Alberto Bonnet

 

En este artículo queremos reflexionar acerca de una concepción de la práctica política revolucionaria diferente de la concepción dominante en la izquierda del siglo veinte.1 Se trata de una concepción que involucra una nueva racionalidad de la práctica política, una racionalidad prefigurativa, inevitablemente enfrentada con la racionalidad instrumental que gobierna las prácticas políticas tradicionales. Esta nueva racionalidad, aunque ya había sido esbozada en coyunturas anteriores de la historia del pensamiento revolucionario, quedó delineada con precisión recién en las luchas que la clase obrera europea protagonizó en la salida de la primera gran guerra y que normalmente son asociadas con la experiencia de los consejos obreros.

 

En efecto, como enseguida veremos, en su específica calidad de organizaciones de lucha dentro de la sociedad capitalista y, a la vez, de organizaciones que aspiran a reemplazar al estado capitalista en la sociedad comunista por venir, los consejos obreros fueron concebidos de esa manera prefigurativa por varios intelectuales consejistas. Pero cabe aclarar desde ahora que nuestro interés en esta experiencia de los consejos obreros responde, en verdad, a que pensamos que los movimientos autónomos de nuestros días están volviendo a plantearse a sí mismos la exigencia de que sus prácticas políticas estén gobernadas por aquella racionalidad prefigurativa. Nuestras reflexiones acerca de la emergencia de esta racionalidad prefigurativa en esa experiencia de los consejos obreros apunta, en este sentido, a contribuir a la reflexión acerca de las organizaciones y las luchas sociales contemporáneas.

En la primera parte del artículo, introductoria, definiremos y opondremos entre sí ambos tipos de racionalidad, valiéndonos en particular de la controversia entre Engels y Bakunin acerca de la organización de la primera internacional obrera. En la segunda parte, expondremos cómo se delinea la racionalidad prefigurativa en el pensamiento de los consejistas europeos de los veinte a partir, específicamente, del joven Gramsci ordinovista. En la tercera parte, volveremos a enfrentar ambos tipos de racionalidad, pero ahora valiéndonos del debate alrededor de los consejos de fábrica entre ese joven Gramsci y Bórdiga. Y en la cuarta parte, a manera de conclusión, reflexionaremos acerca de los alcances y límites de esta racionalidad prefigurativa y de la manera en que los movimientos autónomos contemporáneos vuelven a plantearse la exigencia de que su práctica política sea gobernada por la misma.

 

Introducción: las racionalidades políticas instrumental y prefigurativa

Comencemos con unas pocas y provisorias definiciones. Vamos a entender aquí por práctica política a una práctica que involucra cuatro dimensiones fundamentales, a saber, las de la organización (partidos, movimientos, ejércitos), la acción (estrategias, tácticas), el sujeto (alianzas, fuerzas sociales) y el proyecto (demandas, programas). Desde luego, estas cuatro dimensiones pueden distinguirse analíticamente, aunque no pueden asumirse como objetos de reflexión por separado: las características de las organizaciones, las acciones, los sujetos y los proyectos políticos que cualquier proceso revolucionario pone en juego se median mutuamente. En las siguientes páginas nos centraremos en la dimensión organizativa de la práctica política –especialmente, en los consejos obreros como organizaciones-, aunque nuestras reflexiones pueden hacerse extensivas a las restantes dimensiones de dicha práctica. Y vamos a entender por revolucionaria, en un sentido amplio, a cualquier práctica política que persiga la superación de las relaciones sociales capitalistas.

Las prácticas políticas revolucionarias, así entendidas, siempre se orientaron según criterios provenientes de alguna concepción, normalmente implícita, acerca de la racionalidad de las mismas. Las citadas racionalidades instrumental y prefigurativa serían entonces dos de esas concepciones de la racionalidad de la práctica política -acaso las más importantes, aunque seguramente no las únicas. Para una primera aproximación a estas dos racionalidades, alcanza con confrontarlas entre sí en la siguiente pregunta. La práctica política revolucionaria ¿debe orientarse mediante el criterio de servir como medio adecuado (instrumentalidad) para alcanzar la sociedad por venir, o bien mediante el criterio de anticipar en sí misma (prefiguración) esa sociedad por venir? Y, siendo el de racionalidad un concepto filosófico, podemos precisar estas definiciones valiéndonos de algunos aportes marxistas de orden filosófico. Horkheimer (1973) propuso indudablemente la crítica más aguda de la racionalidad instrumental dominante en el capitalismo avanzado, racionalidad a la que sólo incumbe la adecuación de los medios a los fines, dejando así librados a la irracionalidad a los propios medios y fines y condenándose a sí misma a contribuir al perpetuamiento de la realidad dada. Y quizás sea el “pensar es traspasar” (Denken heißt Überschreiten) de Bloch (2004), un pensar que trasciende la realidad dada nutrido por las propias promesas encerradas en esa realidad dada, el modelo por excelencia de aquella racionalidad prefigurativa. Pero aquí vamos a reflexionar sobre estas dos racionalidades de la práctica política en un registro menos filosófico, es decir, partiendo de, y volviendo recurrentemente a, ciertas experiencias concretas de la práctica política en la tradición revolucionaria.

La primera vez que la alternativa entre prefiguración e instrumentalidad como criterios para orientar la práctica política –más específicamente, en su dimensión de la organización- apareció claramente planteada en la tradición revolucionaria, hasta donde sabemos, fue durante la polémica entre Engels y Bakunin en el seno de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Recordemos, para contextualizar, que esta polémica giró alrededor de si la AIT debía o no organizarse y actuar políticamente, es decir, si debía o no organizar sus secciones como partidos, incluir en su programa la conquista del poder de estado, etcétera. Ahora bien, en varias ocasiones, en el marco de esta polémica, Engels argumentó la necesidad de esa organización y acción políticas en términos estrictamente instrumentales. “Queremos la abolición de las clases –sostuvo, por caso. ¿Cuál es el medio para alcanzarla? La dominación política del proletariado. Y cuando en todas partes se han puesto de acuerdo con ello, ¡se nos pide que no nos mezclemos en la política! Todos los abstencionistas se llaman revolucionarios y hasta revolucionarios por excelencia. Pero la revolución es el acto supremo de la política; el que la quiere, debe querer el medio, la acción política que la prepara”.2

Pero fueron la postergación de la convocatoria a un Congreso y la ampliación de las atribuciones del Consejo General de la AIT, en el contexto de la Guerra Franco-Prusiana y de la derrota de la Comuna de París de 1871, las que motivaron la discusión que aquí nos interesa. En respuesta a la Conferencia de Londres de la AIT, realizada en 1871, la Federación Jurasiana convocó al Congreso de Sonvillier y resolvió redactar y enviar a todas las secciones de la Internacional una circular en la que denunciaba aquellas decisiones como autoritarias. Esta circular, en los párrafos que nos interesan, afirmaba que “la sociedad del futuro no será sino la universalización de la organización que la Internacional haya adoptado como propia. Nuestra tarea es hacer que tal organización coincida tanto como sea posible con nuestros ideales. ¿Cómo vamos a esperar que una sociedad igualitaria y libre emerja de una organización autoritaria? Semejante cosa sería imposible. La Internacional, este germen de la sociedad humana del futuro, debe ser una representación fiel de nuestros principios de libertad y federación; debe rechazar todo principio que pueda tender hacia el autoritarismo y la dictadura”.3

Acaso haya sido James Guillaume quien redactó esta circular de Sonvillier pero, en cualquier caso, como el propio Guillaume afirmara luego en su esbozo de biografía, Bakunin compartía ese criterio organizativo. En efecto, Bakunin escribía en esa misma coyuntura, por ejemplo, que “la organización de la Internacional, al tener como objetivo no la creación de un nuevo despotismo, sino la desaparición de toda dominación, tomará un carácter esencialmente distinto al del Estado”.4 Este y otros varios fragmentos de Bakunin confirman que compartía, como criterio para la organización de la AIT, esa idea de que debía prefigurar la sociedad por venir que se encontraba en la circular de Soinviller. Engels, en cambio, impugnó este criterio. Tras citar textualmente parte de esa misma circular de Sonvillier, comentaba: “¡La Internacional, prototipo de la sociedad futura, en la que no habrá ya fusilamientos versalleses, ni consejos de guerra, ni ejércitos permanentes, ni violación de la correspondencia, ni juicios criminales de Brunswick! ¡Precisamente ahora, cuando debemos defendernos con todas las fuerzas, se propone al proletariado que se organice, no de conformidad con las necesidades de la lucha que se le impone cada día y cada hora, sino de acuerdo con las vagas ideas de algunos fantaseadores acerca de la sociedad del futuro!”.5

Tajantemente apareció así la alternativa de prefiguración e instrumentalidad, por vez primera, en esta polémica entre Engels y Bakunin en el seno de la AIT. ¿Cuál debía ser el criterio que rigiera la organización de la Internacional? ¿La prefiguración de la sociedad por venir (en su carácter de “germen de la sociedad humana del futuro”) o su adecuación como instrumento para la lucha en la sociedad presente (su “conformidad con las necesidades de la lucha que se le impone cada día y cada hora”)? Es importante decir de antemano, para evitar malentendidos, que la alternativa que estamos planteando no equivale de ninguna manera a una alternativa más amplia entre las concepciones políticas marxista y bakuninista. Si bien ni la insistencia de Engels en la necesidad de adecuar la organización a las circunstancias es ajena a su realismo político, ni la invocación por Bakunin de esa sociedad futura de la libre federación es ajena a un cierto utopismo que pervive en sus ideas, las diferencias entre sus respectivas concepciones de la práctica política no pueden reducirse a una mera alterativa entre las racionalidades instrumental y prefigurativa como criterios para la organización y la acción políticas -y además, como veremos más adelante, posiblemente esta alternativa entre racionalidades políticas enfrentadas tampoco pueda sostenerse hasta las últimas consecuencias. Aquí simplemente nos estamos valiendo de ella para plantear nuestro problema.

 

Consejos obreros y prefiguración del comunismo

Torino Fiat Occupata, 1920

 

Los consejos obreros y la prefiguración del comunismo

Veamos ahora una versión más compleja de esta alternativa. En efecto, entre los principales intelectuales del movimiento de los consejos obreros que coronó el ascenso de las luchas de los trabajadores registrado en Europa a la salida de la Primera Guerra Mundial reapareció, mucho más reflexivamente, ese criterio organizativo dictado por la prefiguración de la sociedad por venir. Nos concentraremos aquí en el joven Gramsci ordinovista porque, específicamente en la reflexión acerca de este asunto, se destacó dentro del conjunto de aquellos intelectuales.

La irrupción del movimiento de las consejos de fábrica en medio de las organizaciones obreras preexistentes fue saludada por el joven Gramsci en términos muy semejantes a los que emplearían otros consejistas en su bienvenida a los consejos obreros. Las comisiones de fábrica, a diferencia de organizaciones heterónomas como los sindicatos de oficio y los partidos parlamentarios preexistentes, aparecieron para Gramsci como organizaciones autónomas, específicamente obreras, que anunciaban la organización del comunismo por venir.6 Refiriéndose a esos partidos y sindicatos escribía, por ejemplo, que “[e]l desarrollo de estas instituciones proletarias y de todo el movimiento proletario en general no fue autónomo, no obedecía a leyes propias inmanentes a la vida y a la experiencia histórica de la clase trabajadora explotada. Las leyes de la historia estaban dictadas por la clase propietaria organizada en el estado”. Y, tras afirmar que esa heteronomía estaba comenzando a ser superada gracias a la organización de las comisiones de fábrica, presentaba la relación entre estas últimas y el comunismo por venir de la siguiente manera anticipatoria. “La fórmula ‘conquista del estado’ debe ser entendida en este sentido: creación de un nuevo tipo de estado, originado en la experiencia asociativa de la clase proletaria, y sustitución por éste del estado democrático-parlamentario”. Junto a las instituciones tradicionales, entonces, “deben surgir y desarrollarse instituciones de tipo nuevo, de tipo estatal, que reemplazarán las instituciones privadas y públicas del estado democrático-parlamentario. Instituciones que sustituyan a la persona del capitalista en las funciones administrativas y en el poder industrial y realicen la autonomía del productor en la fábrica…”.7

En la capacidad de las comisiones de fábrica de devenir consejos obreros propiamente dichos y, en su calidad de tales, organizaciones capaces de sustituir a las organizaciones del poder económico y político de los capitalistas radicaba precisamente su carácter prefigurativo.8 En efecto, Gramsci se refería insistentemente, en sus artículos de L’Ordine nuovo, a las comisiones de fábrica que estaban organizando los trabajadores italianos como la “célula”, la “forma” o el “modelo” de la sociedad comunista por venir. Ya en uno de sus primeros artículos ordinovistas, de mediados de 1919, escribía que “El `ciudadano´ va a ser sustituido por el `compañero´, la atomización social va a ser reemplazada por la organización. Las células del nuevo orden le cellule del nuovo ordine nacen espontáneamente, se adhieren unas a otras, determinando cada vez más vastas estratificaciones solidarias”.9 Y mucho más desarrollada aparecía esta idea en su programático artículo Democrazia operaia, que escribió junto con Togliatti unos días más tarde. “El Estado socialista existe ya potencialmente esiste già potencialmente en las instituciones de vida social características de la clase obrera explotada. Relacionar esos institutos entre ellos, coordinarlos y subordinarlos en una jerarquía de competencias y de poderes, concentrarlos intensamente, aún respetando las necesarias autonomías y articulaciones, significa crear ya desde ahora una verdadera y propia democracia obrera en contraposición eficiente y activa con el Estado burgués, preparada ya desde ahora para sustituir al Estado burgués en todas sus funciones esenciales de gestión y de dominio del patrimonio nacional”. A continuación, sostenían que las dos grandes organizaciones de la clase existentes, el Partido Socialista y la Confederación General del Trabajo, no alcanzaban para contener la vida social de la clase trabajadora, convocando a militar en las comisiones internas, círculos socialistas y comunidades campesinas. Y, respecto de las primeras, afirmaban que “son órganos de democracia obrera que hay que liberar de las limitaciones impuestas por los empresarios y a los que hay que infundir vida nueva y energía. … Desarrolladas y enriquecidas, tendrán que ser mañana los órganos del poder proletario que sustituirá al capitalista en todas sus funciones útiles de dirección y de administración”.10

En un artículo posterior, después de distinguir una vez más entre consejo obrero y sindicato, Gramsci escribía que “[l]a dictadura proletaria puede encarnarse en un tipo de organización que sea específica de la actividad propia de los productores y no de los asalariados, esclavos del capital. El consejo de fábrica es la primera célula la cellula prima de esta organización. Puesto que en el consejo todos los sectores del trabajo están representados proporcionalmente a la contribución que cada oficio y cada sector del trabajo da a la elaboración de objeto que la fábrica produce para la colectividad, la institución es de clase, es social”. Y agregaba, en el siguiente párrafo, que “[p]or eso el consejo realiza la unidad de la clase trabajadora, da a las masas una cohesión y una forma que tienen la misma naturaleza de la cohesión y de la forma que la masa asume en la organización general de la sociedad”. Y, en el siguiente, que “[e]l consejo de fábrica es el modelo il modello del estado proletario. Todos los problemas que son inherentes a la organización del estado proletario, son inherentes a la organización del consejo. Tanto en uno como en otro el concepto de ciudadano cittadino decae y es sustituido por el concepto de compañero compagno: la colaboración para producir bien y con utilidad desarrolla la solidaridad, multiplica los lazos de afecto y fraternidad”.11

Unos meses más tarde afirmaba en el mismo sentido que la clase trabajadora, cuando organiza consejos obreros, “realiza la expropiación de la primera máquina, del instrumento de producción más importante: la clase obrera misma, que se reencuentra, que ha conseguido conciencia de su unidad orgánica y que se contrapone unitariamente al capitalismo. La clase obrera afirma así que el poder industrial, la fuente del poder industrial, tiene que volver a la fábrica, y pone de nuevo a la fábrica, desde el punto de vista obrero, como la forma en la cual la clase obrera se constituye en cuerpo orgánico determinado, como célula [cellula] de un nuevo Estado, el Estado obrero, y como base de un nuevo sistema representativo, el sistema de los Consejos”.12 Y, en su informe sobre el movimiento turinés, insistía en que “el Consejo de fábrica tiene que constituirse según el principio de la organización por industria; tiene que representar para la clase obrera el modelo [il modello] de la sociedad comunista, a la cual se llegará por la dictadura del proletariado”.13

Ahora bien, antes de seguir avanzando, conviene detenerse en dos aspectos puntuales de esta relación de prefiguración que Gramsci establecía entre los consejos de fábrica y la organización económica y política de la sociedad comunista por venir. Se trata de los conceptos de estado y de revolución involucrados en esta prefiguración. Gramsci, a diferencia de otros intelectuales que reflexionaron sobre la experiencia de los consejos obreros, como Pannekoek, siguió considerando a esa forma organizativa por venir como una forma estatal. Y sabemos que esto puede suscitar malentendidos en la medida en que precisamente aquella tendencia de los consejos obreros a superar la separación entre lo político y lo económico que el propio Gramsci identificaba como una de las razones de su carácter prefigurativo es, simultáneamente, una tendencia a superar la propia particularización del estado como forma de las relaciones sociales. Podría afirmarse con razón, en este sentido, que los consejos no prefiguraban una nuevo tipo de estado sino una sociedad sin estado. Esta insistencia de Gramsci en seguir considerando a esa forma organizativa por venir como una forma estatal parece responder a una combinación entre dos razones –que, además, acaso sean mutuamente excluyentes: por una parte, a la influencia de una concepción idealista del estado que parece haber heredado del neohegelianismo italiano y, por otra parte, a su adhesión a la doctrina leninista del estado de transición y de la dictadura del proletariado. Gramsci y Togliatti cerraban el artículo antes citado afirmando: “el que quiera el fin, tiene que querer también los medios. La dictadura del proletariado es la instauración de un nuevo Estado, típicamente proletario, en el cual confluyan las experiencias institucionales de la clase obrera, en el cual la vida social de la clase obrera y campesina se convierta en sistema general y fuertemente organizado”.14 Gramsci adhería así a la doctrina leninista del estado de transición y de la dictadura del proletariado, en particular. Pero, a la vez, parecía considerar a veces que no podía existir sociedad alguna que no adoptara una forma estatal, en general. “No existe sociedad más que en un Estado, que es la fuente y el fin de todo derecho y de todo deber, que es garantía de permanencia y éxito de toda actividad social. La revolución es proletaria cuando de ella nace, en ella se encarna un Estado típicamente proletario, custodio del derecho proletario, que cumple sus funciones esenciales como emanación de la vida y del poder proletario”. Y en otro escrito: “si de la Internacional Comunista se verán suprimidos los Estados nacionales, no sucederá lo mismo con el Estado, entendido como `forma´ concreta de la sociedad humana. La sociedad como tal es pura abstracción. En la historia, en la realidad viva y corpórea de la civilización humana en desarrollo, la sociedad es siempre un sistema y un equilibrio de Estados, un sistema y un equilibrio de instituciones concretas, en las cuales la sociedad adquiere conciencia de su existencia y de su desarrollo y únicamente a través de las cuales existe y se desarrolla. La conquista de la civilización se hace permanente, es historia real y no episodio superficial y caduco, en cuando encarna en unas instituciones y encuentra una forma en el estado”.15

Sin embargo, incluso en estas mismas citas, este estado en el que “confluyen las experiencias institucionales de la clase obrera”, este estado que “emana de la vida y del poder proletario”, a menudo no aparece como un estado strictu sensu, sino como una mera forma de auto-organización del proletariado. Persiste mucha ambigüedad en sus palabras. Pero, en cualquier caso, la relación orgánica que este joven Gramsci establecía entre la clase trabajadora y las formas de organización que adoptaba parece inmunizarlo de antemano contra cualquier concepción jacobina de ese estado de transición y de esa dictadura del proletariado. Son significativas en este sentido páginas como, por ejemplo, las que dedicó a las causas de la derrota de las revoluciones europeas. Argumentaba que, para la revolución comunista, no alcanzaba con la conquista del poder político por parte del partido comunista, sino que se requería una auténtica auto-emancipación de la clase trabajadora. “La revolución es proletaria y comunista solamente cuando ésta constituye la liberación de las fuerzas productivas proletarias y comunistas, fuerzas que habían venido creándose y desarrollándose en el seno mismo de la sociedad dominada por la clase capitalista”. Y consideraba que esta había sido la causa del fracaso de las experiencias alemana, austriaca, bávara y húngara. “La existencia de las condiciones externas –Partido comunista, destrucción del Estado burgués, fuertes organizaciones sindicales, armamento del proletariado- no ha sido suficiente para compensar la ausencia de estas otras condiciones: existencia de fuerzas productivas tendientes al desarrollo y a la expansión, movimiento consciente de las masas proletarias decidido a alimentar el poder político con el poder económico, voluntad en las masas proletarias de introducir el orden proletario en la fábrica, de hacer de ésta la célula [la cellula] del nuevo estado, de construir el nuevo Estado como reflejo de las relaciones industriales del sistema de fábrica”.16

Esto nos conduce al segundo aspecto que queremos precisar. La relación de prefiguración entre los consejos de fábrica y la organización económica y política de la sociedad comunista que establece Gramsci, además, involucra necesariamente un concepto muy específico de revolución. Se trata de un concepto de revolución, digamos, como proceso de auto-constitución de la clase trabajadora como sujeto autónomo que se extiende desde el campo económico hacia el campo político. “La revolución comunista realiza la autonomía del productor en el campo económico y en el campo político. … La revolución comunista es el reconocimiento histórico de hechos económicos preexistentes que ella misma revela, que ella defiende enérgicamente frente a todo intento reaccionario y que ella convierte en derecho, dándole, esto es, una forma orgánica y una sistematización. Por eso, la construcción de Soviets políticos comunistas tiene por fuerza que suceder históricamente a un florecimiento y a una primera sistematización de los Consejos de fábrica. El Consejo de fábrica y el sistema de Consejos de fábrica ensayan y revelan en primera instancia las nuevas posiciones que ocupa la clase obrera en el campo de la producción; dan a la clase obrera conciencia e su valor actual, de su real función, de su responsabilidad, de su porvenir”. La autonomía económica, alcanzada por la clase trabajadora en la esfera productiva, se convierte así en autonomía política. “La clase obrera ha conseguido un altísimo grado de autonomía en el campo de la producción porque el desarrollo de la técnica industrial y comercial ha suprimido todas las funciones útiles características de la propiedad privada, de la persona del capitalista. … La clase obrera cierra filas en torno a las máquinas, crea sus instituciones representativas como función del trabajo, como función de la autonomía conquistada, de la conseguida conciencia de autogobierno”.17 Y, en un artículo posterior, insiste: “el proceso de desarrollo de la gran producción industrial ha creado las condiciones mediante las cuales la clase obrera toma conciencia de su propia autonomía histórica, de la posibilidad de construir, a través de su ordenado y disciplinado trabajo, un nuevo sistema de relaciones económicas y jurídicas”.18 El carácter orgánico de este proceso de auto-constitución de la clase trabajadora como sujeto autónomo descarta de antemano, a su vez, cualquier concepción jacobina de la revolución. “La revolución proletaria –dice Gramsci- no es el acto arbitrario de una organización que se afirme revolucionaria, ni de un sistema de organizaciones que se afirmen revolucionarias. La revolución proletaria es un larguísimo proceso histórico que se realiza con el nacimiento y el desarrollo de determinadas fuerzas productivas (que nosotros resumimos con la expresión ´proletariado´) y de un determinado ambiente histórico (que resumimos con las expresiones ´modo de propiedad individual, modo de producción capitalista, sistema de fábrica o fabril, modo de organización de la sociedad en el Estado democrático-parlamentario´)”.19 En el seno de la temporalidad inherente a este concepto de revolución como proceso se establecía, precisamente, aquella relación de prefiguración entre los consejos de fábrica del presente y la organización económica y política de la sociedad comunista del futuro.

 

Consejos obreros y prefiguración del comunismo

 

Criterios prefigurativos versus instrumentales

Volvamos ahora a esa relación de prefiguración entre los consejos de fábrica y organización de la sociedad comunista en sí misma para preguntarnos hasta qué punto nos proporciona, a partir de los escritos del joven Gramsci, una nueva racionalidad de la práctica política, una racionalidad prefigurativa distinta de la racionalidad instrumental que gobierna las prácticas políticas tradicionales.

Los artículos que Gramsci y Bórdiga escribieron durante su polémica acerca del significado de esos consejos de fábrica son especialmente relevantes en este sentido. En una apostilla que Gramsci añade a un artículo sobre los consejos de fábrica, firmado por un tal “R. X.” (¿un bordiguista?) y publicado en L’Ordine nuovo, reconoce que las organizaciones de la clase trabajadora son históricas y afirma que “la táctica comunista consiste por eso en reconocer con exactitud y desprejuiciadamente el carácter esencial de los varios momentos que hay que atravesar en la lucha y adherir a sus exigencias incoercibles”. Y, a continuación, polemiza: “R.X. no está en este orden de ideas y habla de ‘medios’ y de ´fines’. La suya es una fraseología empírica inaceptable. Lo que él llama ´medio’ es un momento histórico necesario de la institución que se quiere promover; necesario porque depende de las condiciones reales objetivas que no se pueden modificar inmediatamente con un acto de voluntad individual -pero inmaduro, a considerarse como la primera experiencia concreta, como un eslabón a forjar sólidamente para luego soldarlo al siguiente. Lo que él llama ‘fin´ es un momento de más intensa vida histórica, de mayor adherencia a la compleja realidad del mundo proletario que ejecuta su idea: el comunismo; a él se ha llegado a través de íntimas y valiosas experiencias colectivas, con los medios y los métodos propios de la clase obrera, equivocándose inclusive, pero también aprendiendo y realizando, con el ejercicio asiduo de las inteligencias y las voluntades” Y concluye su argumento reafirmando, precisamente, el carácter prefigurativo de los consejos de fábrica.20

Subsiste posiblemente cierta vaguedad en esta conceptualización gramsciana del medio como “un momento storico necessario dell’istituzione che si vuol promovere” y del fin como “un momento di piú intensa vita storica”, pero mucho más importante es reconocer su evidente esfuerzo por empujar esa relación de prefiguración entre consejos de fábrica y organización de la sociedad comunista en la que está pensando más allá de los límites de la propia racionalidad instrumental dominante. En este mismo sentido, defendiéndose de las objeciones de los bordiguistas, insistía unos meses más tarde en la incapacidad de los viejos sindicatos, a diferencia de los consejos de fábrica, para llevar adelante la revolución, y volvía sobre esa relación entre medios y fines. “El medio no resulta, por tanto, adecuado al fin; y como el medio no es más que un momento del fin [un momento del fine] que se está realizando, que se está consiguiendo, debemos concluir que el sindicalismo no es un medio para la revolución proletaria, no es la revolución que se está realizando, que se está haciendo: el sindicalismo no es revolucionario más que por la posibilidad gramatical de acoplar esas dos expresiones”.21

El contraste con el significado que Bórdiga atribuía a los consejos de fábrica es muy ilustrativo en este punto. Bórdiga y sus seguidores se diferenciaban de Gramsci y los otros ordinovistas estrictamente en todos los aspectos decisivos de los argumentos que venimos considerando. Si Gramsci avanzaba a tientas hacia una nueva racionalidad prefigurativa, Bórdiga se quedaba cómodamente sentado en la racionalidad instrumental dominante. En efecto: Bórdiga rompía la temporalidad requerida por aquella relación de prefiguración, distinguiendo rígidamente entre un antes y un después de la revolución y, a continuación, descartaba de antemano cualquier relación de prefiguración posible, distinguiendo no menos tajantemente entre las organizaciones de la clase trabajadora de ambos momentos. El partido y los sindicatos (eventualmente, con comisiones internas subordinadas a ellos) eran las organizaciones que desarrollaban, respectivamente, la lucha política y la lucha económica de la clase trabajadora antes de la conquista del poder político. El partido, una vez conquistado el poder político, organizaba y dirigía los soviets como órganos de poder político del nuevo estado, mientras que los sindicatos y comisiones de fábrica pasaban a organizar la producción de la nueva economía. “El verdadero instrumento de la lucha de liberación del proletariado y particularmente para la conquista del poder político es el partido de clase, comunista –escribía en este sentido Bórdiga. En el poder burgués los consejos obreros sólo pueden ser organismos dentro de los cuales trabaja el partido comunista, que es el motor de la revolución. Decir que los consejos son los órganos de liberación del proletariado, sin hablar de la función del partido, como se hace en el programa del Congreso de Bolonia, nos parece un error. Defender, como los camaradas de L’ Ordine Nuovo de Turín, que antes de la caída de la burguesía los consejos obreros son ya no sólo órganos de lucha política sino incluso de la configuración económico-técnica del sistema comunista, es un retorno puro y simple al gradualismo socialista; este gradualismo, llámese reformismo o sindicalismo, está marcado por el error de que el proletariado pueda emanciparse ganando terreno en las relaciones económicas cuando todavía el capitalismo detenta, mediante el Estado, el poder político”. Esta tajante distinción entre organizaciones perpetuaba, además, esa separación entre lo político y lo económico que los consejos obreros tendían a superar. Bórdiga exigía explícitamente, en los hechos, “un sistema de representación diferenciado claramente en dos redes: económica y política”.22 Bórdiga, desvinculaba, en consecuencia, a los soviets de la estructura productiva, reduciéndolos a parlamentos de base territorial, que serían obreros gracias a la mera exclusión de la burguesía del patrón electoral y comunistas gracias a la dirección del partido. La práctica política de ese partido de vanguardia, instrumento a la vez de la conquista y del ejercicio del poder político es, naturalmente, la expresión por excelencia de la más estrecha racionalidad instrumental.

Pero, antes de profundizar en esta oposición entre racionalidades y para evitar malentendidos, conviene que nos detengamos un instante en las características de esta polémica entre Bórdiga y Gramsci sobre el significado de los consejos de fábrica. Hacia 1919-20, Gramsci argumentaba que su interpretación de la experiencia de los consejos de fábrica correspondía a la ortodoxia comunista aunque, en verdad, la interpretación de Bórdiga era mucho más cercana a esa ortodoxia.23 Y, en cualquier caso, el significado de esta ortodoxia comunista a escala internacional era dictado por el partido que en Rusia, en 1919-20, ya había comenzado a someter la experiencia de los soviets a su dictadura, como enseguida denunciarían Gorter y Pannekoek. Pero aquí no se acaba la complejidad de esta polémica. Los consejos obreros como formas organizativas también convivían, en las páginas del joven Gramsci, con otra forma organizativa muy diferente, el partido. Y esta convivencia sería cada vez más conflictiva dentro de su pensamiento. Gramsci ya había enfrentado ciertas dificultades cuando había opuesto los nacientes consejos de fábrica del biennio rosso al viejo partido socialista parlamentario (el PSI, que empero se había sumado a la Comintern a partir de su Congreso de Bolonia de octubre de 1919), pero enfrentaría dificultades mucho mayores cuando, ya cerrada esa experiencia del biennio rosso, se escindiera de este un nuevo partido comunista (el PCI, nacido en el Congreso de Livorno de enero de 1921). En efecto, si los consejos de fábrica constituían aquella forma de auto-organización de la clase trabajadora que prefiguraba la organización comunista por venir: ¿qué papel desempeñaba el partido? y ¿podía atribuirse también al propio partido, como forma organizativa, un carácter prefigurativo? El joven Gramsci nunca alcanzó una respuesta acabada a preguntas como estas. Y, en cualquier caso esta convivencia conflictiva entre consejos obreros y partido de vanguardia pronto se acabaría. En efecto, Gramsci extrajo de la derrota de la experiencia de los consejos de fábrica del biennio rosso la presunta enseñanza de que, para evitar nuevas derrotas, había que entregar a ese partido de vanguardia la práctica política revolucionaria. La misma enseñanza que sería machaconamente extraída de todas las derrotas posteriores por aquellos que explican la historia, contrafácticamente, a partir de factores que no existieron ni había razón alguna para que existieran. La misma enseñanza que entregaría a sucesivas generaciones de luchadores a ese peculiar modo de derrotismo que, en nombre de la Realpolitik, los condena de antemano a ser derrotados incluso en caso de que triunfen. La creciente subordinación de Gramsci a las directivas de la Comintern, al menos desde mediados de 1922 y hasta su encarcelamiento a fines de 1926, resolvieron aquella tensión entre consejos obreros y partido de vanguardia en favor de este último.24 Y aquellas posiciones que Gramsci y Bórdiga habían asumido en la polémica de 1919-20, de alguna manera, se invirtieron: aunque sin que revisaran sus anteriores posiciones, Gramsci se convertiría en uno de los agentes de la subordinación del díscolo PCI a las directivas de Moscú, mientras que Bórdiga enfrentaría esas directivas hasta ser expulsado del partido. Toda esta complejidad está expresada por lo demás, de una manera privilegiada, en algunas páginas posteriores de Bórdiga. “Todas las posiciones de esta ideología de características no marxistas: utopismo, sindicalismo de sabor proudhoniano, gradualismo económico antes de la conquista del poder, es decir, reformismo –insistirá Bórdiga contra los ordinovistas-, han sido aparentemente abandonadas para ser sustituidas alternativamente por las muy distintas teorías del leninismo … Por cierto, esto no excluye que también L’ Ordine nuovo pudiese aprender y mejorar en el curso de la estrecha colaboración con la Izquierda, que luego se interrumpió. Esta situación sí vuelve irónica la pretensión de los líderes ordinovistas de bolchevizar a aquellos que fueron en realidad quienes los encaminaron a ellos mismos en una dirección bolchevique en el sentido serio y marxista, y no con procedimientos mecánicos, burocráticos y de comadres”.25

Esta resolución de la tensión entre consejos obreros y partido de vanguardia en beneficio del partido posiblemente haya amputado del pensamiento político posterior de Gramsci su tendencia a ir más allá de la racionalidad instrumental dominante. Pero, en cualquier caso, la concepción instrumental de la organización y de la práctica política en su conjunto, que Bórdiga había defendido contra Gramsci, era entonces la dominante en las prácticas políticas. Y los mejores exponente de esta concepción instrumental no eran ni Bórdiga ni mucho menos Gramsci, sino los propios Kautsky y Lenin. El ¿Qué hacer? en particular, que el segundo escribió siguiendo los pasos del primero, puede ser leído como un auténtico tratado de la razón política instrumental. Revisemos algunas de sus páginas para precisar nuestra distinción entre racionalidades. En el cuarto capítulo del ¿Qué hacer?, Lenin distinguía entre la necesariedad de un partido unificado capaz de intervenir unitariamente a escala nacional para la lucha político-revolucionaria, por una parte, y la innecesariedad de dicho partido para la lucha política-tradeunionista, por la otra, a partir del criterio de que “la estructura de cualquier organismo está determinada, de modo natural e inevitable, por el contenido de la actividad de dicho organismo” (Lenin 1975a: 95). Esta adecuación entre los medios (la estructura del organismo, es decir, la organización del partido) y los fines (el contenido de la actividad de dicho organismo, la lucha político-revolucionaria de ese partido) era entonces el criterio para determinar las características que debía adoptar la organización partidaria –junto con el contexto represivo en que se organizaba dicho partido, pero enseguida nos referiremos a este punto. Precisamente sobre esta base Lenin indicaba la relación existente entre medios distintos (concepciones diferentes de la organización) y fines distintos (concepciones diferentes del sujeto, proyecto y acción políticos) en su polémica con los llamados economicistas: “los ´economistas´ se apartan a cada paso de las concepciones socialdemócratas para caer en el tradeunionismo, tanto en las tareas de organización como en las tareas políticas. La lucha política de la socialdemocracia es mucho más amplia y compleja que la lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno. Del mismo modo (y como consecuencia de ello), la organización de un partido socialdemócrata revolucionario ha de ser inevitablemente de un género distinto que la organización de los obreros para la lucha económica. La organización de los obreros debe ser, primero, profesional; segundo, lo más amplia posible; tercero, lo menos clandestina posible (aquí y más adelante me refiero, claro está, sólo a la Rusia autocrática). Por el contrario, la organización de los revolucionarios debe agrupar, ante todo y sobre todo, a personas cuya profesión sea la actividad revolucionaria (por eso hablo de una organización de revolucionarios, teniendo en cuenta a los revolucionarios socialdemócratas). Ante este rasgo común debe desaparecer en absoluto toda diferencia entre obreros e intelectuales, sin hablar ya de la diferencia entre las diversas profesiones de unos y otros. Esta organización debe ser necesariamente no muy amplia y lo más clandestina posible” (idem: 108).26

Por cierto, también el contexto represivo de la autocracia rusa intervenía como criterio para determinar las características que debe adoptar la organización partidaria, y Lenin también distinguía entre organización sindical y partidaria a partir del mismo: “los hombres medios de la masa –escribía-, pueden dar pruebas de energía y abnegación gigantescas en una huelga, en la lucha contra la policía y las tropas en la calle, pueden decidir (y son los únicos que pueden) el desenlace de todo nuestro movimiento; pero precisamente la lucha contra la policía política exige cualidades especiales, exige revolucionarios profesionales” (1975a: 105-6). Esta lucha contra la policía política, agregaba Lenin, era “una lucha especial, una lucha que jamás podrá sostener activamente una masa tan amplia como la que participa en las huelgas. Esta lucha deben organizarla, ‘según todas las reglas del arte’, personas cuya profesión sea la actividad revolucionaria” (idem: 107). Y este contexto represivo influía en los rasgos de la organización partidaria: “quienes deseen bajo el absolutismo una amplia organización de obreros, con elecciones, informes, sufragio universal, etc., son unos utopistas incurables” (idem: 115). Sin embargo, estas consideraciones sobre la represión zarista, perfectamente atendibles, no introducían un criterio complementario sino que más bien contextualizaban aquellos juicios de adecuación entre medios y fines.

Ahora bien, el problema con esta argumentación de Lenin no radicaba en que exigiera una adecuación de los medios a los fines en términos generales, sino en que esta exigencia expulsaba a cualquier otro criterio. Tomemos, como ejemplo, sus argumentos en favor de la concentración de la dirección en manos de un puñado de cuadros. Lenin argumentaba instrumentalmente que “es mucho más difícil cazar a una docena de inteligentes que a un centenar de bobos” (1975a: 120), sin plantearse siquiera el peligro de que esa “docena de inteligentes” decidiera a espaldas de las bases del partido. Lenin argumentaba instrumentalmente que, como sabían los alemanes del SPD, “sin ‘una docena’ de jefes de talento (los talentos no surgen por centenares), de jefes probados, preparados profesionalmente, instruidos por una larga práctica y bien compenetrados, ninguna clase de la sociedad contemporánea puede luchar con firmeza” (idem: 117), sin advertir que con esa referencia a “ninguna clase de la sociedad” estaba asimilando los criterios organizativos de los partidos obreros a los burgueses.27 Tomemos, como otro ejemplo, los argumentos de Lenin a favor de la especialización de las tareas en el partido. Lenin argumentaba instrumentalmente que “la falta de especialización es uno de los mayores defectos de nuestra técnica […]. Cuanto más menudas sean las distintas ‘operaciones’ de la labor general, tantas más personas capaces de llevarlas a cabo podrán encontrarse (y, en la mayoría de los casos, totalmente incapaces de ser revolucionarios profesionales) y tanto más difícil será que la policía ‘cace´ a todos esos ‘militantes que desempeñan funciones fragmentarias’ […]” (idem: 125), sin detenerse un instante en las consecuencias que esta organización taylorista de militantes perfectamente sustituibles acarrearía para la conciencia política de los involucrados. Esta extrema especialización tenía a su vez su correlato en aquella centralización del mando, como sucede en la gerencia taylorista: “la especialización presupone necesariamente la centralización y, a su vez, la exige en forma absoluta” (idem: 126).28 La mera adecuación entre medios y fines expulsaba así de los argumentos de Lenin a cualquier otro criterio. Pero, inevitablemente, aquello que había sido expulsado por la puerta aguardaba para regresar de manera perversa por la ventana: ese partido de vanguardia prefiguraba, en secreto, el estado burocrático por venir.

 

Consejos obreros y prefiguración del comunismo

 

Conclusión: ¿nuevas prácticas políticas prefigurativas?

Ahora bien, pensamos que la exigencia de que la práctica política esté gobernada por la racionalidad prefigurativa, que hemos analizado, ha vuelto a plantearse en una serie de luchas sociales recientes. Esto es particularmente evidente en aquellas luchas protagonizadas por movimientos que reivindican a la autonomía como un principio político decisivo, pero también está presente en algunas luchas protagonizadas por otras organizaciones más tradicionales. Aquella exigencia de que la práctica política esté gobernada por la racionalidad prefigurativa parece haberse convertido así en uno de los rasgos característicos del nuevo ciclo ascendente de la lucha de clases que se inició a fines de la década pasada.

En este sentido, como en muchos otros, el zapatismo es una expresión pionera y privilegiada de las nuevas prácticas políticas desarrolladas en ese ciclo ascendente de la lucha de clases.29 Recordemos aquí, sucintamente, su intento de evitar que sus propias formas organizativas reproduzcan especularmente la forma estatal de organización –o, más precisamente, de evitar que sus formas organizativas civiles (como las Juntas del Buen Gobierno) reproduzcan las características jerárquicas y autoritarias que su forma organizativa militar (el EZLN) inevitablemente reproduce del ejército mexicano que enfrenta.30 Desde luego, siempre puede arguirse que estos intentos son precarios, en la medida en que subsiste la forma militar y la tensión entre ella y las formas civiles de organización. Y así es. Sus organizaciones no pueden ser ajenas a las condiciones –con la amenaza representada por el ejército mexicano en primer lugar- en las que existen. Tanto la dimensión organizativa como las restantes dimensiones de nuestras prácticas políticas están inevitablemente dañadas por la sociedad capitalista en las que se desenvuelven. Pero esta verdad general no debe hacernos perder de vista la importancia política que revisten tanto la propia conciencia de ese peligro de que las organizaciones propias reproduzcan especularmente la forma estatal de organización como los intentos de circunscribir este peligro, por más precarios que sean, que los zapatistas y otros movimientos nuevos vienen evidenciando.

Esto nos permite introducir dos reflexiones más generales, para concluir nuestro artículo. Revisemos, en primer lugar, las potencialidades y las limitaciones de la racionalidad prefigurativa para gobernar la práctica política revolucionaria de nuestros días. Hay que reconocer, antes que nada, que la exigencia de que las prácticas políticas propias estén regidas por una racionalidad prefigurativa, exigencia que los movimientos autónomos actuales suelen plantearse a sí mismos, es insoslayable. La reducción de la racionalidad política a una mera intrumentalidad suele amparar prácticas siniestras. Puede amparar, retomando nuestro ejemplo del zapatismo, la reiteración de esas experiencias de la historia de la lucha armada latinoamericana en las que las organizaciones armadas terminaron reproduciendo especularmente el militarismo de los ejércitos regulares que enfrentaban, acerca de las cuales alertaba Marcos. Sin embargo esto no implica, como ya señalamos, que nuestras prácticas políticas puedan ser ajenas a las condiciones en las cuales se desenvuelven. Y esto, planteado en el terreno de la racionalidad de dichas prácticas, equivale a decir que no podamos prescindir de la relación medios-fines y del conjunto de conceptos políticos sustentados en ella para pensar nuestras prácticas políticas. El concepto de estrategia, por ejemplo, supone esa relación medios-fines. Y, para seguir con nuestro caso, tampoco los zapatistas pueden prescindir de esta relación medios-fines cuando disponen el tiempo de las elecciones federales de julio de 2006 y el espacio del territorio mexicano en la estrategia de la otra campaña.31 Pero aquella exigencia de que nuestras prácticas políticas estén regidas por una racionalidad prefigurativa no excluye sin más esta relación medios-fines. Rechaza, en cambio, la reducción propiamente instrumentalista de la racionalidad a la adecuación de los medios a los fines. Amplía esa racionalidad a los propios medios y fines y exige además, que la relación entre ambos revista un carácter anticipatorio. Sólo a partir de estos parámetros, creemos, podemos abordar los problemas de las racionalidad de la práctica política revolucionaria.

En segundo lugar, nosotros optamos en estas páginas por reflexionar acerca de las racionalidades prefigurativa e instrumental partiendo de ciertas experiencias concretas de práctica política en la tradición revolucionaria. Esto no implica, desde luego, que en esas experiencias pasadas se encuentre una respuesta a los problemas que plantea la racionalidad de la práctica política revolucionaria de nuestros días. Ni los debates entre Engels y Bakunin sobre la AIT de 1871, ni la apuesta del joven Gramsci a los consejos de fábrica de 1919-20, ni las reflexiones de Marcos sobre las relaciones entre el EZLN y las Juntas de Buen Gobierno de 2003, pueden proveernos recetas. Volvamos un momento al caso de los consejos de fábrica, que analizamos con mayor detalle. Hasta los argumentos más profundos del joven Gramsci resultan anacrónicos hoy en algunos de sus aspectos. La superación de la separación entre lo político y lo económico constitutiva del estado capitalista, superación que Gramsci consideraba que anticipaban los consejos de fábrica, sigue planteando un desafío político decisivo en nuestros días. Pero la modalidad que adoptaría esa superación en nuestros días, teniendo en cuenta los niveles alcanzados por la socialización e intelectualización del trabajo, seguramente sería diferente del sistema de consejos obreros que Gramsci y otros consejistas tenían en mente. E incluso, retrospectivamente considerados, algunos de sus argumentos no parecen hoy suficientemente radicales. La prefiguración de la sociedad comunista como un “mundo organizado sobre la base y según el tipo del gran taller mecánico”, por ejemplo, amenaza con dejar pasar acríticamente la organización de los procesos de trabajo y producción capitalistas enteros.32 Sin embargo, si renunciamos a esa ingenua búsqueda de recetas, volver sobre el pensamiento que acompañó a ciertas experiencias concretas de práctica política revolucionaria del pasado puede ayudarnos a reflexionar sobre las experiencias presentes. El pensamiento del joven Gramsci y, en general, de todos aquellos que integraron esa constelación de estrellas rojas que suele denominarse como consejismo vuelve a ser decisivo, en este sentido, para entender las nuevas prácticas políticas en curso.

 

Artículo inédito, 2010 (una versión previa se presentó como ponencia en el II Encuentro Internacional de Teoría y práctica política en América Latina. Nuevas derechas e izquierdas en el escenario regional, UNMdP, Mar del Plata, marzo de 2010; hay versión en inglés). Enviado a Comunizar por su autor.

 

Referencias

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Stradda: ¿Qué hacer? Teoría y práctica del bolchevismo, México, Era, 1977.

 

Notas:

1 Es muy larga la lista de agradecimientos que debería incluir aquí, pero me limitaré a citar a los asistentes al seminario Teoría de la práctica política en la tradición revolucionaria, (Departamento de Ciencia Política, UBA) que, en el segundo cuatrimestre de 2008, se dedicó por entero a explorar el tema que nos ocupa. Compartí el dictado de este seminario con Hernán Ouviña, a quien quiero agradecer muy especialmente sus aportes, tanto de opiniones como de materiales, sin los cuales me hubiera sido impósible escribir estas páginas.

2 F. Engels: “Sobre la acción política de la clase obrera”, acta escrita por Engels del discurso que pronunció en la Conferencia de la AIT, reunida en Londres entre el 17 y el 23 de septiembre de 1871, el 21 de dicho mes (en Marx, Engels y Lenin 1976).

3 “Circular a todas las Federaciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores” (extraida de Stekloff 1928; traducción nuestra; subrayado del original). La circular fue aprobada por el Congreso de Sonvillier, realizado en Suiza el 12 de noviembre de 1871, de la Federación Jurasiana (que se había fundado apenas un año antes, como sección de la AIT, en el Congreso de Saint Imier de octubre de 1870).

4 M. Bakunin: “El programa de la Alianza”, un escrito de 1871 (incluido en Dolgoff 1977). Véase asimismo otros escritos de esa coyuntura, especialmente “La Internacional y Karl Marx” de 1872 (también incluido en Dolgoff 1977).

5 F. Engels: “El congreso de Sonvillier y la Internacional”, artículo de enero de 1872 (en Marx, Engels y Lenin 1976). Engels alude a la represión durante las mencionadas Comuna de Paris y Guerra Franco-Prusiana. El mismo argumento se encuentra en su carta a T. Cuno fechada en Londres, 24/1/72, y en otros escritos.

6 A propósito de esta relación entre consejos y sindicatos –y entre ordinuovismo y sindicalismo revolucionario- véanse “La organización económica y el socialismo”, en Il grido del popolo (IGP) el 9/2/18 (en Gramsci 1998), “Sindicatos y consejos I”, en L`Ordine nuovo (LON) 11/10/19 (1998 / 1987), “Los sindicatos y la dictadura”, en LON 25/10/19 (1973 / 1987), “Sindicalismo y consejos”, en LON 8/11/19 (1973 / 1987) y “Sindicatos y consejos II”, en LON 12/6/20 (1998 / 1987).

7 “La conquista del Estado”, en LON 12/7/19 (1998:93; 95; 96 / 1987: 127-28; 130-31; 131-32). En todos los casos remitiremos a los artículos de Gramsci de esta manera: citando la compilación y la/s página/s en la que se encuentran de la edición en español, en primer lugar, y de la edición en italiano, en segundo lugar.

8 Suele indicarse la ambigüedad terminológica con la que Gramsci se refería a estas nuevas formas organizativas: comisiones internas (commissioni interne), comisiones de fábrica (comitati d´officina), consejos obreros (consigli operai); aunque esta ambigüedad, intencional y reconocida por el propio Gramsci, no expresaba sino su convicción de que dichas formas eran formas en proceso.

9 “La soberanía de la ley”, en LON 1/6/19 (1973: 12 / 1987: 50).

10 “Democracia obrera”, en LON 21/6/19 (1988 59; 60 / 1987: 87; 89). Gramsci y Togliatti concluían su artículo llamando a luchar para que el poder de las fábricas pasara a manos de sus comisiones internas, en la perspectiva de que el poder del estado pasara a su vez a manos de consejos de obreros y campesinos. Esta sería la línea política de L`Ordine nuovo dentro del movimiento turinés (véanse escritos de intervención como, por ejemplo, “A los comisarios de sección de los talleres Fiat – centro y patentes”, en LON 13/9/19 (1988 / 1987).

11 “Sindicatos y consejos I”, en LON 11/10/19 (1998: 99; 99: 100 / 1987: 238; 238; 240).

12 “El consejo de fábrica”, en LON 5/6/20 (1988: 81 / 1987: 535-36).

13 “El movimiento torinés de los consejos de fábrica (Informe enviado al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista en julio de 1920)”, publicado más tarde en LON 14/3/21 (1988: 90).

14 “Democracia obrera”, ed. cit. (1988 62 / 1987: 90). La mejor exposición de la doctrina del estado de transición y de la dictadura del proletariado en cuestión se encuentra, naturalmente, en El estado y la revolución de Lenin –que ya se había publicado en ruso en 1918, aunque posiblemente Gramsci y Togliatti aún no lo conocieran.

15 Respectivamente “El tributo a la historia”, en LON 7/6/19 (1974: 75 / 1987: 57) y “El Estado y el socialismo”, en LON 28/6 y 5/7/19 (1974: 85 / 1987: 115).

16 “Dos revoluciones”, en LON 3/7/20 (1973: 120; 121 / 1987: 569; 571).

17 “El instrumento de trabajo”, en LON 14/2/20 (1988: 66; 71 / 1987: 413; 416).

18 “La unidad proletaria”, en LON 28/2 y 6/3/20 (1973: 92 / 1987: 439).

19 “El consejo de fábrica”, ed. cit. (1988: 77 / 1987: 532).

20 “El problema de las comisiones internas (apostilla)”, en LON 23/8/19 (1991: 59; 59; 60 / 1987: 176; 177; 177).

21 “Sindicalismo y consejos”, en LON 8/11/19 (1973: 51 / 1987: 297-98).

22 A. Bórdiga: “Para la constitución de consejos obreros en Italia”, en Il Soviet 4/1; 11/1; 8/2 y 22/2/20, y “¿Creamos los soviets?”, en Il Soviet 21/9/19 (ambos en Bórdiga y Gramsci 1975: 99 y 91). Forti (2008) ofrece una adecuada presentación de este debate, acompañada por las principales intervenciones. El Congreso de Bolonia, mencionado por Bórdiga, fue el congreso del Partido Socialista de Italia reunido en esa ciudad en octubre de 1919, que decidió la incorporación del partido a la Comintern. Tanto los bordiguistas como los ordinovistas acompañaron a la mayoría del partido, liderada por Serrati, en esta decisión, pero subsistían importantes diferencias políticas entre estos sectores.

23 Véase especialmente su respuesta a un artículo de Carlo Niccolini (“Soviets y consejos de fábrica”, publicado en el Avanti! en marzo de 1920) titulado “Soviets y consejos de fábrica” (en LON 3 y 10/4/20, en 1991/1987). Sin embargo, el mencionado C. Niccolini era N. M. Liubarski, un ruso enviado por la Comintern a Italia quien, naturalmente, expresaba en este debate la posición comunista ortodoxa -y quien era explícitamente invocado por Bórdiga contra Gramsci (en “Para la constitución…”, ed. cit.).

24 Para una presentación de este viraje sintética aunque correcta -es decir, no deformada por los empeños de distintos sectores del comunismo italiano en legitimar, valiéndose del prestigio de Gramsci, sus propios virajes políticos- véase Bates (1976).

25 A. Bordiga: “Proyecto de tesis presentado por la Izquierda al III Congreso del Partido Comunista de Italia”, en El programa comunista 34-35, 1980: 25. Se trata precisamente de las Tesis propuestas por Bórdiga al congreso del PCI realizado en Lyon en enero de 1926, en el que sería definitivamente derrotado y en el que se aprobarían las famosas Tesis de Lyon de Gramsci y Togliatti. Es interesante señalar que, aunque Bórdiga nunca modificó su posición inicial ante los consejos de fábrica, en algunos aspectos de su posterior rechazo a la orientación política de la Comintern coincidiría con los consejistas –y, en los hechos, Bórdiga y Korsch intentaron coordinar una oposición conjunta a la misma en 1926.

26 Precisamente esta relación estuvo en el centro de los debates y la ruptura del POSDR en su II Congreso de 1902. La discusión giró predominantemente alrededor de cuestiones organizativas, pero ni a Lenin ni a ninguno de los presentes escapaba que a las diferencias alrededor de esas cuestiones organizativas subyacían diferencias políticas más amplias (véanse las intervenciones principales en Strada (1977).

27 Estas referencias a la “docena de jefes” del SPD resultaban particularmente desgraciadas, pues (a) ya estaba conduciendo a una notoria burocratización del SPD; (b) facilitaría posteriormente el descabezamiento de ese SPD por parte del nazismo; y (c), en cualquier caso, contradecía claramente la presunta dependencia, proclamada por el propio Lenin, de los criterios organizativos respecto del contexto (autocracia zarista, etc.).

28 Estas referencias a criterios tayloristas de organización del proceso de trabajo, naturalmente, no son meras analogías: tanto el joven Trotsky como Rosa Luxemburgo rechazaron en el debate del citado II Congreso del POSDR su asimilación del partido a la fábrica –pueden consultarse ambas intervenciones en Strada (1977) y la respuesta de Lenin (1975b).

29 Este carácter novedoso de las prácticas políticas zapatistas (¡incluyendo la propia ruptura que involucran respecto de la concepción instrumentalista, leninista, de revolución!) fue precisa y rápidamente captado por John Holloway (véase en particular Holloway 1997). Y su carácter prefigurativo, en particular, fue correctamente advertido por Hernán Ouviña (Ouviña 2007).

30 Un buen acercamiento a este problema de la tensión entre las formas organizativas militar y civiles en el zapatismo se encuentra en Ornelas (2004).

31 En este punto estoy en deuda con los análisis del zapatismo de Sergio Tischler (véanse sus intervenciones en el seminario reproducido como Holloway, Matamoros y Tischler 2008).

32 A. Gramsci: “El consejo de fábrica”, ed. cit. (en Gramsci 1988: 80 / 1987: 535).

 

Consejos obreros y prefiguración del comunismo