Néstor López
En una de las clases pasadas del seminario “La Comuna contra el Estado”, que se está llevando a cabo en la Universidad de Puebla, escuché a John decir que yo le conté la siguiente anécdota, ocurrida en tiempos de las asambleas ciudadanas en Buenos Aires, entre 2001 y 2003. Se había perdido una perrita; su dueña era una viejita que vivía sola en un departamento del barrio Palermo, donde se realizaba una de las asambleas populares más importantes. La viejita recurrió a la asamblea para preguntar si alguien había visto a su mascota. Dio detalles sobre ella: señaló que tenía un collar rojo y pidió ayuda para encontrarla. Entonces, alguien propuso formar una comisión y salir a buscarla. Mi amigo, quien me contó esto, era uno de los dirigentes de esa asamblea. Un viejo trotskista, como yo, que había estado exiliado en París y, siendo judío, había viajado a Israel con la misión de captar gente para el trotskismo internacional. Además, era profesor universitario, periodista y máximo responsable de la Asamblea Popular de Palermo. Como tal, pensó en cómo deshacerse del problema y a la vez conformar a la viejita.
Sin embargo, se dio cuenta de que no había ambiente para decir “no hacemos estupideces”, que estaban para cosas importantes y que, si se perdió la perrita, debía buscarla en alguna veterinaria o en la policía. Pero, se percató de que “la gente común” quería ayudarla, que intervenía con ideas, y así terminó formándose una comisión para buscar a la perrita. Los voluntarios estaban contentos de participar y él sintió que todos lo miraban, esperando su aprobación. Como dirigente, estaba obligado a ponerse al frente. Así, sin darse cuenta, se encontró caminando por las calles de Palermo, deteniendo a los vecinos y preguntándoles: “Señor, señora, se perdió la perrita de la Señorita Juanita, ¿no la vieron?”. Así, una y otra vez. Mi amigo pensaba: “¡Si me vieran los de la IV Internacional!”, pero no estaban ahí, así que, moralmente obligado, siguió adelante.
Al final, la perrita apareció. La viejita lloraba de alegría y los invitó a todos a tomar un té en su departamento. No cabían todos en el comedor, pero la alegría era contagiosa. “Me encontré sentado en medio de un festejo hermoso”, dijo mi amigo, que se olvidó de la IV Internacional. Rodeado de vecinos, de gente común que venía de hacer un pequeño destello de rebeldía, de otra dimensión social, de otra relación social, de autodeterminación, de respeto al otro. Un destello de dignidad y de alegría.
Esta gente común era la misma que todos los viernes marchaba gritando “Que se vayan todos” y que, pese a los lamentos de los estatistas, no querían tomar el poder. Pero… aun sin saberlo ¿no lo estaban disolviendo?
