y vencedores someten el concepto de lucha a una retórica inherente al capitalismo.

Ni vencidos, ni vencedores

La conceptualización liberal en torno a la idea de revolución y de la lucha social trasciende narrativas sobre el triunfo y la derrota, así como la de vencidos y vencedores cuya senda política tiene significados de anulación del pasado y de la memoria de la lucha en un acto de despolitización de las relaciones del pasado-presente, idea que enarbola la figura vanguardista del sujeto revolucionario.
Es implícito el olvido que supone la distinción semántica entre vencidos y vencedores. Desde la lectura historicista de la historia, los primeros son asociados al fracaso y a lo que no derivó en buen término. Esto significa que su participación en la historia es marginal y, por consiguiente, está anulada de la línea del progreso, prefigurando en un plano secundario y ausente de reconocimiento en la política liberal son llevados a los márgenes del territorio, excluyendo sus formas de participación política y económica de megaproyectos de gobiernos progresistas.
Desde la noción histórica de los vencidos y los vencedores, el olvido se describe como una política de Estado referida a un hecho remoto narrado por una historia de lucha cancelada; la conclusión de un ciclo de luchas se asume desde los gobiernos progresistas iniciados en México desde el año 2018, planteando un nuevo marco político de acción definido por la abolición democrática del histórico disenso colectivo y de la trayectoria organizativa de los movimientos sociales en el país, sobre todo de los que conforman el Congreso Nacional Indígena (CNI), así como del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).  
El actual gobierno progresista encabezado por el partido: Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), asumido de izquierda, cuyos miembros fundadores estuvieron adheridos al Partido de la Revolución Democrática (PRD), considerado de izquierda, así como al Partido Revolucionario Institucional (PRI) de centro, el cual gobernó el país por más de setenta años. Desde la lectura liberal de la historia, la participación política del PRD, respecto al PRI, por décadas resultó definirse por una relación de ganadores y perdedores caracterizada por la pertenencia de ser los vencidos y vencedores de la historia. Con el triunfo de MORENA en 2018 esta definición identitaria de la historia adquirió una nueva connotación que los puso del lado de los vencedores.
Aquella connotación entre vencidos y vencedores despliega un discurso unificador de la lucha sellando las posibilidades de disenso social, a través de la ratificación política que asume el partido en el poder de Estado. El candado que el gobierno progresista interpone a las disidencias no adyacentes a la estructura del partido y el Estado se suma al memorial de agravios que los pueblos han demandado históricamente. Tal delimitación política progresista define un marco de acción interpuesto en la forma de la participación social y colectiva constreñida a una estructura de gestión y gobernanza fundada bajo relaciones clientelares y paternalistas.
La idea progresista contenida en esta relación dicotómica: vencidos y vencedores forja representaciones cosificadas por la forma valor, soslayando la memoria histórica como experiencias de organización y de lucha por la tierra-territorio. Los vencidos son la resistencia conformada en asamblea en un movimiento dialéctico entre el ser y el hacer (Holloway, 2013), identidades y anti identidades culturales y campesinas que están en defensa de la tierra-territorio. Su participación política asamblearia frente al progresismo gubernamental se posiciona desde el rechazo colectivo emanado del ¡NO! al progreso liberal porque desde su perspectiva es algo que los resigna al olvido y a la objetivación de la mercancía de la tierra-territorio. Por tanto, la organización en asamblea es la prefiguración del freno de emergencia desarrollado por Walter Benjamin en Las Tesis de la Historia en una interpelación al liberalismo económico y político.

Memoria asamblearia en la Oaxaca del Istmo

En la Oaxaca del Istmo, la asamblea es constitutiva de la redención del olvido liberal impuesto por un historicismo nostálgico a través de la idea en torno al sujeto de la revolución; esto se materializa en un reconocimiento de lo que ha sido negado, es decir pone a la luz una historia de sufrimiento colectivo que se ha organizado en una lucha. La vuelta al pasado de sufrimiento emerge de una interpelación efectiva desde el presente que lo desestabiliza (Mate, 2021 p.102-103).
La memoria se constituye tribunal de la historia porque pone en evidencia su indiferencia respecto al coste humano y social de su construcción (Mate, 2021 p.102-103). La memoria como tribunal de la historia reivindica el lugar de los vencidos honrando significaciones que posibilitan cambiar el curso de la historia, desmitificando ideas que nutren la idea de los vencidos como el precio del progreso. La memoria asamblearia enarbola una resistencia respecto al progreso impuesto por los vencidos de la historia.
A la luz de este análisis teórico conceptual, se expone el caso oaxaqueño sobre la conformación de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) en 2006 que derivó en la expansión territorial de dicha forma de organización en otras regiones de la entidad.
La experiencia asamblearia en la Oaxaca del Istmo de Tehuantepec manifiesta un deslinde como desborde de la política policial para reproducir una organización fuera del vanguardismo y de la idea identitaria del ser revolucionario. Este hecho se materializó en la región a través de la defensa territorial del año 2012 en la que participaron distintas asambleas en respaldo a la lucha por la defensa de la Barra Santa Teresa, respecto a la imposición de un megaproyecto eólico en las inmediaciones del mar. Bajo esta misma organización, en el año 2021 la asamblea de Puente Madera fue respaldada por aquellas asambleas y organizaciones que defendieron el territorio en 2012, como la Unión de Comunidades de la Zona Norte del Istmo (UCIZONI) y la Asamblea de Pueblos Indígenas del Istmo en Defensa de la Tierra y el Territorio (APIIDTT).
La memoria colectiva concierta una vía emancipatoria en la defensa territorial organizada asambleariamente, enunciando significados de un sujeto colectivo fijado al margen del sujeto revolucionario más ortodoxo. La trayectoria de la asamblea como una organización sin representaciones vinculadas al caudillo vanguardista no enarbola elementos de triunfo vs derrota, atribuibles a una identidad revolucionaria subsumida en la idea del proletariado; dada esta identidad liberal adyacente, su emergencia colectiva deriva de aquel lugar marginal de no reconocimiento como sujeto político de la historia. La falta de reconocimiento en los espacios del Estado y del partido materializó el reconocimiento mutuo inherente a la asamblea que además es una práctica intrínseca a las relaciones configuradas en el don del guendaliza ´a y la guelaguetza.
Las asambleas de los pueblos enunciados en resistencia es una proyección de identidades culturales biniza e ikots, identidades campesinas y pesqueras impulsadas por formas productivas del trabajo concreto en torno a la posesión colectiva de la tierra. En este sentido, la siembra y cosecha de maíz es un acto de lucha y resistencia que sostiene la economía familiar y es un eje rector de la producción económica y de la tradición regional, su preservación colectiva define la permanencia de la vida reconocida en la memoria.


[1] La palabra guendaliza´a proviene del zapoteco: Guenda: ser, estar o haber; y liza´a, relación de afinidad o parentesco, ser parientes, y por extensión guendaliza´a significa hermandad.

Referencias
Garza Zepeda, M. (2016). “¿Cómo pensar las consecuencias de las luchas sociales? Para una crítica de la categoría movimientos sociales, una década después de la insurrección oaxaqueña”. Oaxaca. 20006-2016. Antagonismo, subjetividades y esperanza. Eduardo Bautista, Manuel Garza, Fernando Matamoros, et all (coordinadores). Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca/Porrúa.
Gómez Carpinteiro. F. (2016). “A propósito de la APPO: narrativas y sujetos. La revolución en el capitalismo “triunfante””. Oaxaca. 20006-2016. Antagonismo, subjetividades y esperanza. Eduardo Bautista, Manuel Garza, Fernando Matamoros, et all (coordinadores). Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca/Porrúa.
Holloway, J. (2013) Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo. Primera edición peruana.
Mate, Reyes (2021). Pensar en español. CSIC/Catarata.


Imagen: Comuna de Oaxaca