Diego Laurenti Sellers y Amara Ayney
Öcalan

Introducción

Quienes luchan en contra de las injusticias del capitalismo conocen bien la represión del Estado, que habla en nombre del Pueblo al mismo tiempo que defiende los intereses de la burguesía. El Estado-nación moderno “es el instrumento político actual del capitalismo” (Aslan, 2023), incompatible con los valores de una sociedad plural, incluyente y políticamente activa (Öcalan, 2024). Bajo el formato de la democracia representativa, este concentra los mecanismos formales de toma de decisiones en mano de representantes, sometiendo a la mayoría de las personas a un sistema de explotación que las obliga a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. La amenaza constante de represión y marginalización- sea de forma explícita con la cárcel y las desapariciones forzadas, o de forma indirecta a través del hambre y de la miseria- permiten a la clase capitalista apropiarse de la labor humana y de sus frutos.

Aun así, la humanidad ha logrado mantener viva la esperanza de un mundo diferente, alimentada por actos cotidianos de solidaridad que se escapan a la lógica del capital, desde las redes familiares o comunitarias de cuidado mutuo hasta las prácticas colectivas de toma de decisiones y gestión colectiva de los recursos comunes. En momentos de rebelión abierta, estas prácticas colectivas toman un sentido político más explícito, cuando son utilizadas para gestionar territorios más grandes, arrancados al control del Estado y del sistema de producción capitalista. Por ejemplo, cuando los Pueblos de la región cholulteca en México tomaron las instalaciones de la embotelladora de agua de Bonafont en 2021, sellaron los pozos, frenaron la producción y las transformaron en un espacio de lucha gestionado colectivamente. A pesar de autodefinirse con nombres diferentes, este tipo de acciones-espacios-relaciones comunitarias se pueden analizar a partir del concepto de comuna. La mayoría de las comunas que se han generado durante los años tuvieron un fin violento, pero marcaron la conciencia popular, porque donde hubo huerto, semillas quedan.

Las luchas populares que hoy se enfrentan con el capitalismo neoliberal y con un sistema de gobierno eufemísticamente llamado “democracia” son herederas de luchas mucho más antiguas, que durante milenios han resistido a los procesos de dominación de las masas por parte de quienes pretenden someterlas a la tiranía de unos pocos (Öcalan, 2024). Tanto el Pueblo Kurdo en Mesopotamia como los Pueblos Indígenas en México han logrado mantener sus redes comunitarias tradicionales ante los procesos que favorecen su fragmentación, y siguen construyendo comunidad a partir de luchas que apuntan no sólo a preservar su autonomía, sino a destruir todo aquello que la amenaza. Estas luchas han inspirado a otros Pueblos en otras geografías porque tienen una propuesta concreta, a partir de un modelo heterogéneo de sociedad plural libre de explotación, sea laboral, sexual o de la naturaleza. Rompiendo con la visión lineal de la historia que ve a la comunalidad rural como “primitiva” y a la especialización jerárquica del Estado como “avanzada”, las comunas representan una forma de interactuar más sostenible, incluyente y democrática1.

Durante el último medio siglo bajo el capitalismo neoliberal, muchos Estados han cedido al sector privado el control de servicios públicos como la educación, la salud pública, los transportes y los medios de comunicación, así como la propiedad de bienes comunes como bosques, praderas, agua y conocimiento. Como explica la sexta declaración de la Selva Lacandona, del Ejército Zapatista de la Liberación Nacional (EZLN):

El capitalismo todo lo convierte en mercancías, hace mercancías a las personas, a la naturaleza, a la cultura, a la historia, a la conciencia. Según el capitalismo, todo se tiene que poder comprar y vender. (EZLN, 2005)

Ante esta grave emergencia para los bienes comunes y para las condiciones de vida de la gente, hay partidos políticos que buscan la solución a través del fortalecimiento del Estado, tanto desde el progresismo como en la “cuarta transformación” (4T) en México, como desde la derecha xenófoba como en “Make America Great Again” (MAGA) en los Estados Unidos. Estas propuestas se basan en la ilusión de que el Estado cuida los intereses de la ciudadanía, cuando en realidad favorece las empresas que son las mismas que lo financian. En contraste con esta promesa “desde arriba”, existen propuestas como el confederalismo democrático en Kurdistán y el zapatismo en México, que rechazan la centralización del poder en mano de unas pocas personas y en cambio proponen otras formas de organizarse a partir del poder popular, incluyendo autogobierno a través de asambleas generales, y economías solidarias basadas en el trabajo colectivo de los bienes comunes.

El presente ensayo analizará estas propuestas de sociedad a partir del concepto de “comuna”, apoyándose en elementos del pensamiento marxista presentes en la teoría crítica, elementos del pensamiento feminista presentes en los entramados comunitarios, y elementos de pensamiento Kurdo e indígena, presentes en el confederalismo democrático, Jineoloji y el zapatismo. La comuna como forma social tiene un importante aspecto económico que tiene que ver con la gestión de recursos comunes, pero debe ser entendida de forma más amplia para incluir todos los aspectos de la vida social, incluyendo el autogobierno, la cultura, la relación con el entorno natural y las relaciones de género. Cualquier teorización acerca de la comuna debe partir necesariamente de experiencias concretas de lucha social, y dialogar con quienes han reflexionado acerca de la realidad social desde su lucha para transformarla.

Marx (1871) en su momento quedó fascinado con la comuna de Paris, viendo en ella un ejemplo de proletariado emancipado, donde la clase trabajadora tomó a la fuerza no sólo los medios de producción, sino todos los aspectos de su vida. La teoría crítica de autores como Holloway (2005, 2011) retoma el pensamiento de Marx, rechazando el estadocentrismo y el determinismo de los partidos comunistas ortodoxos para rescatar el concepto de comuna como alternativa real a la lógica del capital. El pensamiento zapatista, expresado en sus declaraciones públicas (2005), parte de las cosmovisiones indígenas del sureste de México para buscar alternativas al Estado y al capitalismo a través de la lucha colectiva por la vida y por “el común”. El pensamiento autonomista Kurdo, cuyo mayor exponente es Öcalan (2024), ve a la comuna como forma natural de organización humana, reprimida antiguamente por los imperios teocraticos, y actualmente por el Estado-nación moderno. Jineoloji, la “ciencia de las mujeres” kurdas, explora las formas en que la opresión patriarcal se entrelaza con el Estado y el capitalismo, normalizando un sistema de pensamiento basado en el despojo de los cuerpos y de la naturaleza (Aslan, 2023, Öcalan, 2026). La teoría de los Entramados Comunitarios de autoras como Aguilar y Navarro (2019) o Navarro y Linsalata (2023) rescata desde México el papel de las mujeres en tejer diariamente las redes que sostienen a las comunidades y que, cuando estalla la protesta social, permiten que esta se mantenga a pesar de la represión. Construyendo sobre esta base teórica, en dialogo con experiencias de lucha en Kurdistán y México, se explorará brevemente el concepto de comuna como alternativa al Estado, y su importancia para la construcción de una lucha anticapitalista.

Comunalidad en las grietas del sistema

La comuna como forma social colectiva emerge en momentos excepcionales a través de la lucha organizada, cuando existe una ruptura fuerte con la normalidad jerárquica de un sistema que se apropia de la fuerza vital del Pueblo. Sin embargo, no emerge de la nada, sino que se apoya en culturas de resistencia y ayuda mutua, que existen en los márgenes del sistema, en sus grietas, y en las sombras donde los aparatos represivos del Estado no prestan suficiente atención como para percibir un peligro existencial. Si la comuna como rebelión organizada es como un hongo que aparece en el bosque, las redes de apoyo mutuo serían los micelios.

Estas formas de comunalidad, que llegan a ser la base de una comuna, existen en diferentes formas en todos los espacios populares del mundo (Öcalan, 2024). Sin embargo, toman fuerza especialmente en las culturas indígenas y rurales, donde existe una continuidad histórica con prácticas comunales tradicionales, y en los quehaceres de las mujeres, que han sido históricamente relegados a la informalidad por ser no-remunerados. Para Gutiérrez y Navarro, estas formas de comunalidad están compuestas por vínculos sociales que desbordan en parte la mediación del capital, porque “se orientan más allá de las relaciones mercantiles asociadas a la producción de valor” (2019, p. 301). Estas tramas de interdependencia forman el “tejido de la vida” que amenaza la lógica de la producción capitalista y la mediación del Estado (Navarro y Linsalata, 2021).

La comunalidad se expresa a lo largo del año en el trabajo conjunto, como la preparación de una comida colectiva o de un terreno agrícola, y en la organización colectiva de fiestas religiosas o familiares, como un casamiento. Se expresa también en los colectivos donde los procesos decisionales son comunes, y en las redes territoriales que se organizan a través de asambleas. Estos espacios no llegan a ser comunas porque existen solamente en los momentos libres, bajo la lógica del calendario capitalista, pero constituyen la base comunal que permite a las comunas emerger y perdurar. Permiten a los Pueblos superar gradualmente la dominación del Estado, no con una ruptura repentina sino a través de la construcción de redes culturales, sociales y políticas que favorecen su libre determinación.

Las redes comunitarias se desarrollan desde abajo, volviendo el Estado innecesario en la medida en que lo reemplazan con formas descentralizadas, construidas sobre la solidaridad. Para Holloway, estas experiencias son como “grietas” en el muro del capitalismo que nos rodea: grietas que al mismo tiempo hacen más débiles los fundamentos del muro, y nos permiten ver del otro lado un poco de este mundo distinto que quisiéramos construir (Holloway, 2011). A partir de estas prácticas comunales, la transformación social se genera no solamente a través del enfrentamiento directo con el enemigo opresor, sino también a través de la construcción de un mundo otro, donde la influencia del opresor es cada vez menor. A menudo, las dos cosas van de la mano.

Las prácticas de vida colectiva en Kurdistán se han desarrollado en diferentes contextos, incluyendo las comunidades campesinas, los campamentos y túneles de las guerrillas, y las redes construidas en las cárceles para el apoyo mutuo y la formación política. Estos espacios han influido en el sentido de pertenencia y la identidad colectiva que motivan la lucha por la liberación Kurda: desde las mujeres guerrilleras que han llevado a sus comunidades la idea de que sus ideas y deseos son tan importantes como las de cualquier hombre, hasta las personas que al salir de la cárcel después de muchos años llevan consigo la convicción que ninguna promesa de los poderosos podrá hacer que traicionen a un compañero. En México también, las prácticas indígenas de trabajo colectivo, tierras comunes y asambleas populares forman el substrato fértil para las luchas antisistema que han brotado en Chiapas y en todo el país.

Comuna como momento histórico de autodeterminación

Cuando estalla la protesta social y el Pueblo logra retomar su capacidad decisional anteriormente apropiada por los opresores, los mecanismos comunitarios y el poder colectivizado pueden llevar a la creación de esta realidad que llamaremos comuna, aunque puede llevar diferentes nombres. Los integrantes de una comuna participan activamente en establecer la dirección que esta toma, a través de mecanismos colectivos de toma de decisiones como la asamblea, el trabajo común y la gestión conjunta de recursos compartidos. Ninguna comuna es “perfecta”, totalmente libre de las dinámicas jerárquicas y opresivas de la sociedad dominante. Este ensayo no pretende trazar una línea que separa una “verdadera” comuna de una comuna “parcial”, sino visibilizar las formas en que diferentes experiencias de lucha se caracterizan por elementos de la comuna. Tanto experiencias de corta duración, como un plantón o la toma de una carretera, como experiencias más duraderas, como la comuna de Rojava en Siria o los consejos comunales y caracoles zapatistas en Chiapas, son reflejos de una modalidad comunal de relaciones humanas, muy diferente de las jerarquías de obediencia ciega normalizadas por el Estado y las empresas privadas capitalistas. Son espacios donde las mujeres tienen un papel protagónico, y donde no caben las diferencias de clase social ante las necesidades urgentes de la colectividad.

Las comunas has surgido históricamente para defender proyectos de transformación social ante la represión del Estado y de los demás sirvientes del capital. El levantamiento zapatista de 1994 resultó en la toma de tierras y su resignificación colectiva en oposición al ejército mexicano y los carteles del narcotráfico; la creación de la autonomía de Rojava en 2014 significó crear un proyecto colectivo en el norte y este de la Siria, resistiendo a los intentos de tomar el territorio por parte del régimen siriano, las fuerzas mercenarias y el Estado Islámico. El discurso hegemónico ha querido deslegitimar estas experiencias reduciéndolas en el imaginario colectivo a acontecimientos locales, pero in realidad se trata de proyectos más grandes, con implicaciones para todo el país y para el sistema capitalista más amplio. Estas experiencias de comuna no buscan tomar las riendas del poder estatal, sino construir alternativas al Estado, por debajo y por fuera de él. Significa superar el concepto liberal de “representación”, donde la ciudadanía se conforma con votar para determinar quién tomará las decisiones en su lugar, sustituyéndolo con un modelo donde la misma población tiene que decidir por sí misma. En la organización comunal no existe una autoridad central por arriba de las comunidades que integran un territorio, sino que son las mismas comunidades las que determinan colectivamente su rumbo. Como explica el EZLN:

Este modo de gobierno autónomo no es inventado así nomás por el EZLN, sino que viene de varios siglos de resistencia indígena y de la propia experiencia zapatista, y es como el autogobierno de las comunidades. (EZLN, 2005)

La economía comunal apunta a reducir la desigualdad, de tal forma que los quehaceres de la población respondan a sus necesidades reales, y no a los caprichos de los mercados internacionales. Por ejemplo, las tierras de los ex latifundios expropiados por el levantamiento zapatista son trabajadas ahora en común para cumplir con las necesidades de las comunidades, sin depender de los programas de desarrollo del gobierno, o de la inversión de las empresas. En Rojava, la agricultura tradicional rescatada por la comuna ha permitido reactivar tierras que se habían vuelto estériles debido a la agricultura intensiva. A partir de la economía solidaria y los bienes comunes, se están recuperando la soberanía alimentaria, una relación más respetuosa con el medio ambiente y una vida más digna para las personas.

La experiencia Kurda ofrece importantes lecciones acerca del concepto de comuna, como realidad concreta y al mismo tiempo como proyecto político. Kurdistán es una nación sin Estado (Aslan, 2023), dividida por las fronteras de los Estados-Nación de Turquía, Iraq, Irán y Siria. La lucha del pueblo Kurdo ha tomado diferentes formas en cada uno de estos contextos, a pesar de ser trasfronteriza e internacional. En Turquía, una parte del movimiento participa en las elecciones y tiene representación en el parlamento, mientras otra parte se organiza de forma autónoma a través de consejos populares locales, consejos de mujeres y consejos de barrio. En cambio, en el contexto de la guerra civil en Siria se autonomizó a partir de 2012 la Administración Autónoma del Norte y Este de la Siria, gobernada por medio de consejos de asambleas locales. Estos mecanismos no funcionan solamente como prácticas de autogobierno, sino también como espacios donde se reorganiza la vida común, desde la educación popular multilingüe hasta las organizaciones autónomas de las mujeres. Aunque las fuerzas de autodefensa Kurdas en Siria se han oficialmente desmovilizado a partir de 2026, mantienen la autonomía de facto en su región. Bajo el nombre de confederalismo democrático, el Pueblo Kurdo y sus aliadxs internacionalistas han luchado en Mesopotamia y en todo el mundo para construir una sociedad plural, por fuera del Estado y en contra del capitalismo, bajo principios ecologistas y feministas (Öcalan, 2024).

También la lucha zapatista por la vida se puede entender como una lucha contra el fetichismo del capital y la fragmentación individualista, motivo por el cual ha sido comparada con la comuna de Paris, los consejos obreros y otras luchas por lo común (Holloway, 2005, p. 110). Si bien en sus encuentros internacionales, lxs vocerxs del comité clandestino revolucionario zapatista han aclarado que no consideran que su lucha se pueda comparar con las luchas de otras geografías, no cabe duda de que su metodología e imaginario han sido la inspiración para otras luchas en México (por ejemplo, en comunidades que participan en el Congreso Nacional Indígena) y en el mundo (por ejemplo, en espacios de lucha en Europa que recibieron la gira zapatista en 2021). Los siete principios zapatistas de mandar obedeciendo, que ponen a las autoridades bajo el control de la asamblea, han sido incorporados a la visión de otras organizaciones no-alineadas, como las Abejas de Acteal, y han sido indebidamente apropiados y tergiversados por el gobierno mexicano con su Plan de Desarrollo 2019-24, mostrando su impacto sobre el imaginario más amplio. La coordinación de asambleas locales, regionales y hasta internacionales es una muestra de la escala del proyecto zapatista, que a partir de la coordinación descentralizada entre luchas diferentes contribuye a construir un “mundo en que quepan muchos mundos”, diferente de la visión universal y homogénea de la globalización capitalista.

Conclusiones

Experiencias revolucionarias en diferentes geografías y momentos históricos han permitido al Pueblo retomar las riendas de su destino por breves periodos y en espacios reducidos: pensemos en la comuna de Paris, los soviets de Rusia o, más recientemente, en el levantamiento zapatista en Chiapas y la comuna de Rojava en Kurdistán. Son situaciones en que las masas trabajadoras y campesinas interrumpen los mecanismos burgueses de explotación, estableciendo el poder popular a partir de asambleas donde las decisiones son tomadas colectivamente. Estas experiencias revolucionarias se apoyan sobre una base cultural popular, construida generación tras generación en los márgenes y grietas del sistema capitalista y estadocéntrico a partir de mecanismos de ayuda mutua y toma colectiva de decisiones. Estos mecanismos informales han permitido a la clase trabajadora sobrevivir a los ciclos más brutales de la economía capitalista, y a las carencias de un Estado que no garantiza el bienestar de la población que vive entre sus fronteras.

Tanto las formas más reducidas de comunalidad que existen en las grietas del sistema capitalista como los momentos históricos de construcción consciente de comunas como proyecto político son significativas porque ofrecen alternativas viables a un proyecto civilizatorio que se presenta como universal e inevitable. Cada expresión colectiva de rebeldía repite ciertos rasgos de la comuna, que se van marcando más cuanto más se profundiza la lucha: desde la gestión colectiva del espacio durante una acción de protesta, hasta su gestión más organizada en un plantón permanente o toma de carretera, llegando a una comuna como proyecto holístico de sociedad más justa en lugares como Rojava o los territorios zapatistas.

La narrativa dominante en la historia oficial reduce las comunas a momentos de quiebre que terminaron con el fracaso cuando la población claudicó o fue masacrada, como burbujas que reventaron o brotes de plaga que fueron controlados. Sin embargo, las comunas más significativas existen y han existido sobre un substrato fértil de cultura popular, que permite al Pueblo levantarse en diferentes momentos y a partir de las modalidades específicas de cada territorio. Bajo esta óptica, la revolución no es un momento único de ruptura histórica total, sino un proceso continuo de construcción de sociedades otras, por fuera del Estado y del capitalismo. La emancipación no es solamente un objetivo para el futuro, sino una práctica constante en el presente (Öcalan, 2026).

La organización comunitaria está firmemente enraizada en el territorio y en las personas que lo habitan. No responde a formulas políticas universales, y a la vez se niega a ser vista como modelo por imitar. En sus encuentros internacionales las delegaciones zapatistas han insistido una y otra vez que cada población desde su territorio debe encontrar la forma de organizarse según sus propias modalidades, sin pensar que un modelo que funcionó en un contexto pueda ser igualmente eficaz en otro. Sin embargo, cada acto de rebeldía genera la esperanza, inclusive en tiempos y lugares lejanos, de que otro mundo es posible.

Referencias

Aslan, Azize (2023). “Rojava: una civilización sin Estado”. En Gómez, F. (coordinador), Internacionalismo crítico y luchas por la vida: Hacia la construcción de horizontes futuros desde las resistencias y autonomías. Cáteda Jorge Alonso, México.

EZLN (2005) Sexta Declaración de la Selva Lacandona, Web. https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2005/06/30/sexta-declaracion-de-la-selva-lacandona/

Gutiérrez Aguilar, Raquel y Navarro Trujillo, Mina (2019). “Producir lo Común para sostener y transformar la vida: algunas reflexiones desde la clave de la interdependencia”, en CONFLUÊNCIAS, 21 (2), pp. 298-324.

Holloway, John (2005). Cambiar el Mundo sin Tomar el Poder. Editorial Melvin, Venezuela.

Holloway, John (2011). Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo. Ediciones Herramienta, Argentina.

Marx, Karl (1871). La Guerra Civil en Francia. Fondo Documental Euskal Herriko Komunistak.

Navarro Trujillo, Mina, y Linsalata, Lucía (2021). “Capitaloceno, luchas por lo común y disputas por otros términos de interdependencia en el tejido de la vida. Reflexiones desde América Latina”, Relaciones Internacionales, 46, pp. 81-98.

Öcalan, Abdullah (2024). Sociología de la Libertad. Manifiesto por una Civiliación Democrática. Descontrol, España.

Öcalan, Amara (2026). Donna, vita, libertà: senza le donne non c’è democrazia. Volere la Luna, Web. https://volerelaluna.it/in-primo-piano/2026/05/26/donna-vita-liberta-senza-le-donne-non-ce-democrazia/

1 Se entiende esta palabra en el sentido primordial de “poder al Pueblo”, y no en el uso liberal distorsionado de “democracia representativa”, donde profesionales de la política toman decisiones en nombre del Pueblo.

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