Alejandro Olmo

¿Por qué Comuna y porqué contra y más allá del Estado?
Si pensamos que el Estado no es un medio para abolir el capitalismo sino que por el contrario, es el Estado el que controla y ayuda a reproducir la relación social del capital, entonces queda claro que cualquier intento de abolir el capitalismo implica una lucha contra el Estado.
Inmediatamente la pregunta que nos surge es: ¿desde donde partimos?, ¿cuál sería nuestro punto de apoyo para ir en-contra-y-más-allá del Estado y del capital?
Este número de Crítica Anticapitalista lleva el título “Comuna contra y más allá del Estado” haciéndose eco del debate de “Comuna contra el Estado” que Abdullah Öcalan y el movimiento kurdo han planteado. Nuestro título está sugiriendo que “la comuna” es ese punto de apoyo, por lo tanto, a partir de lo que plantea el título, me parece fundamental debatir acerca de qué es o a qué nos referimos cuando hablamos de comuna.

Lo primero que pienso es que comuna no es una forma que ya exista positivamente, no es un sistema que coexiste con el capitalismo y que está fuera del alcance de la lógica del capital. En ese sentido, tampoco existen lugares o territorios donde dicha lógica no esté presente, por eso no estoy de acuerdo con quienes plantean que hay que ir a zonas rurales, lejos de las ciudades, para poder establecer un relacionamiento social “no-capitalista”. Es cierto que en las ciudades el trabajo asalariado puede ser una atadura más fuerte que en algunas zonas rurales, pero eso no quiere decir que las relaciones sociales capitalistas estén ausentes en estos últimos territorios.
Una de las preguntas que nos hacemos para este número de la revista, es si la idea de comuna se tiene que pensar en términos territoriales o en términos de actividad: Sobre esa cuestión entiendo que se puede pensar en ambos sentidos, ya que no son excluyentes. Es decir que la comuna no debe ser pensada únicamente como una organización sobre un territorio (entendiendo territorio como el lugar físico donde se viva) sino que sobre todo, debe ser pensada en términos de relacionamiento social. Sería este un nuevo tipo de relacionamiento, un movimiento que se va creando y recreando en antagonismo contra el Estado capitalista.

Por otra parte, cuando pensamos en comuna tampoco lo hacemos en forma abstracta, en el vacío, sino que comuna se puede entender a partir del antagonismo que las relaciones sociales capitalistas provocan: La relación social del capital es un proceso que por una parte implica la contención/coerción de nuestra actividad vital, canalizando y enajenando la misma en el trabajo abstracto. Pero este proceso, es un proceso antagónico, existe un antagonismo permanente entre la coerción de nuestra actividad y la lucha que, como resistencia, manifestamos contra esa coerción de diferentes maneras.
Se puede decir entonces que este antagonismo implica que la actividad vital está negada, invisibilizada a partir de la naturalización de su enajenación, y por lo tanto existe solo en su negación. Pero por otra parte la actividad vital no solo existe negada, sino en-contra-y más-allá de su negación (tomando la frase de John Holloway) y por lo tanto tiene la potencialidad de desbordar su contención.
Ese desborde es el punto de partida de la comuna y es, para mí, una clave a tener en cuenta si queremos encontrar un punto de partida para una práctica política revolucionaria, anticapitalista: La comuna existe en-contra-y más allá del Estado, del trabajo abstracto y del capital, existe en el reverso de la relación antagónica capitalista. En contra y más allá no solo significa que se revela contra el Estado, sino que intenta desbordarlo y liberar las capacidades creativas del ser humano. Ese desbordamiento es un comunizar, un movimiento que intenta crear un nuevo relacionamiento social.
La comuna sería entonces un comunizar, un movimiento comunizante que desborda las relaciones sociales identitarias del capitalismo, un movimiento que crea comuna.

Chiapas, Rojava y más
El zapatismo y el movimiento kurdo son una parte muy importante de los procesos rebeldes actuales demostrando que es posible comenzar a liberar las capacidades de creación y autoorganización “desde abajo y a la izquierda” como los mismos zapatistas dicen. No solo es una rebelión contra la coerción y la agresión capitalista, también es un intento de crear otro relacionamiento social. Si bien una diferencia importante entre estos dos movimientos consiste en que el zapatismo está establecido en zonas rurales y en cambio el Confederalismo democrático de Rojava se despliega en zonas más urbanas, me parece interesante destacar dos aspectos similares entre ambos: Por una parte la autoorganización desde células comunales locales, alrededor y desde las cuales se toman decisiones en asambleas colectivas, no jerárquicas y donde el flujo de esas decisiones va desde el ámbito más local a esferas de organización más grandes. Como por ejemplo los actuales gobiernos autónomos locales (GAL) en el caso de los zapatistas y los cantones del Confederalismo Democrático en Rojava autoorganizados desde los “Komin” (mínima unidad organizativa donde se toman las principales decisiones).  
Esta construcción de otra forma de asociación entre las personas es un intento de generar otra forma de vivir al mismo tiempo que se rechaza la forma que impone el capital a través del Estado. Es un planteo claramente opuesto al de la toma del poder que ya conocemos de la izquierda estatalista, y constituye un desbordamiento a la misma forma estado-céntrica de lucha, generando una ruptura con la lucha de clases identitaria de dicha izquierda.
Otro aspecto que me parece fundamental en ambos procesos es la prefiguración de una idea universal de la sociedad que se está intentando construir. Dicha prefiguración no implica la existencia de un modelo de sociedad ya definido, pero podemos decir que en el nuevo tipo de relacionamiento que se ensaya desde ahora en las asambleas o comunas, ya aparecen embriones tentativos de otra forma de organización entre las personas. Es ese nuevo tipo de relacionamiento y organización social basado en una asociación libre y autodeterminada, el que está prefigurando al menos trazos de una sociedad diferente.

Aunque probablemente sea en los movimientos zapatista y kurdo donde podemos ver más claramente estas nuevas formas de relacionamiento, en las últimas dos décadas hubo y hay muchos movimientos o grupos con experiencias de lucha donde se crean espacios autoorganizados en los que los que las decisiones concernientes a la propia práctica política se toman desde algún tipo de forma asamblearia. Podemos mencionar algunos ejemplos como las revueltas en Argentina 2001/2002, Oaxaca 2006, Grecia 2008, Chile 2019, y muchos otros.
A mi entender, estas experiencias que han tenido distintos grados de desarrollo y que inclusive se han truncado en muchos casos, fueron/son experiencias de comunización en el sentido que le damos al término en este escrito. Los ensayos de otras formas de relacionarse generan espacios-tiempo de organización colectiva en el transcurso de las luchas. Espacios que son característicos de este tipo de experiencias y que abren posibilidades de trascender los problemas puntuales que les dieron origen.
Sin embargo me parece importante decir también que lo que no aparece claramente en estas experiencias rebeldes, es esa prefiguración de una idea universal de otra sociedad que mencionaba anteriormente (al menos en el caso de la revuelta de Argentina 2001 que es la experiencia en la que participé directamente). Probablemente esa sea por lo menos una de las causas por las cuales estas rebeldías no hayan podido profundizarse.

Como se menciona en la convocatoria para este número de Crítica Anticapitalista, la idea de la Comuna contra y más allá del Estado, históricamente ya estaba presente en la tradición anticapitalista desde la Comuna de Paris y en la experiencia de las comunas de los anarquistas españoles de los años treinta. Pienso, inclusive, que el proceso inicial de los Soviets de la revolución rusa, tenía que ver con una forma de comuna hasta que fueron disueltos.

El legado de la Comuna de París
La Comuna de París de 1871 tal vez haya sido la primera experiencia colectiva a partir de la cual se desarrolló conscientemente el imaginario político de una sociedad en-contra-y más allá de la forma Estado. Las teorías revolucionarias de la época fueron puestas en juego por la Comuna, posibilitando repensarlas a la luz de su construcción. Los hacedores de la Comuna plantaron las semillas en los hechos y desde su pensamiento político, de lo que podría ser una organización comunal. En los años siguientes, la influencia de las ideas de la Comuna se extendió en debates por parte de sus contemporáneos, sobre cómo podría ser una sociedad basada en comunas. Tanto comunistas como comunistas libertarios coincidieron en varios puntos relacionados a cómo organizarse y asociarse colectivamente para luchar contra el capitalismo y crear otra sociedad: Resumidamente podría decirse que las ideas que circulaban en los debates giraban en torno a la creación de una federación en red de pequeñas comunas descentralizadas, y autosuficientes a través de una asociación libre en todos los aspectos de la vida. Pero la idea de comuna iba más allá de la forma de organización. Esencialmente implicaba un nuevo relacionamiento entre las personas, y no solo rechazaba al Estado sino también al trabajo asalariado y al valor, es decir que la idea de comuna rechazaba la misma relación social del capital.
Élisée Reclus, escribió: “la Comuna […] preparó para el futuro, no mediante sus gobernantes sino mediante sus defensores, un ideal superior al de todas las revoluciones que la precedieron […], una nueva sociedad en la que no hay maestros por nacimiento, título o riqueza, y no hay esclavos por origen, casta o salario. En todas partes la palabra «comuna» se entendía en el sentido más amplio, como referencia a una nueva humanidad, formada por compañeros libres e iguales, ajena a la existencia de antiguos límites, basada en la ayuda mutua y pacífica de unos a otros desde un extremo del mundo al otro.” (1)
El surgimiento del «comunismo libertario» o «anarcocomunismo» a finales de la década de 1870 y principios de la de 1880, fue otro de los hechos que tuvieron que ver con las resonancias de la Comuna de París. En los debates realizados en Ginebra en el congreso de la Federación suiza del Jura en 1880, donde participaron entre otros Piotr Kropotkin, Élisée Reclus, Carlo Cafiero, Errico Malatesta y Gustave Lefrançais, se fue desarrollando la teoría política que se denominó “comunismo libertario”. Este planteo político tiene, a mi entender, dos puntos fundamentales que son muy similares a las ideas planteadas por Marx aunque luego no fuera reconocido por unos ni otros: Un primer punto postulaba que sin la abolición o extinción del valor de cambio, no se puede llevar a cabo un proceso revolucionario. Y el segundo punto planteaba que inmediatamente debían abolirse además tanto el trabajo asalariado como el comercio, y que el acceso a los recursos y bienes ya no debería depender del trabajo realizado. Cualquier sistema económico basado en el trabajo asalariado y la propiedad privada requeriría, decían los comunistas libertarios, un aparato coercitivo para hacer efectivo el derecho de propiedad, y mantener relaciones desiguales que aparecen fruto de las diferencias.
Por último me parece importante citar a Raya Dunayevskaya (*) para quien la comuna de París demostró que no sólo era posible abolir el Estado, sino también generar rupturas con el fetichismo de la mercancía y con el trabajo abstracto. En “Marxismo y libertad” escribe: “….La riqueza de las cualidades humanas, reveladas en la Comuna, puso de manifiesto que el fetichismo de las mercancías surge de la misma forma de la mercancía. Esto profundizó el significado de la forma de valor, tanto como un desarrollo lógico, como un fenómeno social. Y agrega: Lo nuevo que aportó la Comuna fue que al liberar el trabajo de los límites de la producción de valores, demostró cómo el pueblo se asoció libremente sin el despotismo del capital o la mediación de las cosas. Contrasta la vitalidad de ese movimiento con la mutilación del trabajo bajo el capitalismo, que despoja a los obreros de toda individualidad y los reduce a meros integrantes del trabajo en general. Ese es el carácter específico del trabajo bajo el capitalismo. La forma de valor, que sólo contiene en sí la reducción de muchos y variados trabajos concretos a una masa abstracta, es el resultado necesario de este carácter específico del trabajo capitalista” (2)

Comunizar en-contra-y más allá del trabajo abstracto
Otras dos preguntas que nos hacemos para este número de Crítica Anticapitalista se refieren a: si es realista una organización comunal en el contexto del trabajo asalariado, y cómo conectar la idea de Comuna contra Estado con la crítica al trabajo abstracto.
En primero lugar pienso que, como lo plantearon Marx y los comunistas libertarios, cualquier pensamiento político o experiencia anticapitalista debe proponerse romper con el trabajo abstracto y con la producción de valor. El proceso mediante el cual el capital transforma y enajena la actividad humana en trabajo abstracto es el corazón de la relación social capitalista. Este proceso de enajenación impone el tiempo de la producción y cohesiona las relaciones sociales. Por lo tanto si no se comienza a romper con ese proceso no se podrá eliminar el capitalismo y generar otra forma de relacionamiento social. Y claro que, como ya sabemos, esto no se logra tomando el poder de Estado y decretando la abolición del capitalismo sino que el planteo siempre es ir creando esa otra sociedad desde ahora y al mismo tiempo que se lucha contra el capitalismo.
Hace un año lxs zapatistas lanzaron un planteo que implica un desafío a crear otro mundo alternativo al capitalismo desde ahora, y a generar lo que ellxs llaman “El común”. Mi interpretación de ese común me lleva a pensarlo más que nada como un movimiento que desborda las relaciones sociales que impone el capital y desde ese desborde intenta ir creando un nuevo tipo de relacionamiento. Veo este común de los zapatistas similar a la idea de comuna o comunizar sobre la que estamos reflexionando en Crítica Anticapitalista ya que promueve y construye prácticas políticas que desde el ahora van prefigurando/generando una sociedad diferente.
Sin embargo, al pensar el problema del trabajo abstracto desde la perspectiva de los procesos tanto del zapatismo como del movimiento kurdo, se me presenta la siguiente contradicción: por una parte se puede decir que ambas revoluciones están generando en los hechos, una transformación de las relaciones sociales que incluyen ensayos de asociación libre y no asalariada (al menos en el caso zapatista). Pero por otra parte, desde la conceptualización teórica (por ejemplo de parte de Marcos y Öcalan) no hay una clara referencia a la importancia que tiene el trabajo abstracto como un obstáculo para la creación de esa otra forma de relacionamiento, como sí la hubo a partir de la Comuna de París según ya se mencionó en este escrito. Planteo esta contradicción desde el entusiasmo y la influencia esperanzadora que me generan ambos procesos revolucionarios desde hace años, sabiendo que el caminar preguntando no tiene asegurado el éxito y que ocurre entre avances y retrocesos, pero igualmente me parece importante tener una mirada crítica sobre el asunto del trabajo asalariado o abstracto en cualquier procesos anticapitalista. Me interesa al menos dejar planteada esta cuestión con la idea de abrir el debate.

Retomando lo dicho anteriormente, comuna no es algo que está visible directamente, sino que existe contenida, negada, latente en el reverso de la relación social antagónica del capital.
Por lo tanto el movimiento comunizante, que parte de ese antagonismo, hace visible esa negación y genera rupturas con el Estado, el trabajo abstracto y el capital. Y al mismo tiempo implica la creación de otras formas de relacionamiento, formas de autoorganización colectiva que permitan la liberación de nuestra actividad vital y la realización nuestras capacidades.
Entonces cuando decimos comuna pensamos en un comunizar, un proceso de generación de un nuevo relacionamiento que prefigure una nueva forma de organización social, un movimiento en-contra-y-más-allá que desborde las formas identitarias capitalistas.

Y es ese desbordamiento antiidentitario el que tiene la potencialidad de creación de otro mundo.

(1) Élisée Reclus, en La Revue blanche, 1871: Enquête sur la Commune [1897], París, Éditions de l’Amateur, 2011, pp. 81-82
(2) “Marxismo y libertad, Capítulo 6 – La Comuna de París ilumina y profundiza el contenido de El Capital” Raya Dunayevskaya”


Imagen: Derîk (Rojava)