Territorio, imaginarios sociales y forma comunal: Reflexiones a partir de la lucha garífuna en Honduras

Francesca Randazzo Eisseman y Eugenio Sosa

Introducción

Las luchas territoriales del pueblo garífuna en Honduras permiten abrir una discusión teórica sobre la relación entre Comuna, clase y lucha de clases más allá de los marcos que reducen el conflicto social a identidades previamente constituidas o a disputas estrictamente económicas. La experiencia garífuna muestra que la defensa del territorio no puede comprenderse únicamente como una reivindicación cultural, étnica o jurídica, sino como una disputa por las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible la continuidad de una forma colectiva de existencia.

Esto obliga a repensar la Comuna no solamente como una forma política alternativa al Estado, ni como una organización institucional de la vida colectiva, sino como una práctica histórica de producción y reproducción de lo común. La comunidad aparece así como una forma social que se sostiene mediante relaciones territoriales, memorias compartidas, vínculos de parentesco, prácticas de cuidado y formas propias de producir significación.

En este planteamiento, la lucha territorial garífuna permite interrogar algunas interpretaciones clásicas de la lucha de clases. Si la tradición marxista ha privilegiado con frecuencia la esfera de la producción y la relación capital-trabajo como espacio paradigmático del antagonismo, la experiencia garífuna muestra que el conflicto también puede organizarse alrededor de la defensa de las condiciones mismas de reproducción de la vida. Lo que está en disputa no es solamente la apropiación de recursos, sino la posibilidad de existencia de mundos sociales que resisten su reducción a la lógica mercantil.

Como plantea Kristin Ross (2015), las experiencias comunales no deben ser entendidas únicamente como acontecimientos históricos del pasado, sino como fuentes contemporáneas de elaboración política y teórica. La Comuna no constituye únicamente un objeto de estudio; constituye también una experiencia capaz de transformar las categorías desde las cuales pensamos la emancipación. Siguiendo esta intuición, la experiencia garífuna no será utilizada aquí para ilustrar una teoría previa de la Comuna, sino para interrogar y ampliar dicha teoría.

De la Comuna como acontecimiento político a la Comuna como forma de vida

Una parte importante de la tradición sobre la Comuna ha centrado su atención en sus dimensiones políticas: formas de autogobierno, relación con el Estado, organización colectiva del poder o construcción de instituciones alternativas. Sin embargo, las experiencias históricas de comunidades que han sostenido su existencia bajo condiciones prolongadas de dominación obligan a preguntarse ¿cómo logra una comunidad persistir históricamente cuando su existencia misma se encuentra amenazada?

Esta pregunta desplaza el énfasis desde la toma del poder hacia la reproducción de la vida. La Comuna deja de aparecer únicamente como una forma política futura y sino como una práctica cotidiana mediante la cual comunidades concretas producen, sostienen y defienden relaciones sociales no plenamente subordinadas a la lógica del capital.
En este sentido, la experiencia garífuna permite pensar la Comuna como una forma histórica de existencia colectiva donde territorio, memoria y comunidad constituyen dimensiones inseparables. El territorio no aparece como un espacio vacío sobre el cual posteriormente se organiza una comunidad política; por el contrario, la comunidad existe por la manera particular de habitar, significar y cuidar ese territorio.

Esta concepción dialoga con Silvia Rivera Cusicanqui (2016), quien plantea la comuna como una matriz civilizatoria alternativa frente al modelo occidental capitalista. La comuna no se reduce a una estructura organizativa ni a una asociación de individuos que administran bienes comunes. Constituye una forma integral de relación entre seres humanos, naturaleza, memoria y producción de la vida. En ella, conocer, vivir y producir forman parte de una misma trama.

La comuna constituye una micropolítica de la vida cotidiana: una práctica mediante la cual una comunidad actualiza sus vínculos a través del trabajo colectivo, la reciprocidad y el cuidado mutuo. No se trata simplemente de una organización económica diferente, sino de una manera distinta de habitar el mundo.

La experiencia garífuna permite profundizar esta idea al mostrar que la continuidad comunitaria no depende únicamente de instituciones formales, sino de prácticas históricas que reproducen la vida colectiva. La transmisión de la memoria, la relación con los ancestros, la organización familiar, la lengua, los rituales y el canto constituyen formas mediante las cuales la comunidad se produce continuamente.

Colonialidad del poder y disputa por la reproducción de la vida

Comprender esta dimensión requiere ampliar la mirada sobre las formas de dominación. La teoría de la colonialidad del poder formulada por Aníbal Quijano (2002) permite analizar cómo la modernidad colonial organizó las relaciones sociales mediante el control articulado de distintos ámbitos de la existencia.

Para Quijano, el patrón histórico de poder moderno-colonial se estructura alrededor del control del trabajo y sus productos; de la naturaleza y sus recursos; del sexo, la reproducción y la organización familiar; de la subjetividad, el conocimiento y la producción de sentidos; y de la autoridad colectiva y sus instituciones. Estos ámbitos fueron articulados mediante una clasificación social basada en la idea de raza, que organizó jerarquías y formas de dominación a escala mundial.

Esto resulta fundamental para comprender por qué las luchas territoriales no pueden reducirse a conflictos económicos. Si la dominación capitalista-colonial opera simultáneamente sobre el trabajo, la naturaleza, la reproducción, el conocimiento y la autoridad, entonces las luchas emancipatorias también deben disputar esos múltiples ámbitos de la existencia.

La defensa territorial garífuna no constituye únicamente una resistencia frente a la apropiación económica del espacio. Implica también defender formas propias de conocimiento, memoria, parentesco, autoridad y relación con la naturaleza. La disputa por el territorio es simultáneamente una disputa por las condiciones materiales y simbólicas de reproducción de la comunidad.

La Comuna puede pensarse como una categoría más amplia que una forma política específica. Se trata de una forma de existencia que desafía la fragmentación moderna entre economía, cultura, naturaleza y política. En este sentido, la comuna constituye una alternativa civilizatoria porque propone otra manera de organizar las relaciones entre los seres humanos y el mundo.

Clase, antagonismo y formas comunales de existencia

La experiencia garífuna también permite revisar la manera en que se ha pensado la clase y la lucha de clases. Esto implica un desplazamiento fundamental basado en que las clases no son grupos sociales previamente constituidos que posteriormente entran en conflicto (Holloway, 2002, 2004, 2011). La clase es una relación de lucha. No existen primero las clases y luego la lucha; las clases se constituyen en el antagonismo.

Este planteamiento permite abandonar una comprensión rígida de la clase como identidad sociológica fija y comprenderla como un proceso histórico mediante el cual se producen relaciones sociales antagónicas. La lucha de clases no puede reducirse a sujetos previamente definidos, sino que debe analizarse como una relación contradictoria en permanente constitución (Tischler, 2005).

La experiencia garífuna muestra que el antagonismo social puede aparecer allí donde se defienden formas de reproducción colectiva de la vida frente a procesos de mercantilización y despojo. La lucha no se organiza necesariamente alrededor del trabajador industrial asalariado, sino alrededor de comunidades que defienden territorios, memorias y relaciones sociales que hacen posible su existencia.

Esto no significa abandonar la dimensión económica del conflicto, sino ampliar la comprensión de dónde se produce el antagonismo. La acumulación capitalista no afecta únicamente el espacio de la producción; transforma territorios, relaciones comunitarias y formas históricas de reproducción social. Por ello, las luchas territoriales pueden comprenderse como expresiones contemporáneas de la lucha de clases cuando lo que está en disputa son las condiciones de existencia frente a la expansión de relaciones capitalistas.

La experiencia garífuna permite entonces desplazar la pregunta: no solamente ¿quién controla los medios de producción?, sino también ¿quién controla las condiciones que permiten reproducir una forma de vida? Esta pregunta introduce dimensiones que durante mucho tiempo permanecieron subordinadas en los análisis de clase: los cuidados, la memoria, el territorio y las formas comunitarias de organización.

Matrifocalidad y reproducción comunitaria

Uno de los elementos que permite comprender esta especificidad es la centralidad de la matrifocalidad en la organización social garífuna. La matrifocalidad no debe entenderse como un simple rasgo cultural o como una distribución particular de roles familiares. Constituye un principio organizador de la vida comunitaria donde convergen parentesco, autoridad moral, transmisión cultural, memoria y cuidado colectivo.

La centralidad de las mujeres en la reproducción comunitaria cuestiona las separaciones modernas entre producción y reproducción. La vida colectiva no se sostiene únicamente mediante actividades consideradas productivas en sentido económico, sino mediante redes de cuidado, transmisión y organización social que hacen posible la continuidad histórica del grupo.

Esta dimensión permite ampliar las categorías desde las cuales se piensa la Comuna. Si la reproducción de la vida constituye el núcleo del conflicto político, entonces las prácticas históricamente asociadas al cuidado y a la reproducción social dejan de aparecer como espacios secundarios y pasan a ocupar un lugar central en la comprensión del antagonismo.
La experiencia garífuna muestra así los límites de concepciones de la lucha de clases centradas exclusivamente en sujetos masculinizados y productivos. La comunidad no se reproduce solamente en el espacio laboral, sino también en la familia, el territorio, la memoria y las prácticas simbólicas que mantienen viva la existencia colectiva.

Imaginarios sociales y producción del territorio común

Si la comunidad no existe únicamente por compartir un espacio físico o determinados recursos materiales, es necesario atender a la dimensión simbólica que permite reconocer ese espacio como territorio común, es decir imaginarios sociales. Los imaginarios sociales son esquemas socialmente construidos que permiten percibir, explicar e intervenir en la realidad (Pintos, 2005). No son simples representaciones de un mundo ya constituido, sino mecanismos mediante los cuales una sociedad organiza sus formas de ver, distinguir y significar aquello que considera posible o imposible.

En diálogo con Castoriadis (1989), puede afirmarse que toda sociedad instituye un universo de significaciones imaginarias que hace posible su existencia como colectivo. Las instituciones no solamente organizan prácticas; expresan y producen sentidos compartidos acerca del mundo social.

El territorio garífuna no puede comprenderse únicamente como una superficie geográfica o jurídica. Es un espacio producido por memorias, relaciones ancestrales, afectos, prácticas comunitarias y significaciones compartidas. El territorio garífuna constituye una construcción social donde convergen dimensiones materiales y simbólicas (Randazzo 2019; Randazzo, Coto y Cacho, 2021). Los territorios suelen ser comunitarios, no individuales. No se poseen simplemente, sino que se habitan y cuidan, dentro de relaciones que desbordan incluso las categorías de propiedad colectiva o bienes comunes (Ostrom, 2000).

Esta aproximación permite comprender que los conflictos territoriales son también conflictos entre imaginarios sociales. La expansión capitalista no solamente transforma formas de propiedad y uso del suelo; impone determinadas maneras de comprender el mundo, la naturaleza y el territorio. Frente a ello, las comunidades defienden no únicamente un espacio físico, sino una forma distinta de significarlo y habitarlo.

La teoría de los imaginarios sociales permite así evitar dos reduccionismos: el económico, que comprende el territorio únicamente como recurso, y el culturalista, que lo reduce a identidad simbólica. El territorio es simultáneamente material y significativo; es una condición de existencia y un mundo compartido.

Autonomía y persistencia comunal

Esta comprensión dialoga con los trabajos sobre autonomía y experiencias comunitarias latinoamericanas (Durán Matute y Moreno, 2021). La autonomía no aparece como una institución separada del Estado, sino como una práctica cotidiana de reproducción de la vida. La pregunta fundamental no es únicamente quién gobierna, sino cómo una comunidad sostiene relaciones sociales capaces de preservar su existencia colectiva.

En este punto, la experiencia zapatista estudiada por estas autoras resulta sugerente porque plantea un problema similar: cómo sostener formas comunales de vida sin reducirlas al Estado ni convertirlas únicamente en una identidad política. La autonomía implica producir relaciones sociales alternativas en el presente.

La experiencia garífuna comparte esta dimensión al mostrar que la comunidad se sostiene mediante prácticas históricas de continuidad y resistencia. Su autonomía no depende solamente de estructuras formales, sino de la capacidad cotidiana de reproducir vínculos, memorias e imaginarios que mantienen viva una forma comunal de existencia.

Aproximarse a estas experiencias exige asumir una posición epistemológica y política que no convierta los mundos comunitarios en simples objetos de conocimiento externo (Figueroa Arenas, 2024). El desafío consiste en permitir que estas experiencias transformen nuestras propias categorías analíticas.

La experiencia garífuna no representa una ilustración periférica de la teoría de la Comuna. Constituye una fuente teórica que obliga a ampliarla: mostrando que la comunidad no se sostiene únicamente mediante instituciones políticas, sino mediante territorios, memorias, cuidados, imaginarios y prácticas de reproducción de la vida.

Conclusión

La experiencia histórica del pueblo garífuna obliga a replantear la teoría de la Comuna al desplazar la pregunta desde las formas de organización política hacia las condiciones que hacen posible la continuidad histórica de una comunidad. Más que preguntarnos cómo se organiza una comunidad, proponemos preguntar cómo logra seguir existiendo durante siglos bajo condiciones reiteradas de despojo, desplazamiento y mercantilización de la vida.
Una comunidad no perdura simplemente porque posee un territorio, una identidad o determinadas instituciones. Perdura porque produce continuamente comunidad. La forma comunal no constituye un estado alcanzado de una vez y para siempre, sino un proceso permanente de recreación de las relaciones, las memorias y las significaciones que hacen posible la vida colectiva.

Esta producción de la comunidad se realiza mediante instituciones imaginarias y prácticas cotidianas de reproducción de la vida que articulan territorio, matrifocalidad, memoria, lengua, espiritualidad y canto. Lejos de constituir dimensiones separadas, todas ellas participan en un mismo proceso instituyente mediante el cual la comunidad se recrea continuamente frente a las dinámicas de despojo impulsadas por el capital y el Estado.

En este marco, el canto ocupa un lugar privilegiado. No constituye un rasgo cultural accesorio ni una expresión simbólica de una comunidad previamente constituida. Es una práctica instituyente en la que la comunidad se produce a sí misma. Cada vez que se canta se actualizan la memoria colectiva, las genealogías, la lengua, el territorio, los vínculos con los ancestros y las relaciones que sostienen la vida común (Ordóñez, Randazzo y Coto, 2024). El canto no representa la comunidad: la produce.

La experiencia garífuna amplía las contribuciones sobre la reproducción cotidiana de relaciones sociales no subordinadas al capital, dialoga con la concepción de las instituciones imaginarias de la sociedad y encuentra en los imaginarios sociales una dimensión constitutiva —y no simplemente representacional— de la vida colectiva. La Comuna deja entonces de comprenderse únicamente como una forma política o institucional para pensarse como la producción continua de una comunidad capaz de recrear las condiciones materiales y simbólicas de su propia existencia.

Bibliografía

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