Gianluca Carmosino

En la primavera de 2012 inauguramos nuestro sitio en línea con un cartel que decía “Comune”. Como ese dominio ya estaba en uso en otros sitios, tuvimos que elegir una variante y, finalmente, optamos por el actual: <www.comune-info.net>.

Como explican los expertos en comunicación en sus manuales: piensa en ti mismo como un vendedor y escribe una presentación “Sobre nosotros” clara y concisa en tu sitio web. Es probable que nosotros hayamos saltado esa sección. Tal vez, por eso, a la pregunta sobre “¿Quiénes somos?”, nuestro argumento haya sido:

No lo sabemos con exactitud, estamos en constante movimiento. Comune habita la web y le encanta estar entre la gente (común y corriente), entre aquellos que resisten en el día a día y persisten en rebelarse mediante la acción. Ahora y dondequiera que estén. Lo que ves en estas páginas es, ante todo, un intento de responder a la necesidad de cambiar la dirección de nuestra mirada, un sitio que busca narrar, acompañar y multiplicar los cambios sociales profundos, a menudo apenas visibles. Nos interesan las transformaciones y los movimientos que desafían la mercantilización de las relaciones y, sobre todo, el movimiento que experimenta, entre límites y contradicciones, relaciones diferentes a aquellas de naturaleza capitalista. Las relaciones de quienes comparten y se ponen en común.

Naturalmente, la totalidad de los artículos de Comune están disponibles sin restricciones, lo que significa que son accesibles gratuitamente y de uso libre: a menudo, se reproducen también en otros sitios. Extraño, ¿verdad?

Hay muchas razones, algunas de ellas algo contradictorias, que nos llevaron a optar por la palabra comune.

Ante todo, queríamos abrazar la idea zapatista de que somos gente común y, por lo tanto, rebeldes: cambiar el mundo no puede ser una tarea de héroes ni estar reservado en exclusividad para militantes y activistas.

Naturalmente, también queríamos preservar y fomentar algunas de las experiencias que se gestaban en los estratos más bajos de la sociedad en aquel momento. En Italia, los tiempos de las ocupaciones culturales estaba en marcha, inaugurados en 2011 por el Teatro Valle Bene Comune de Roma, con artistas, trabajadores del entretenimiento y ciudadanos que recuperaban espacios abandonados para experimentar con formas de autogestión que eran, a la vez, emocionantes e inevitablemente frágiles. Desde el antiguo asilo Filangieri en Nápoles hasta el teatro Pinelli en Messina, o el centro Macao en Milán y la Cavallerizza Reale en Turín: las experiencias que se pusieron en marcha fueron numerosas, importantes y diversas. Además, han superado con creces la esfera artística y cultural, como lo demuestran, por ejemplo, la experiencia de la “granja sin patrones” Mondeggi Bene Comune, en cercanías de Florencia; la fábrica Rimaflow recuperada y transformada en espacio social, en la periferia de Milán, o las iniciativas de Scup de Roma, un espacio ocupado y autogestionado para el deporte y la cultura popular, que ha puesto una sede a disposición de la redacción de Comune.

Además, en Italia, fueron también los meses del increíble referéndum sobre el agua pública, alrededor del que se generó una movilización popular sin precedentes. Este referéndum –contra todo pronóstico–, logró reunir a casi 26 millones de votantes a favor del y sancionó el rechazo a la lógica lucrativa sobre los recursos hídricos, también inculcó en la conciencia colectiva el poder del concepto de bien común, que debía desvincularse de la dinámica del mercado y restituirse a las comunidades locales para su autogestión. A propósito de la participación directa y la rebeldía en acto, por entonces, los vientos seguían soplando con fuerza, impulsados por el movimiento 15M –también conocido como movimiento de los indignados–, que comenzó el 15 de mayo de 2011 con la ocupación de la Puerta del Sol en Madrid y al que, en las jornadas siguientes, se sumaron otras plazas en más de cincuenta ciudades, donde surgieron tiendas de campaña (organizadas con autogestión cocinas, aseos, espacios dedicados a los niños, enfermerías y hasta bibliotecas…), asambleas abiertas y marchas: la protesta contra las políticas de austeridad y contra la dominación del dinero también inspiró movimientos como Occupy Wall Street en los Estados Unidos en septiembre de ese año.

Fue este el contexto en el que se gestó Comune, un espacio de comunicación independiente promovido, entre otros, por activistas vinculados en años anteriores a la revista Carta, que comenzó como mensual un año antes de las protestas de Seattle y se convirtió en semanal un mes antes de las multitudinarias movilizaciones contra la reunión del G8 en Génova en julio de 2001. Hoy, Comune publica unos cinco artículos al día, aunque no es un periódico digital. Por ejemplo, en nuestro sitio internet nunca ha existido una jerarquía que separe los editoriales de los demás artículos; no hay secciones, y los textos principales rara vez siguen la agenda informativa impuesta por las instituciones y los grandes medios. El archivo de artículos se basa en tres verbos: gritar, para todo lo relacionado con denuncias y reivindicaciones; hacer, para narrar las más diversas experiencias de las rebeliones en marcha, y finalmente, pensar, para proponer reflexiones y perspectivas.

En el idioma italiano, el vocablo comune se refiere principalmente al órgano de gobierno territorial local, la administración municipal y los servicios públicos locales administrados por el alcalde o intendente. Sin embargo, en nuestra mente daba vueltas el concepto comunizar, que no tiene traducción directa en italiano. Por otra parte, ha sido bastante divertido e instructivo recibir ocasionalmente correos electrónicos de quien protestaba ante las autoridades municipales… por la escasa frecuencia de la recogida de basura en los barrios obreros, las aceras sin reparar o el constante retraso de los autobuses…

En los movimientos sociales, en los últimos treinta años, la palabra comuna se ha consolidado como un concepto clave para quienes buscan superar el capitalismo. También se ha generalizado –sea como adjetivo que como sustantivo–, como hilo conductor de las alternativas.

Pierre Dardot y Christian Laval, en su obra ComúnEnsayo sobre la revolución en el siglo xxi (2015, original en francés, publicado en 2014), intentan identificar vestigios de formas comunales: se remontan a la Biblia, donde se relata que el profeta Samuel fue uno de los primeros en crear –por fuera de las ciudades– comunidades, en donde compartir los bienes era norma de vida, y terminan con, entre otros, Pierre-Joseph Proudhon –quien influyó significativamente en el pensamiento de Marx– y escribió en La idea general de la revolución en el siglo xix (1851): “Bajo la maquinaria gubernamental, a la sombra de las instituciones políticas, lejos de la vista de estadistas y sacerdotes, la sociedad produce su propio organismo, lenta y silenciosamente […]; expresión de su vitalidad y autonomía”. Más recientemente, Michael Hardt y Toni Negri han contribuido con importantes teorías sobre lo común –afirman Dardot y Laval–, al mismo tiempo, sin embargo, no han logrado esclarecer el concepto. Los autores franceses, en su impresionante investigación, también invocan el concepto de convivencia de Ivan Illich como un componente esencial –aunque a su juicio insuficiente–, de una política de lo común, así como la obra de Elinor Ostrom sobre los bienes comunes: “Si bien el análisis de Elinor Ostrom, que muestra cómo los bienes comunes requieren un compromiso voluntario, conllevan vínculos sociales densos y exigen normas de reciprocidad sólidas y claras, rompe parcialmente con la economía neoclásica dominante, no pretende, sin embargo, convertir los bienes comunes en un principio general de organización social” (la obra Communia de Massimo De Angelis sigue siendo fundamental en estos temas). Para Dardot y Laval, los bienes comunes hoy en día no son tanto una cuestión de administrar un bien, sino la actividad nacida del conflicto, razón por la cual argumentan que es preferible usar la palabra como verbo y no como sustantivo: los bienes comunes –explican–, son los que más profunda y sistemáticamente dan forma al autogobierno en todas partes y están íntimamente conectados con lo que los griegos llamaban justicia y amistad. Sin embargo, lo común nunca se presenta como una fórmula de acción aplicable a cualquier contexto.

En estos intentos por abrir el concepto de lo común, un texto que hemos adoptado como manifiesto es “¡Comunicemos!” de John Holloway, publicado en la revista Herramienta (<https://huelladelsur.ar/2013/08/13/comunicemos/>) en 2013 y que hemos traducido con el título “Pongamos en común” (https://comune-info.net/mettiamo-comune/).

En cualquier sociedad (incluso en la actual) existe una convergencia de las diferentes actividades, un aglutinador de los diversos sujetos activos, alguna forma de sociabilidad, comunalidad, algún tipo de comunión de los hacedores, alguna forma de comunizar. […] Esto lo sabemos por nuestra experiencia cotidiana: la riqueza es medida en dinero. La lista de las quinientas personas más ricas del mundo, por ejemplo, asume que la riqueza es igual a la acumulación de dinero: no intentan medir la riqueza en términos de la sabiduría de la gente o de sus relaciones afectivas o del entusiasmo por lo que hacen. La riqueza desaparece de la vista y la mercancía-riqueza ocupa su lugar. […] La posibilidad de un cambio radical surge desde abajo, desde lo que está escondido, desde lo que está latente, desde aquello de lo que el poder depende. Es en esta dependencia donde se encuentra la clave para comprender la crisis de la dominación. […] El comunizar es, simplemente, la reapropiación de un mundo que es nuestro, o aún mejor, la creación de un mundo que es nuestro, en el que articulemos prácticamente la unidad del hacer y lo hecho, de la constitución y la existencia, la comunalidad de nuestros haceres. Comunicemos, donde sea que estemos, ahora.

Sí, comunicemos, aquí y ahora.


Imagen tomada del Instagram de Comune: https://www.instagram.com/comuneinfo/