Sergio Tischler
Libro muy importante, que coloca la forma-comuna en el centro del debate sobre la transformación del mundo.
Kristin Ross nos sorprendió años atrás con Lujo Comunal. El imaginario político de la Comuna de París; un libro, relativamente pequeño en extensión, pero con una carga explosiva capaz de hacer estallar los marcos convencionales historiográficos y los códigos ideológicos en que el acontecimiento histórico de la Comuna de París había sido capturado: la historia oficial del comunismo estatal y la historia republicana de la nación francesa, como ella misma nos dice.
Ahora nos sorprende nuevamente con La Forma-Comuna. La lucha como manera de habitar, otro libro relativamente pequeño, donde proyecta, en el plano de lo contemporáneo, la imagen de una transformación revolucionaria como proceso comunizante, a contrapelo de la idea estado-céntrica que dominó el imaginario revolucionario.
Una parte del libro se propone actualizar las reflexiones de Marx y Kropotkin sobre la Comuna de París y la idea (más general) de revolución, proponiendo un campo analítico donde la autora incorpora múltiples y destacadas voces críticas; entre ellas, las de Henry Lefebvre, Raymond Williams, Gilles Deleuze, entre otros.
Al lograr establecer conexiones propias de una constelación conceptual, la idea de lo contemporáneo del tema Comuna y Revolución se ve proyectada en el libro con una luz muy potente. Sin embargo, la actualización que propone Ross no es de carácter abstracto. Tiene por cuerpo la experiencia. Así como el análisis de Marx de la Comuna de París no se puede separar del acontecimiento Comuna, de su existencia práctica, la lectura de Ross de la Comuna como Forma –idea tomada de Marx– se hace desde la experiencia de luchas concretas, que tienen por rasgo el que lo común, como praxis política desde abajo, se despliega como un proceso de desafío-y-negación del Estado como forma política de las relaciones sociales. De esta manera, queda claro que la Comuna no es un concepto sino una forma, cuya existencia la autora rastrea desde la Revolución Francesa, teniendo por referente el libro de Kropotkin La gran Revolución francesa 1789-1793.
Las partes más abundantes del libro están dedicadas al análisis de casos concretos; experiencias de lucha, surgidas del antagonismo social, donde la reflexión sobre la práctica permite ir más allá de la inmediatez e iluminar procesos y formas emergentes de vida social. Sobresalen las luchas campesinas contra la expropiación de tierras, asociada a los proyectos de construcción de grandes aeropuertos en las décadas de los sesentas y setentas en geografías tan distantes como Francia, Japón y Canadá. Dentro de éstas, el análisis de la Comuna de Nantes en 1968 ocupa un lugar central. Al respecto, la autora plantea:
A finales de la década de 1960, durante una huelga general en Francia que se extendió por toda la nación y que en sí misma formaba parte de una tormenta social que azotó el globo, el giro específico —de hecho, único—de los acontecimientos en mayo-junio de 1968 en Nantes merece un examen más detallado. Porque Nantes fue la única ciudad de Francia que respondió al colapso generalizado de los servicios públicos durante la huelga general organizando una especie de administración paralela con el objetivo de satisfacer las necesidades básicas de maneras alternativas y profundamente prácticas. Por ello, a la ciudad autogestionada del Nantes de 1968 se la conoce popularmente como «la Comuna de Nantes».
El núcleo político de la Comuna de Nantes fue la lucha solidaria entre campesinos, obreros y estudiantes; cada uno venía de luchas particulares, sin embargo, en la gestión de las necesidades diarias de la vida cotidiana lograron una forma política común que, en los hechos, suplantó al Estado y constituyó una suerte de economía paralela a la capitalista, basada en el intercambio solidario. “Las personas activas en las tareas diarias de las comunas –escribe Ross– sabían que, al operar en el plano de lo cotidiano y no en el de la ideología, es decir, transformando de manera sustancial la vida diaria en una cuestión colectiva, reapropiándose efectivamente de ella mediante la lucha política, estaban haciendo la revolución a una escala que la gente podría identificar y sentir.”
A pesar de lo efímero de su duración, la Comuna de Nantes se convirtió en un referente histórico y simbólico que llega hasta la actualidad, asegura Ross.
Uno de los aspectos más interesantes del análisis de Ross de la lucha social en clave de la forma-comuna es lo que la autora nombra lujo comunal. El tema es trabajado con especial cuidado en el libro que citamos al inicio sobre la Comuna de París, y tiene por núcleo una praxis transformadora de la vida cotidiana, que implica un proceso de negación de las relaciones sociales de dominación que se reproducen en las formas del capital –entre éstas las culturales–, ligadas al dominio del trabajo1 y del Estado. Al respecto, Ross plantea:
La poesía no ilustra ni la miseria de las condiciones de los trabajadores ni el heroísmo de su lucha; lo que expresa es su capacidad estética, la transgresión de la división que asigna a unos el trabajo manual y a otros la actividad del pensamiento. Es la prueba de que uno participa en otra vida. Cuando Marx dice que el mayor logro de la Comuna de París era “su propia existencia fáctica”, está diciendo lo mismo. Más importante que cualquier ley que los comuneros promulgaran era simplemente la forma en que sus labores cotidianas invertían jerarquías y divisiones arraigadas; la primera y principal, la división entre trabajo manual y el artístico o intelectual. El mundo se divide entre los que pueden y los que no pueden permitirse el lujo de jugar con las palabras o las imágenes. Cuando se supera esa división, como sucedió durante la Comuna o como recogía la expresión “lujo comunal”, lo que importa más que las imágenes transmitidas, leyes aprobadas o instituciones fundadas, son las capacidades puestas en marcha.
Entre las características de la forma-comuna, Ross destaca la defensa, la apropiación, la composición y la restitución. En su conjunto, constituyen rasgos de las experiencias estudiadas, y cuyo eje espacial tiene por centro el territorio. Son rasgos entrelazados de una praxis que transforma el modo de existencia de la vida cotidiana, la manera de habitar el espacio y de vivir el tiempo; todo lo cual, la autora ha querido plasmar en la idea de la comuna a partir de la centralidad del lujo comunal. Cuando habla de composición, plantea que en la forma-comuna se desarrolla una subjetividad que va más allá de las identidades cerradas, y se crea un espacio comunicativo comunitario a contrapelo de modo vanguardista que tiende a la homogeneidad.
Por la importancia del tema, no podemos dejar de señalar la ausencia en el libro de las experiencias zapatista y kurda; experiencias que, desde nuestro punto de vista, constituyen los procesos anticapitalistas y antiestatales de carácter comunizante más notables en la actualidad. Cabe señalar, que las prácticas inscritas en el código destotalizante de el común zapatista, como las del Confederalismo Democrático de los kurdos, son fundamentales en el tratamiento de un tema como el que nos ocupa. Pero esto no es una crítica. Ross trabaja con materiales, archivos y experiencias por ella conocidos, y muy probablemente las experiencias zapatista y kurda le resultaran, si no lejanas, de difícil acceso para una análisis riguroso y honesto.
Como se ha destacado, el texto de Ross no se limita al análisis de casos particulares; es una apuesta por sistematizar aspectos de esas luchas en una idea general –la forma-comuna–, en la que resuena la experiencia de la Comuna de París, particularmente las reflexiones de Marx, a quien se debe la idea de que aquel acontecimiento implicó la creación de forma política de emancipación del proletariado.
Su libro es una valiosa contribución a la reflexión crítica sobre la transformación anticapitalista en una contemporaneidad marcada por el derrumbe del socialismo real y de la idea estadocéntrica de revolución. Más que dar respuestas acabadas, nos interpela; y, en ese sentido, abre preguntas. La cuestión de las luchas en el espacio urbano es una de ellas. El de la lucha de clases y del proletariado es otro tema que requiere de una reflexión más sistemática. En esta reseña no podemos más que avanzar una reflexión muy general de la relación entre comuna y proletariado que surgió de mi lectura del texto: no se trata de reemplazar el concepto de clase y de lucha de clases por el de comuna, sino de cómo la comuna surge de un proceso destotalizante de la lucha de clases.
La forma-comuna a la que se refiere Ross, no presupone una nueva totalidad, sino un proceso comunizante, es decir, destotalizante de la vida social y política. Ese es el horizonte que encontramos en el análisis de la Comuna que hace Marx, a diferencia del de Lenin en El Estado y la Revolución, donde ya se advierte un concepto vanguardista de revolución, identificado con la producción de una nueva totalidad, la centralidad del Estado, el trabajo abstracto y la razón instrumental.
- La Forma-Comuna. La lucha como manera de habitar, Kristin Ross, Virus editorial, 2024
1 Nos referimos al trabajo asalariado, es decir, al dominio del trabajo abstracto.
