Sagrario da Saude

         Empecé a traducir algunos artículos de Raoul Vaneigem desde poco antes de la pandemia para la revista crítica Comunizar que más tarde publicó en la editorial Los libros del don una pequeña compilación: Abrir lo imposible, el revoleteo de las insurgencias de la vida cotidiana. Fue un honor para mi ya que es un autor que me encanta, que me atrapó desde su sugerente Tratado del Saber Vivir.

         En sus libros y ensayos, Raoul escribe desde la vida cotidiana negada, reducida al estadio de sobrevivencia por el imperio de la mercancía y el dinero. Con una subjetividad radical empapada de esta negación y contra ella nos invita a reconstruir la vida. No es de extrañar que La Internacional Situacionista (I.S.), su Tratado del saber vivir para las jóvenes generaciones, la Sociedad del Espectáculo de Debord y De la miseria en el medio estudiantil de Khayati hayan acompañado y aromado las protestas en las calles de Paris, Estrasburgo, Lyon, Monpellier o Marsella:

¡No trabajéis nunca! ¡No queremos un mundo en que la certeza de no morir de hambre supone el riesgo de morir de aburrimiento! ¡Consumid más, viviréis menos! ¡Aquí el espectáculo de la contestación, Contestemos el espectáculo! ¡Una sociedad que abole toda aventura hace de la abolición de esta sociedad la única aventura posible! ¡Vivir sin tiempos muertos, gozar sin trabas!

Resonaron entonces y siguen resonando porque ponen en el centro nuestro hacer y tiempo secuestrados por el trabajo, haciendo cosas que ni nos pertenecen ni nos satisfacen ni nos permiten vivir dignamente; nuestra cosificación dirigida nos lleva del trabajo al supermercado, del supermercado al ocio programado, del ocio programado a casa, de casa al trabajo y así día tras día, retenidxs en un rol, una caricatura de nosotrxs mismxs que descarga su frustración en las falsas promesas del consumo. Nuestros sueños de realización y plenitud están aprisionados en la mercancía y, como nos recuerda Raoul, son el consumo de nosotrxs mismxs, la renuncia de sí que se llena de tiempos muertos, la sobrevivencia.

El alegre mayo puso el orden burgués, patriarcal, conservador, jerárquico y sumiso patas arriba. Más intensa que duradera, sus ecos llegan hasta hoy. Pese a ser integrada al aparato estatal por la vía de la reforma, como suele suceder, las mujeres le debemos que se nos reconozca nuestra propia responsabilidad sin supervisión de varones, padres o maridos, salir del ámbito doméstico, libertad sexual, control reproductivo, divorcio, aborto. Todas las luchas dejan sus huellas, ya sean más o menos visibles. Raoul las recuerda, las recupera, no como movimientos estáticos y fracasados, sino a la luz de la sombra de lo que pudieron ser y no fueron. En la Comuna, “los insurrectos se convirtieron en dueños de su propia historia, no tanto a nivel de la decisión política “gubernamental”, sino a nivel de la vida cotidiana”. “Es hora de considerar la Comuna no solamente como un primitivismo revolucionario obsoleto del que se han superado todos sus errores, sino como una experiencia positiva de la que todavía no se ha recobrado ni cumplido toda su verdad” (I.S, n.º 12). Y con mayo del 68, la Comuna de París, las comunidades libertarias en España, lxs zapatistas, las comunidades de Rojava, lxs chalecos amarillos, los levantamientos de la Tierra, las ZAD, y todas las luchas contra la destrucción de la naturaleza y de nosotros mismos, por pequeñas y desconocidas que sean. Muchas son las desobediencias que conectadas con lo vivo reivindican y recrean otros haceres basados en otro tipo de relación con lo que permite la vida y entre nosotros. Hay colectivos, asociaciones y redes que defienden lo local, lo que es considerado común y tratan de abrir espacios de encuentro, de intercambio de saberes, de prácticas horizontales, basadas en una toma de decisiones compartida en asambleas, sin jerarquías, en el apoyo muto, con solidaridad, calidad, empatía, reconocimiento, cuidado, amor, hospitalidad, gratuidad, don, creatividad, amistad y disfrute. Relaciones tejidas en la inteligencia sensible que se contrapone a la inteligencia fría y racional que defiende el dinero y la cosa, la lógica del número, de la competencia,  del poder, de la jerarquía, del patriarcado, de la aceptación, del autoritarismo, del sacrificio, del desprecio a la vida. Con la única certeza de saber que estamos del lado bueno de la historia.

En la gelidez y la oscuridad de la noche, hay fuegos que siempre están prendidos. Los que quieren que vivamos a oscuras trabajan con empeño en apagarlos. Soplan y soplan y soplan, a veces soplan tanto que la llama desaparece a la vista. En verdad, siguen encendidos, escondidos en la brasa, esperando el viento que las prenda. Y si se apaga la brasa, un rayo los vuelve a encender.

Desde la Covid, la noche se ha vuelto más tenebrosa. Cuando parecía que se podían haber sacado varias lecciones sobre la explotación extrema de la Tierra y sus consecuencias nocivas sobre la humanidad con el surgimiento de virus letales, nada hemos aprendido. No solo no hemos puesto el freno, sino que hemos acelerado: mayor explotación extrema y control de la naturaleza, de lxs trabajadorxs y de la población en general por el despliegue masivo de la informática e internet, para construir minas, presas, carreteras, trenes turísticos o de alta velocidad, gasoductos, pozos de fracking, eólicas, centros de datos, industria, megabalsas para desviar el agua hacia los monocultivos, envenenar la tierra, el agua y el aire con pesticidas, trastocar y reorganizar las vidas cotidianas de muchas personas privatizando espacios y recursos de uso colectivo así como servicios hasta ahora gratuitos como sanidad y educación, externalizando los costes de producción, reduciendo plantillas, subiendo el precio de los productos básicos, encareciendo el alojamiento, aumentando la edad de jubilación, en suma, redisciplinándonos. Lo anterior va acompañado de un retorno, altamente publicitado y apoyado por políticos y empresas, al conservadurismo, al patriarcado, a la segregación, al nacionalismo, a la religión, a la rigidez, al racismo, a la inhumanidad más bárbara como atestiguan Gaza y el ICE. Estamos en una estrecha prisión y nos quieren tapiar las ventanas de barrotes. El poder ya no se viste de común, se desviste. Los reyes no solo están desnudos sino que ellos mismos se desnudan en un horrendo y espantoso estriptis a ritmo de efectos especiales, la espectacular espectacularidad del espectáculo: los videos de Trump sobre Gaza, la venta de artículos en las mansiones presidenciales convertidos en platós de televisión, diputados israelís destruyendo memoriales palestinos, los videos del ICE, del genocidio palestino, del deleite en la crueldad. El grado de bajeza, decadencia e indecencia ha llegado a niveles maximales y se presenta así como un límite de lo que se puede o no tolerar. El horror que ocurre en Palestina ha escrito otra página negra en la historia de la humanidad, al mismo nivel que el horror que ocurrió en los campos de concentración nazis, los gulags estalinistas o las hogueras de la Inquisición. Lo inaceptable nunca se va a poder normalizar ni aceptar. Ni con todas las propagandas y artilugios del mundo.

Por eso, junto a tanta obscenidad y atrocidad, no podemos dejar de ver a las personas que luchan contra esos disparates, saliendo a la calle en pleno invierno, a menos veinte grados para parar las persecuciones, detenciones y abusos de esa brigada de violencia y muerte que es el ICE. O las flotillas que tratan de llevar alimentos y artículos básicos, de primera necesidad a Palestina, constantemente interceptadas por el gobierno de Israel que encarcela, humilla y tortura a sus integrantes. Si todavía hay lugar para la esperanza en el mundo está aquí, en estos actos de ayuda mutua como impulsos de nuestra humanización.

Desde el choque dialéctico de la perspectiva de vida contra la perspectiva de muerte de la sociedad mercantil y el valor de cambio, Raoul nos invita a rehacer el mundo, a recrearlo. Sus textos tan coloridos como las más hermosas pinturas de van Gogh y Beatriz Aurora, hablan desde la posibilidad, siempre consigue ver la salida. En una entrevista le preguntaron por lo que parecía un exceso de optimismo. A lo que respondió: “siempre ha habido luchas, siempre las habrá, la historia lo demuestra”. La física cuántica le da la razón. Nada ha acabado, todo empieza.


Imagen: Portada del libro «Llamado a la vida: contra la tiranía del Estado y del mercado» de Raoul Vaneigem