¿Qué relación tiene con la crisis capitalista?
Lucia Dias da Silva Guerra
La crisis estructural del capital y las grietas para la existencia de lo común
«Sin comida no hay revolución! Las prácticas comunizantes — como las ollas comunes en el vientre de la crisis — constituyen el acto rebelde de comer juntos sin comprar ni vender: una chispa que enciende otras formas de hacer.»
Las crisis capitalistas suelen ser presentadas como momentos de interrupción, desorganización y pérdida: pérdida del empleo, del ingreso, de la vivienda, del acceso a los alimentos y, en términos más amplios, de las condiciones que permiten reproducir la vida. Sin embargo, una crisis no es solamente la destrucción de las condiciones existentes. Es también una modificación de las relaciones sociales, una grieta — siempre contradictoria, siempre disputada — de posibilidades que permanecen normalmente ocultas bajo la reproducción cotidiana del capital.
En América Latina y el Caribe, las experiencias de las ollas comunes, ollas populares, ollas comunitarias, ollas solidarias y otras formas colectivas de preparación y distribución de alimentos permiten observar esta doble dimensión de la crisis. En diferentes momentos históricos, y bajo distintas denominaciones, estas experiencias han aparecido allí donde el salario deja de garantizar la reproducción de la vida, donde las instituciones estatales resultan insuficientes o directamente abandonan a sectores enteros de la población, y donde las luchas sociales necesitan construir sus propias condiciones materiales de existencia.
Para comprender la naturaleza política de las ollas comunes, es imprescindible situarlas en el marco de la crisis estructural de la acumulación capitalista mundial y su plasmación hipertrofiada en la periferia latinoamericana y caribeña. Las ollas comunes no son una invención teórica abstracta; poseen una genealogía profunda inscrita en las memorias de resistencia territorial del continente. A lo largo del siglo XX y XXI, la olla común ha resurgido con fuerza sísmica cada vez que la violencia del capital ha intentado atomizar y exterminar a las comunidades trabajadoras.
Las ollas comunes no son, por tanto, un fenómeno exclusivamente asociado a la pandemia de COVID-19. En Chile, por ejemplo, existen antecedentes vinculados a la crisis de 1929, a las décadas de 1970 y 1980 – bajo la Dictadura Pinochetista y el Estallido Social de 2019: Tras el golpe de Estado de 1973 y la imposición del laboratorio neoliberal del Escuela de Chicago, la desarticulación de los sindicatos y los despidos masivos dejaron a miles de familias en la miseria absoluta. En las poblaciones periféricas de Santiago (como La Victoria, Herminda de la Victoria o Lo Hermida), las mujeres pobladoras organizaron las ollas comunes. No se trataba de mera caridad; era una estructura de clandestinidad, autogestión territorial y contrapoder cotidiano frente a la dictadura militar. Este patrón se reeditó con potencia renovada durante la Revuelta Social de octubre de 2019 y el subsiguiente confinamiento pandémico de 2020-2021, donde la divisa «Solo el pueblo salva al pueblo» se encarnó en cientos de comedores territoriales autoorganizados.
En Perú, en la periferia de Lima durante las décadas de hiperinflación y violencia estructural, los comedores populares autogestionados por las centrales de mujeres (como el vaso de leche) demostraron la capacidad de la organización comunal para arrebatarle el monopolio de la subsistencia al mercado. La crisis socioeconómica provocada por la pandemia de la COVID-19 y las restricciones del Estado de Emergencia en el Perú desencadenaron un marcado incremento de la inseguridad alimentaria. Frente a la limitada cobertura estatal, las ollas comunes reaparecieron como una estrategia comunitaria para la recolección y distribución de alimentos en las zonas más vulnerables. Con el tiempo, estas iniciativas articularon la Red de Ollas Comunes de Lima Metropolitana dentro de los espacios de gobernanza municipal, transformándose en una plataforma de incidencia política y vigilancia ciudadana. Esta alianza —integrada por las propias lideresas, equipos técnicos y aliadas políticas— logró hacia mediados de 2021 consolidar reformas legislativas e incentivos financieros para la seguridad alimentaria, a pesar del constante contexto de resistencia institucional.
De manera idéntica, en la crisis venezolana reciente y en la geografía del Caribe (Haití, Puerto Rico tras el huracán María), las ollas comunes y cocinas comunitarias emergieron como las únicas estructuras capaces de sostener la vida frente al colapso de infraestructuras estatales y privadas. En la Cuba actual, las experiencias de cocina colectiva y comedores comunitarios adoptan diversas formas según su origen, organización y relación con el Estado:
1. Proyectos sociocomunitarios e independientes de gran escala – Proyecto Quisicuaba (La Habana), ante la pérdida de poder adquisitivo, se ha convertido en la red de contención principal para ancianos, personas sin techo y familias vulnerables de la capital; 2. Comedores ecuménicos e iniciativas eclesiales – Cáritas Cuba y parroquias locales y Iglesias evangélicas e independientes, distintos ministerios e iglesias de barrio organizan sopas comunitarias o jornadas de elaboración de alimentos semanales para asistir a ancianos o a familias golpeadas por el racionamiento; 3. Ollas populares y redes de solidaridad barrial – Iniciativas autoorganizadas, grupos de vecinos, activistas y familias se coordinan de forma informal para poner en común ingredientes escasos (arroz, viandas, granos) y cocinar en patios o espacios compartidos. Estas ollas populares surgen espontáneamente ante apagones prolongados o crisis de abastecimiento para garantizar al menos una comida caliente al día a la comunidad; 4. La red estatal – Sistema de Atención a la Familia (SAF), que constituye los Comedores del SAF y “Hogares de Alimentación Comunitaria” es la respuesta institucional del Estado para subsidiar a jubilados e individuos en extrema vulnerabilidad.
En Argentina – la crisis del modelo neoliberal hacia fines de los noventa dio nacimiento al movimiento piquetero, cuya praxis central no fue solo el corte de ruta, sino el levantamiento de comedores comunitarios, copas de leche y ollas populares en los barrios desocupados del Gran Buenos Aires. Allí, la olla funcionó como el artefacto territorial que rearticuló el tejido social destruido por la desindustrialización, convirtiendo el espacio de la olla en la asamblea de base del movimiento. Actualmente, en el gobierno de Milei, viven en un escenario de resistencia y sobreexigencia, mientras que el gobierno nacional busca desmantelar la intermediación de las organizaciones territoriales reduciendo el gasto público social, las redes de contención comunitaria intentan cubrir de forma autogestionada o local una brecha social cada vez más amplia. Paralelamente al recorte estatal de insumos, la demanda alimentaria en los barrios vulnerables de la periferia (especialmente en el Gran Buenos Aires y grandes urbes) aumentó fuertemente: trabajadores informales, jubilados y familias con empleo formal precarizado cuyo salario ya no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria debido a la alta inflación acumulada y el costo de los servicios. Ante el recorte nacional y la insuficiencia de insumos, la mayoría de los espacios comunitarios se vieron obligados a reducir días de atención, alternar entre almuerzo y merienda, o sustituir comidas complejas por raciones más ligeras (sopas, guisos estirados, harinas). En la autogestión local, las comunidades han tenido que recurrir a la donación directa de comercios de barrio, ferias populares y campañas de recaudación voluntaria, regresando a las prácticas más tradicionales de solidaridad territorial.
Y otros países latinoamericanos también se han multiplicado en coyunturas de inflación, desempleo, ajustes económicos, huelgas, protestas y crisis alimentarias.
Más recientemente, las ollas comunitarias tuvieron un papel significativo durante el estallido social colombiano de 2021 y las ollas comunitarias también acompañaron las movilizaciones populares en Ecuador.
Ante eso, lo que interesa aquí no es construir una historia exhaustiva de estas experiencias, sino formular una pregunta política: ¿qué nos permiten pensar las ollas comunes acerca de la relación entre crisis capitalista, lucha de clases y práctica comunizante?
A partir del análisis de lo concreto es posible decir que las ollas comunes pueden ser comprendidas como espacios contradictorios de práctica comunizante, en los cuales la reproducción de la vida deja de aparecer como una responsabilidad individual y comienza a ser organizada como una actividad colectiva. No son, en sí mismas, comunas ni garantizan un movimiento anticapitalista. Pueden ser absorbidas por el Estado, instrumentalizadas políticamente, convertidas en dispositivos asistenciales o quedar reducidas a mecanismos de supervivencia. Pero contienen una posibilidad distinta de otra relación social anticapitalista: la de transformar una necesidad inmediata — el acto de comer — en una práctica de cooperación, de solidaridad comunal, de reconstrucción de los lazos comunes, un camino de comunicación comunal, una forma de resistencia y, potencialmente, una forma de lucha de clase capaz de crear otras formas de coerción social.
Esta distinción es fundamental. No se trata de romantizar la pobreza ni de considerar toda práctica solidaria como automáticamente emancipatoria. Se trata, más bien, de reconocer que en determinados momentos históricos de las crisis cíclicas del capital obliga a las personas a reorganizar actividades que el capitalismo mantiene separadas, privatizadas y mediadas por la forma dinero. Allí, el trabajador deja de aparecer exclusivamente como vendedor de fuerza de trabajo, la familia deja de funcionar como unidad privada de reproducción y el alimento deja de ser solamente una mercancía para convertirse en objeto de una producción y distribución colectivas.
Desde esta perspectiva, las ollas comunes pueden ser comprendidas como una de las expresiones concretas de una lucha de clase más amplia, como una práctica comunizante: la lucha entre la reproducción capitalista de la vida y la capacidad de quienes viven bajo el capital para reapropiarse colectivamente de las condiciones de su existencia. A lo largo de la historia, vimos que la comida ha sido un elemento importante para reunir fuerzas en la lucha contra el capital y a favor de la vida por la emancipación humana.
La crisis capitalista y la implosión de la reproducción social de la vida
El capitalismo no produce únicamente mercancías. Produce y reproduce relaciones sociales. Entre ellas se encuentra la separación entre producción y reproducción, entre el espacio del trabajo y el espacio de la vida, entre aquello que aparece como actividad económicamente productiva y aquello que queda oculto bajo las categorías de familia, cuidado, alimentación, solidaridad o supervivencia.
La crisis capitalista hace visible esta separación porque, cuando el salario desaparece o se vuelve insuficiente, la pregunta fundamental reaparece de manera inmediata: ¿cómo reproducimos nuestras vidas sin salario y trabajo alienado?
Durante la pandemia, esta pregunta adquirió una intensidad extraordinaria. El cierre de actividades económicas, la expansión del desempleo y la precarización del trabajo informal hicieron evidente que millones de personas dependían de relaciones laborales extremadamente frágiles para acceder a los alimentos. En barrios populares de Lima (Perú), Santiago y Valparaíso (Chile), Bogotá y Cali (Colombia), y otras ciudades de Ecuador, Brasil y Argentina, las ollas comunes reaparecieron o se expandieron precisamente allí donde la relación salarial había dejado de garantizar la reproducción cotidiana.
En Perú, investigaciones recientes muestran que las ollas comunes se fortalecieron durante la pandemia mediante la colectivización de recursos, las redes de apoyo mutuo y formas de organización del cuidado. El protagonismo de mujeres organizadas permitió crear espacios de participación, decisión y reconocimiento colectivo. Pero nos queda una cuestión fundamental: ¿por qué son las propias comunidades las que tienen que resolver colectivamente necesidades que el capitalismo y el Estado no garantizan?
La olla común aparece entonces en una zona contradictoria. Por un lado, es una respuesta colectiva a la desposesión producida o agravada por la crisis capitalista. Por otro lado, al organizar colectivamente aquello que antes se esperaba obtener mediante el salario y el mercado, comienza a cuestionar prácticamente la forma capitalista de satisfacer necesidades.
El alimento es particularmente importante porque permite observar con claridad esta contradicción. Comer es una necesidad biológica, social, una necesidad humana, pero bajo el capitalismo la posibilidad de comer está mediada por el dinero. La comida aparece como mercancía; el acceso a ella depende de un ingreso monetario; y ese ingreso depende, para la mayoría, de la venta de la fuerza de trabajo. Cuando esta cadena se rompe, la necesidad permanece, pero la mercancía deja de ser accesible.
La olla común interviene precisamente en ese punto. No elimina el capitalismo, pero produce un desplazamiento: la necesidad de alimentación comienza a ser satisfecha mediante una relación social distinta de la compra individual de mercancías. Se reúnen alimentos, trabajo, tiempo, conocimientos, utensilios, espacios y capacidades; se cocina colectivamente; se distribuye según necesidades concretas. El resultado no es solamente comida. Es una forma distinta de organizar una parte de la reproducción social.
La reproducción social deja de ser un secreto invisible del hogar burgués para convertirse en el epicentro articulador del movimiento comunizante. Las fronteras entre la casa y la calle, entre lo privado y lo político, caen por su propia exigencia de la vida cotidiana.
Aquí encontramos una primera clave para pensar las prácticas comunizantes no como un modelo acabado de sociedad futura, sino como una transformación de las relaciones sociales en el presente, como camino para forjar otras formas de mundos necesarios.
Crisis, la comuna y lucha de clases
La crisis capitalista tiene una característica fundamental: puede destruir las condiciones de reproducción de la vida sin destruir necesariamente la capacidad de las personas para organizarse. En algunos momentos ocurre incluso lo contrario. La destrucción de las formas habituales de reproducción obliga a crear nuevas relaciones sociales. Esto ayuda a comprender por qué las ollas comunes reaparecen una y otra vez en momentos históricos de crisis capitalistas.
La noción de “la comuna” como forma emergente de vida social, nos permite desplazar la mirada desde los modos de existencia humana, de los modos como nos relacionamos hacia las prácticas colectivas como camino para nuevas relaciones sociales en el territorio. No se trata primero de preguntarnos qué organización política representa a la comunidad, sino qué relaciones sociales están siendo transformadas por quienes participan en una lucha de clase permanente. Es decir, lo común como praxis política desde abajo que se despliega como un proceso de desafío-y-negación del Estado, como forma política de las relaciones sociales, que opera en el plano de lo cotidiano.
La práctica comunizante de las ollas comunes es el movimiento en el cual la clase destruye su propia exterioridad reificada, cuestionando la “identidad” de la fuerza de trabajo para asumir la forma de la auto-reproducción comunal. En Chile, su presencia histórica atraviesa diferentes coyunturas: crisis económica, dictadura, movilización social y pandemia. En Perú, las experiencias se relacionan con crisis económicas, luchas territoriales y posteriormente con la pandemia y la crisis alimentaria. En Colombia, las ollas comunitarias adquirieron una dimensión directamente vinculada al paro y al estallido social de 2021. En Brasil, la tradición de las marmitas solidarias y las cocinas comunitarias se ha gestado en las luchas por la tierra y la vivienda —como las del MST y el MTST— y cobró una fuerza renovada en las periferias urbanas para combatir el hambre durante la pandemia. En Cuba, por su parte, las experiencias de cocina colectiva emergieron con fuerza durante el Período Especial en los años 90 y reaparecen en la coyuntura actual de agudo desabastecimiento, expresando la autoorganización comunitaria y barrial como estrategia imprescindible para el sostenimiento de la vida y como una respuesta desde abajo que recrea lazos de solidaridad directa frente a los límites de la distribución estatal, ante el estrangulamiento causado por el bloqueo económico e infraestructural de los EEUU en las últimas seis décadas.
No estamos ante experiencias idénticas. Sus historias, composiciones y relaciones con el Estado son diferentes. Pero existe un hilo común: cuando las relaciones capitalistas dejan de garantizar la reproducción de la vida, aparece la necesidad de producir relaciones sociales capaces de sostenerla. Ese hilo puede ayudarnos a pensar nuevamente la lucha de clases y la necesidad de hacer la forma comuna como camino de transformación del mundo.
La lucha de clases no es solamente la lucha entre dos grupos ya constituidos, trabajadores y capitalistas, por la distribución del valor producido. También es una lucha sobre la forma misma de la reproducción social. El capital necesita que la reproducción de la fuerza de trabajo continúe. Pero quienes producen y reproducen la vida pueden utilizar esa misma capacidad para cuestionar la forma capitalista de organizarla.
Aquí aparece una paradoja fundamental. El capital necesita la cooperación, pero la subordina a la producción de valor. Necesita trabajadores capaces de trabajar juntos, pero convierte esa cooperación en una fuerza que pertenece al capital. Necesita familias, cuidados y comunidades, pero intenta mantenerlos fragmentados y privados.
La crisis capitalista produce hambre, pero también puede producir cooperación. Produce desempleo, pero también puede liberar capacidades sociales del disciplinamiento inmediato del trabajo asalariado. Produce fragmentación, pero puede generar espacios donde esas fragmentaciones comienzan a ser superadas. Esta contradicción es el terreno de las grietas para la lucha de clase.
Pues, nos es suficiente gritar o soñar. Hay que hacerlo. Las formas sociales capitalistas no se pueden romper actuando a través de las formas sociales capitalistas. La mejor manera es pensar cómo hacemos en términos de crear grietas en el tejido de la dominación capitalista, espacios o momentos en los cuales decimos “no” y creamos otras maneras de hacer. La confluencia de las grietas, de los rechazos y los descontentos sociales se puede pensar como un proceso de comunizar y crearmos las bases necesarias y posibles para la revolución.
Referencias
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