Josep Rafanell i Orra

Podría ser cuestión de caracterizar los colapsos que estamos viviendo. Colapso de los entornos de vida, del mundo social y de sus prisiones sus instituciones. Colapso de la idea de un sujeto social como base de los escenarios políticos. Derrumbe finalmente de las herencias revolucionarias canonizadas. ¿Pero para qué serviría si nosotros rechazamos vivirlos para que surjan otros mundos? Entonces la proposición es otra: es de la experiencia de donde debemos partir.

Transcribimos a continuación una pequeña presentación seguida del epílogo del libro Petit Traité de Cosmo-anarchisme, publicado recientemente en francés por Josep Rafanell y Orra en la editorial Divergences. (*)

Las representaciones de las catástrofes proliferan: estamos enterrados por la abundancia de sus imágenes: políticos que desfilan escupiendo su veneno y que pretenden hablar en nuestro nombre, miles de millones de selfies que exponen las almas solitarias, escenas de guerra tan lejos y tan cerca, repartiendo los campos de buenos y malos asesinados, multitudes de nuevos mendigos errando por ciudades ecológicas, irrupciones de cataclismos climáticos, todos transportados, patrullando el mundo a través las redes que nos asfixian.

Para salir del catastrofismo debemos embarcarnos dentro de un movimiento catafórico . Las catástrofes pueden llevarnos y arrastrarnos del cielo de las ideas hacia el suelo de las experiencias que hacen habitable al mundo. Habría que crear un nuevo espacio para que surja la comunidad contra el espacio del desastre administrado. Pero no hay comunidad sin comunización: relaciones que sitúan las interdependencias entre los seres. Y no hay comunización sin pasajes entre mundos. Para cada aquí, habrá siempre un más allá. Es la experiencia transitiva que nos hace falta cultivar. Solo somos haciendo existir lo que a su vez nos hace existir. A nuestros riesgos y peligros nos hace falta llevar una lucha encarnecida contra las abstracciones mortales, sus universos poblados de representaciones e identidades. Es una pesadilla malsana de la que hay que salir: la que desearía que el ser fuera sólo lo que es para erigirse en sujeto, a costa del despoblamiento de mundos donde otros seres encuentran un lugar para existir.

¿Cómo un ser puede aceptar a otro en su mundo, pero conservando y respetando las relaciones y el mundo propio? Nos lo dice Deleuze en su comentario sobre la etología que se genera en el espinosismo (Filosofía práctica de Espinoza, “Espinosa y nosotros”).

El mundo regresa en la reactualización de viejas historias aplastadas, en las bifurcaciones abortadas, si abandonamos la circularidad del presente encerrado en sí mismo.

El anarquismo está siempre situado en las grietas de la historia. Proclama que alguna cosa más que el Todo puede existir, todo es lo que resta: el compartir, la ayuda mutua y sus medios de vida asociados. Nuestra inadaptación social. Nuevamente fragmentos y sus recomposiciones. De un mundo a otro abre las vías a modos de existencia de la comunidad, hacia otra cosa que las prisiones sociales con sus sujetos. Ser más de lo que somos para no permanecer encerrados en la quimera del encierro de nuestra propia totalidad.

Se trata entonces de abogar por el anacronismo: el retorno de las comunidades contra la dramaturgia política, contra los demiurgos dementes que quieren representarnos.

Resurgimiento en las rupturas del tiempo de destrucción, la emergencia de modos de existencia que deserten del estado terminal del Progreso y cuya debacle anunciada nos ofrece la del rostro del liberal-fascismo con sus masas de atomizados.

Insurgencias en las que se manifiesta el sin fondo anárquico de la vida. No más principios primeros ni orígenes. El rechazo arkhé a la ley contra el derecho a existir de tal o tal manera a Merced de los encuentros con otras maneras de existir.

En los comienzos, algo más que el todo puede existir que nos hable de los fragmentos del mundo y sus potencialidades de asociación, de encuentros entre los seres heterogéneos, de la trama insurgente de nuestras interdependencias que hacen existir los lugares habitables. El anarquismo no será más social. Será cosmológico o no será nada.

Contra las escenas de la política contra la asfixia de la representación y sus identidades, de nuevo los partidarios de una multiplicidad de mundos. La atención llevada a su propia vulnerabilidad. La experiencia de nuestras interdependencias es nuestra autonomía.


Epílogo

¿De dónde puede salir esta voz que dice “ay”? / no hay ningún alma que viva aquí / no es este pedazo de madera el que llora y grita como un niño / no es imposible este pedazo de madera Este es un vulgar pedazo de madera tronco como todos los troncos / un tronco para poner en el fuego y hacer hervir los porotos. / ¿Y entonces algunos se puede haber ocultado allí? Sí, si alguno se ocultó peor para él por el momento yo continúo.  (Pinocho, Colodi)

“Cuando estoy afuera, por la mañana, voy al encuentro del sol, y por la tarde, cuando estoy afuera, lo sigo, incluso hasta los muertos. No sé por qué conté esta historia. Bien podría haber contado otra historia. Almas vivas, veréis que es parecido”. Así hablaban en Beckett los inconsolables, los desposeídos, los expulsados, los exhaustos [1] (“Sólo el exhausto es lo suficientemente desinteresado, lo suficientemente escrupuloso.”: Deleuze).

Para concluir no puedo más que juntar las palabras de los ancestros y honrarlas. ¿Para qué inventar nuevas frases?

Traté de escribir este libro como un espiral caracol. Desde adentro hacia afuera. E inversamente. Los temas vuelven con insistencia. Son tomados como tantos retornos. Del éxito o del fracaso de esta tentativa, de su formación, el lector puede juzgar. Preferiría ciertamente que juzgue y participe…

Sacar los desechos de la modernidad antes de que el mundo se borre. Pero para eso hay que huir de su proyección sobre la única línea de tiempo que conduce a la revelación de su fin apocalíptico. Es en una multiplicidad de tiempos insurgentes, sacándola hacia afuera al gran espacio, en los laberintos del pasado, como los palimpsestos semiborrados del texto oficial de la historia, que presenta lo que todavía no ha sido escrito.

Durante los tres años que han acompañado la redacción de este libro traté con otros para contribuir a la instauración de paisajes a donde se iban las formas que conciernen a lo mutual. Me libré a encuestas sobre las maneras de hacer existir las reciprocidades en el más allá que se dirijan a mí, aquí. Pero comprendí que este “aquí” hay que fabricarlo. Tiene por nombre amistad.

A veces las palabras no nos dicen más nada. Están agotadas No es que no tengan más sentido. Sí, están justamente petrificadas de sentido. Ahí se fijaron. Pero que por favor dejen de aplastarnos con su significación para transformarse en otra cosa, el vector de una intimidad encontrada. Esa la que hace que seamos capaces de sentir la intimidad de otros: humanos, mariposas, una suegra, piedras, árboles y sus sombras desparramadas en el camino.

Siempre es un Otro el que habla, ya que las palabras no me esperaban y sólo hay una lengua extranjera; siempre es un Otro el dueño de los objetos que posee mientras habla. Siempre se trata de lo posible, pero en una nueva manera: los Otros tienen mundos posibles, a los que las voces confieren una realidad siempre variable, según la fuerza que tengan, y revocable, según los silencios que hagan.” [2]

Está ahí la lucha encarnecida que podemos llevar hoy día: encontrar la intimidad de nuestra alma en el refugio de otras almas para comprender su silencio y sus voces. Participar entonces animando el mundo es percibir el afuera. Allí donde una forma de pensamiento fallido es entonces la experiencia del pensamiento. Límites de la experiencia que son la experiencia de los límites, cuando el afuera se oculta. Sentir y pensar con el mundo y aceptar algunas veces ser excluidos. No más intrusión. Es en el renunciamiento donde reside la melancolía de nuestra época. Confrontación cosmológica con lo que no debemos habitar bajo peligro de estragos. Nada que ver con evitar las aburridas pruebas psicológicas que protegen el Yo de lo que no lo es más.

Becket otra vez del cual Deleuze nos recuenta que el agotado nos habla del agotamiento de lo posible que nos encadena a la lengua del presente. Sucede que el poder del lenguaje, su manía interpretativa y sus definiciones nos aplastan. Renunciar a eso para que venga la manifestación de lo imperceptible.

Nada imaginario sino el compromiso vital de la imaginación que nos hace ver lo que todavía no está. No a la relación del mí con lo real justo para verificar la imposibilidad y poder revenir a mí. Pero el encadenamiento a otros encadenados para los cuales el más allá se manifiesta. Todo nos encadena sin cesar, nada se acaba en sí mismo. La única imposibilidad que se impone es aquella de una fantasmagórica plenitud. De allí imaginamos la realidad para hacer que se multiplique en fragmentos “Imaginación Muerte Imaginen”.

Pensar, decir, pero sobre todo percibir para poder sentir. No sé quién decía “Ellos llaman a eso pensamientos, pero son visiones”. Saber no saber. De eso, conozco la proveniencia: de una historia bancal que debo honrar, la de los míos, los proletarios sometidos por una larga e interminable guerra civil llena de muertos ignorados y fantasmas que hay que revivir. Porque hubo una revolución y una guerra civil. Indisociables ¿Cómo podía ser de otra manera? Son rupturas de una historia que me han hecho salir de mí mismo, como el tiempo sale de sus bordes.

“Debemos esperar que llegue el momento […] en que la mejor manera de utilizar el lenguaje sea manejarlo mal de la manera más efectiva posible. Como no podemos destituirlo de inmediato, al menos no podemos descuidar nada que pueda contribuir a su descrédito” [3].

Encontrar formas que se acomoden del desorden hasta que el afuera surja y que con sus asaltos se haga lugar. Encontrar lo habitable, su expresividad. Entonces tendrá lugar nuevamente la fiesta: no aquella, nada, de un yo queriendo olvidar lo que está aplastado en su borradura grandilocuente, sino en la que los seres dispersos se tienen de la mano, poseídos, animados por el poder de un encuentro que se sabe, que se desea, provisorio. Finalmente, la comunidad, luego su disolución. Recomenzar, otra vez, desposeídos que la palabra extraña y bella: deja en silencio el sonido de hacer llegar lo nuevo.

Y que venga otra época de la que yo vengo. Bastardos aquellos que viven en su tiempo y se sueñan dentro de la verdad en un presente eterno y clarividente. Haría falta poder escribir un tratado de penumbras que reivindique el rechazo a la claridad, que huya de la maniquería de la definición, que no busque más lo verdadero de lo falso y que la línea de tiempo se entremezcle con nuestra presencia al sin fin de la vida anárquica.

No se trata de proclamar el “común” como un eslogan. No se trata de comunidad sino más bien de comunización de las costumbres que sedimentan las reciprocidades que nos hacen existir. comunización es el nombre de toda terapéutica digna de ese nombre.

(Yo había recibido a Samuel como todas las semanas desde hacía tres meses, en la siniestra oficina de un centro de Acción Social en un lugar de Seine Saint Denis, con el típico mobiliario industrial de los grandes proveedores de los servicios públicos franceses. Samuel sin duda fue objeto de un diagnóstico de esquizofrenia. No hay que dudar de su irrealismo la ausencia de manifestar emociones en su relación con los otros lo habría facilitado. Tenía en ese momento 38 años vivía solo con su madre en un alojamiento HLM de uno de los lugares que los grandes edificios de una ciudad en la que pueblan los pasajes “raros” de los barrios de los suburbios. La mayor parte del tiempo permanecía encerrado de su departamento. Pero regularmente se daba a un ritual. Elegía una línea de colectivo con la cual cumplía una travesía geográfica de terminal en terminal a través de París, de norte a sur, de este a oeste. A veces descendía del colectivo, miraba monumentos interesantes y volvía a subir. Así permanentemente. Me lo envió una colega “Consejera de integración”. Samuel se beneficiaba de la RSA pero se mostraba incapaz de ser cooperativo en la construcción de su proyecto de inserción. Entonces apareció el psicólogo. Hay que decir que, efectivamente, establecer un diálogo con él era un desafío titánico. Debí decidirme a aceptar sus breves respuestas, seguidas de interminables silencios. O mejor, a monologar, fue así que un día me vino una idea, le pregunté sobre mi acento al hablar. “Notaste de que mi acento es extranjero” (le dije). Sí me respondió y le pregunté ¿de dónde vengo? No me respondió.  Entonces me puse a hablar de mis orígenes, de la partida de mi país, de la extrañeza de permanecer extraño. A partir de ese día fue que nuestros en intercambios se animaron. Comenzó a contarme historias de su madre, de su padre desaparecido, del que no tenía recuerdos, de los paisajes de la infancia, de un pueblito de La Mancha y su posterior partida hacia la región de París, como un exilio. Las vueltas por la ciudad en donde estaba viviendo y los disturbios que presenció unos años antes. Ahí fue que pude proponerle que frecuente talleres con actividades en la ciudad. Nuestros encuentros se espaciaron. Desde ese momento me hacía relatos de sus experiencias sin que yo tuviera que someterlo al penoso interrogatorio y sin que él me hubiera sometido a su silencio. Un día dejé de verlo).

La sociedad es el lugar sin lugares donde se puede vivir sepultado con relaciones pero sin hacer relaciones, es un artilugio que nos aleja de las maneras de relacionarnos unos con los otros. Es lo que transforma en imposible la apropiación que da propiedad a nuestras relaciones: el surgimiento y la multiplicación de lugares. Es suficiente entonces, la disposición a sentir la alegría de las interdependencias: yo no existo si no hago existir lo que en devolución me hace existir. Aceptar que somos más que nosotros mismos. Que las variaciones de las relaciones entre los mundos son inagotables en el derrumbe sin fundamento.

¿Qué queda de nuestras viejas aventuras políticas? Queda en los derrumbes, queda embarcarse en las infinitas variaciones de relaciones por las que las almas vuelven a poblar lo real. Allí está la piedra solemne que nos dice la edad risible de los humanos. Se impone entonces como una evidencia de sabotaje del mundo Único. Surgen de nuevo Los partidarios de una multiplicidad de mundos. El hecho es límpido: la aceleración de las destrucciones de lo habitable de la Tierra exige desarmar la empresa de devastación. Arruina las ruinas ruinosas.[4] 

No es un castillo encantador con sus piedras cubiertas de musgo bajo la niebla de la mañana. Ni una vieja acería oxidada por el recuerdo de las luchas proletarias. Mas la fría ruina de la Razón. Aprenderemos cómo. Inevitablemente, decía el niño Ernesto que sólo quería aprender lo que ya sabía [5].

En el tiempo por venir nos hará falta destruir mucho para que las transiciones de la experiencia, de los pasajes, puedan trazar sus caminos a través de un archipiélago de mundos. Landauer lo proclamaba en 1901, algunos años previos al golpe de maza llevado a la modernidad por su propia empresa mundial de muerte mecanizada:

“La anarquía no pertenece al futuro, sino al presente; no es una cuestión de exigencias, sino una cuestión de vida. No se trata de nacionalizar las conquistas del pasado, se trata del nacimiento de un nuevo pueblo que, partiendo de pequeños comienzos, se forma por todos lados mediante la colonización interna, entre otros pueblos, en nuevas comunidades. No se trata de una lucha de clases de los no poseedores contra los poseedores, sino de que seres libres, moralmente fuertes y dueños de sí mismos, se separen de las masas para unirse en nuevos vínculos.» [6]

Desde entonces han ocurrido otros cataclismos. Se hizo imposible aceptar lo que es. No seremos nunca más “ni fuertes ni dueños de nosotros mismos”. Somos fuertes solamente por la atención que ponemos en la vulnerabilidad de aquello que relaciona los seres que provocan estas transfiguraciones. Porque nuestra fuerza reside en la lucha encarnada contra los poderes que desprecian las maneras de existir, que niegan los pasajes que transforman posibles los reencuentros.

Es suficiente con el naufragio de un bote con 700 migrantes tragados por el mar, bajo los ojos de las policías de frontera, para que uno pueda olvidarlos. Esas son las personas que faltan, La época de la emancipación del pueblo está acabada si no nos damos cuenta del pasaje hacia la fragmentación. De las palabras de Landauer y su mirada dirigida a la secesión, olvidaré su pasión desesperada por la comunidad a través de la retirada.No olvidaré que la revolución no puede ser más que la disolución de la sociedad donde se juntan los sujetos solitarios. ¿Qué existía antes del Sujeto? La fuerza de la unión entre los seres. ¿Qué encontraremos después de eso? La magia nuevamente: la fuerza y los poderes que se conectan.

Asistimos verdaderamente al fin definitivo del hombre. Michel Foucault en Las palabras y las cosas decía que “el hombre es una invención de la cual la arqueología de nuestro pensamiento muestra fácilmente la fecha reciente y puede ser el fin próximo”.

Quizás al final no fue Dios quien murió sino el Hombre que había hecho el terrible nombre del Absoluto. “Dios existe”, dijo Fritz Zorn. Incluso considero esta frase como la posibilidad de un hecho. Pero incluso si esta frase fuera correcta, sólo lo será si la especificamos de la siguiente manera: Dios sólo existe como fragmento, por lo demás está liquidado” [7]. 

Puede al fin de cuentas que Dios no esté muerto porque nunca fue más que una pura transición. De un mundo al otro, los Dioses vienen y se van. Podemos en este tiempo ser fieles pasajeros de las regiones de anarquía del Cosmos. Si queremos una buena vida sólo nos falta fabricar al Hombre una buena muerte. Salir finalmente de la modernidad y de sus desastres se resume probablemente de esto: terminar con la autonomía de sujeto como fundamento. Pero para eso hay que escuchar los llamados del mundo.

Buenos dias. Quizás podrá apaciguar el viento oscuro, y dejar que las nuevas horas lleguen
más lentas, más dulces, acompañadas del Hoy  [8].

A buen entendedor pocas palabras.

Pequeño tratado de Cosmo-Anarquismo

(*) Publicado en francés por Lundimatin, octubre de 2023. Traducción: Marita Yulita

Notas del epílogo:

[1]  Samuel Beckett, “Los expulsados”, en Noticias y textos para nada. Ediciones de Minuit, 1958.

[2]  Gilles Deleuze, Los exhaustos, opus cit. p. 67.

[3]  Samuel Beckett, Cartas I, 1929-1940 (Carta a Axel Kaun, 9 de julio de 1937, conocida como “carta alemana”), Gallimard, 2014, p. 562-564.

[4] Fanny Lopez, opus cit., p. 111.

[5]  Muriel Combes, ¿Quién sabe? Revisión de Alice, No. 2, 1999.

[6]  Citado por Gaël, Cheptou “’Para mí los muertos viven’. Vida y obra de Gustav Landauer. En Gustav Landauer, Un anarquista al revés, seguido de Doce escritos “antipolíticos” de Gustav Landauer. Ediciones de la brillantez, 2018, p.25.

[7] Frit Zorn, Mars. Gallimard/Folio, 1977, p.311.

[8]  Salvador Espriu. Mrs. Death. ediciones 62, Los libros del Escorpio, 1985.

Categorías: Artículos